El día que Arabia Saudita bombardeó a su aliado: La rivalidad Saudí-Emiratí por la hegemonía del golfo

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El 30 de diciembre de 2025, aviones de combate saudíes bombardearon el puerto yemení de Mukalla destruyendo vehículos militares y equipos que habían llegado apenas días antes desde el puerto emiratí de Al-Fujairah.

Este acto sin precedentes de un miembro del Consejo de Cooperación del Golfo atacando infraestructura de otro marcó el punto de ruptura en una rivalidad que había estado gestándose durante años bajo la fachada de la alianza contra los hutíes en Yemen. El Ministerio de Asuntos Exteriores saudí no se anduvo con rodeos y describió las operaciones militares del Consejo de Transición del Sur (CTS) respaldado por los Emiratos como una “escalada injustificada” y una amenaza directa a la seguridad nacional del Reino.

Horas después, el presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial yemení, es decir el gobierno internacionalmente reconocido, Rashad al-Alimi, emitió un ultimátum que resonó como un trueno en todo el Golfo Pérsico; todas las fuerzas emiratíes debían abandonar Yemen en 24 horas.

Para comprender la magnitud de esta crisis hay que remontarse a 2015, cuando Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos formaron una coalición militar para intervenir en Yemen tras la toma de la capital Sana por los entonces “rebeldes” hutíes. En aquel momento, ambas monarquías del Golfo se presentaban como hermanos de armas defendiendo la legitimidad del deplorable gobierno yemení y conteniendo la eventual expansión iraní en la Península Arábiga ante la victoria de sus aliados de Ansar Allah.

Pero lo que comenzó como una campaña militar conjunta se transformó gradualmente en una competencia silenciosa por esferas de influencia, acceso a recursos estratégicos y control de infraestructuras marítimas cruciales. Los saudíes se enfocaron en apoyar al gobierno internacionalmente reconocido y al partido Islah, manteniendo su conexión histórica con regiones como Hadramaut.

Los emiratíes, en cambio, adoptaron un enfoque más ambicioso y caotizador; comenzaron a formar milicias locales, a cultivar relaciones con líderes tribales del sur yemení y, crucialmente, a respaldar, sino crear, al Consejo de Transición del Sur (CST), una organización política que desde su creación en mayo de 2017 ha pedido abiertamente la secesión de un estado independiente del sur de Yemen.

El CTS no es simplemente otro estructura de violencia proxy yemení. Es el dispositivo mediante el cual los Emiratos están construyendo un proto-estado bajo su tutela en el sur de Yemen, con Aidarus al-Zoubaidi como su líder visible pero con Abu Dabi manejando los hilos desde las sombras.

Ya en agosto de 2019, cuando fuerzas del CTS intentaron tomar la ciudad de Adén y se encontraron con resistencia de tropas del llamado gobierno internacionalmente reconocido que avanzaban para recuperar la capital sureña, fueron aviones emiratíes los que bombardearon a esas fuerzas, provocando más de 300 bajas del mismo gobierno que supuestamente la coalición saudí-emiratí estaba defendiendo.

Aquel episodio debió haber sido una advertencia clara, pero las tensiones se administraron, se firmaron acuerdos de papel que nadie tenía intención real de cumplir, y la rivalidad continuó fermentando bajo la superficie.

Lo que detonó la crisis actual fue la ofensiva del CTS a principios de diciembre para tomar el control de las gobernaciones orientales de Hadramaut y al-Mahra, dos provincias que son vitales para los intereses estratégicos saudíes por razones que van mucho más allá de la geopolítica abstracta. Hadramaut posee el ochenta por ciento de las reservas petroleras de Yemen, lo que significa que quien controle Hadramaut controla la viabilidad económica de cualquier estado yemení futuro.

Además, Arabia Saudita comparte una frontera de 684 kilómetros con Hadramaut y considera la provincia absolutamente crítica para su seguridad nacional. Es su colchon de seguridad o puede ser su talón de Aquiles. La idea de tener milicias armadas respaldadas por una potencia extranjera operando directamente en su frontera sur, controlando campos petroleros y rutas de contrabando, es para Riad una línea roja inaceptable. Al-Mahra, por su parte, es igualmente sensible para Omán, que también comparte frontera con esta gobernación y ha expresado preocupaciones similares sobre la presencia de proxies emiratíes tan cerca de su territorio.

El Mayor General Turki al-Malki, portavoz de la coalición liderada por Arabia Saudita, alegó que dos barcos procedentes del puerto emiratí de Al-Fujairah llegaron a Al-Mukalla los días 27 y 28 de diciembre con sus sistemas de seguimiento desactivados para descargar grandes cantidades de armas y vehículos de combate destinados al CTS, todo ello sin los permisos requeridos y en violación de la Resolución 2216 del Consejo de Seguridad de la ONU.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de los Emiratos rechazó categóricamente estas afirmaciones, insistiendo en que el envío no contenía armas y que los vehículos estaban destinados a las fuerzas emiratíes estacionadas en Yemen, no a grupos yemeníes, y mintiendo sobre que había habido coordinación de alto nivel con Riad respecto a los vehículos con el acuerdo de que no saldrían del puerto. Arabia Saudita procedió a bombardear los vehículos en Mukalla, destruyéndolos.

Esta no es simplemente una disputa sobre un envío de armas o sobre quién controla un puerto. Es el punto culminante de una divergencia estratégica fundamental entre dos visiones incompatibles para el futuro de Yemen y, por extensión, para el orden regional del Golfo Pérsico y el Cuerno de África. Arabia Saudita quiere un Yemen unificado bajo un gobierno central que pueda controlar o al menos influenciar, un estado tapón que no represente una amenaza para su seguridad fronteriza pero que tampoco sea lo suficientemente fuerte como para desafiar la hegemonía saudí en la Península Arábiga.

Los Emiratos Árabes Unidos, en cambio, quieren un Yemen fragmentado en múltiples entidades que puedan dominar mediante relaciones clientelares directas con grupos locales, controlando especialmente los puertos estratégicos del sur como Adén y Mukalla, las islas del archipiélago de Socotra, y las rutas marítimas que conectan el Mar Rojo con el Golfo de Adén y el Océano Índico.

Esta estrategia emiratí de control portuario no es exclusiva de Yemen sino parte de un patrón regional más amplio que alcanzó un nuevo nivel de sofisticación con los desarrollos recientes en Somalilandia. Los Emiratos ya operan una importante base militar en el puerto de Berbera, Somalilandia, que han convertido en un nodo crucial de su red de influencia en el Cuerno de África.

En un giro extraordinario que revela la profundidad de la integración emiratí-israelí, Israel reconoció oficialmente a Somalilandia como estado independiente el 2 de enero de 2025, convirtiéndose en el primer país del mundo en hacerlo desde que la región declaró unilateralmente su independencia de Somalia en 1991. Este reconocimiento no es un acto de altruismo diplomático sino una jugada estratégica evidentemente coordinada entre Tel Aviv y Abu Dabi que transforma completamente el tablero geopolítico del Mar Rojo y el Golfo de Adén.

El reconocimiento israelí a Somalilandia solidifica la arquitectura de lo que podría llamarse el eje Abu Dabi-Tel Aviv de control marítimo en aguas que conectan tres continentes. Con una base emiratí en Berbera ahora respaldada por el reconocimiento diplomático israelí a la entidad que aloja esa base, los Emiratos han logrado algo que parecía imposible hace apenas una década; naturalizar una presencia militar extranjera en territorio somalí con el aval de una potencia que la mayoría de los estados árabes todavía no reconocen formalmente.

Este desarrollo tiene implicaciones directas para la crisis yemení porque establece un precedente inquietante. Si los Emiratos pueden fragmentar Somalia respaldando la secesión de Somalilandia y obtener reconocimiento internacional para esa fragmentación a través de su alianza con Israel, ¿qué les impide intentar exactamente la misma estrategia con el sur de Yemen?

El CTS podría ser el próximo proyecto de construcción estatal emiratí que reciba reconocimiento israelí, creando un corredor de entidades fragmentadas controladas por Abu Dabi desde el Cuerno de África hasta la Península Arábiga.

Para Arabia Saudita, este desarrollo añade una dimensión explosiva a la crisis actual. El Reino ha mantenido tradicionalmente una postura de no normalización pública con Israel, aunque se sabe que existe coordinación de inteligencia y seguridad entre ambos. Pero el reconocimiento israelí a Somalilandia, coordinado claramente con los Emiratos, demuestra que Abu Dabi está dispuesto a utilizar su alianza con Tel Aviv como herramienta de proyección de poder regional de maneras que ponen a Riad en una posición incómoda.

Si los Emiratos logran que Israel reconozca a un futuro estado del sur de Yemen bajo control del CTS, Arabia Saudita enfrentaría una entidad hostil en su frontera sur con respaldo tanto emiratí como israelí, una pesadilla estratégica que explicaría la dureza de su reacción actual. El bombardeo de Mukalla no es solo sobre vehículos militares sino sobre cerrar esta posibilidad antes de que se materialice.

Hay también una dimensión ideológica que no puede ignorarse. Los Emiratos ven al partido Islah yemení, rama local de la Hermandad Musulmana, que lidera el gobierno internacionalmente reconocido, como una amenaza existencial a su modelo de gobierno autoritario secular.

Al respaldar al CTS, que es predominantemente secularista y ha expresado disposición para normalizar relaciones con Israel, los Emiratos están construyendo un contrapeso regional al islam político que Arabia Saudita, a pesar de su propia represión interna contra los Hermanos Musulmanos, tolera en Yemen por razones de conveniencia política y tribal, y promueve en otros países.

Esta diferencia puede parecer menor desde fuera, pero para Abu Dabi representa una batalla por el modelo de gobernanza que prevalecerá en el mundo árabe; autoritarismo secular tecnocrático o monarquías que acomodan corrientes islamistas moderadas.

El término anglosajón “frenemies” que podríamos castellanizar como “amienemigos” describe apropiadamente esta relación saudí-emiratí que ha evolucionado de alianza a rivalidad apenas velada. Comenzando aparentemente con objetivos similares en conflictos regionales desde Libia y Siria, Sudán, y Yemen, los dos aliados del Consejo de Cooperación del Golfo terminaron apoyando grupos rivales durante las guerras civiles de estos países.

En Sudán, los Emiratos respaldan a las Fuerzas de Apoyo Rápido del general Mohamed Hamdan Dagalo mientras que Arabia Saudita mantiene relaciones más estrechas con el ejército sudanés del general Abdel Fattah al-Burhan. En Libia, apoyaron facciones opuestas durante la guerra civil impuesta.

Esta competencia no es accidental sino que representa una lucha más profunda por el liderazgo regional entre dos monarquías que alguna vez fueron hermanas menores en un orden dominado por poderes externos pero que ahora aspiran cada una a convertirse en la potencia hegemónica de su vecindario.

Para Arabia Saudita, la toma emiratí de Hadramaut a través del CTS es un puente demasiado lejos, una violación inaceptable de lo que considera su esfera de influencia natural y una amenaza directa a su seguridad. El ultimátum de 24 horas y los bombardeos de Mukalla son el equivalente a trazar una línea en la arena y decir hasta aquí.

La respuesta emiratí fue predecible; el Ministerio de Defensa de los EAU anunció la finalización unilateral y voluntaria de su misión antiterrorista en Yemen, una forma de salvar las apariencias tras el ultimátum saudí, retirando personal formal pero sin necesariamente terminar el apoyo encubierto al CTS que puede continuar a través de canales indirectos, asesores militares sin uniforme, financiamiento y armamento que llegará por rutas menos visibles.

Lo extraordinario de esta crisis es que revela cuán frágil era en realidad la coalición anti-hutí. Cuatro de los ocho miembros del Consejo de Liderazgo Presidencial yemení emitieron una declaración conjunta rechazando las decisiones unilaterales de su propio presidente Alimi, argumentando que el consejo debe actuar por consenso y advirtiendo que demonizar a los Emiratos solo beneficiaría a los enemigos de Yemen.

Esta fragmentación dentro del propio campo anti-hutí, con la mitad del liderazgo apoyando a los Emiratos contra su propio presidente respaldado por Arabia Saudita, demuestra que Yemen ya no es realmente un país sino una geografía donde múltiples proyectos políticos compiten por territorio y recursos.

Estados Unidos, que mantiene alianzas estratégicas con ambas monarquías del Golfo, se encuentra en una posición imposible. El Secretario de Estado Marco Rubio habló con el Ministro de Relaciones Exteriores saudí instando a la moderación y la diplomacia continua, expresando gratitud por el liderazgo diplomático de nuestros socios el Reino de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos como si ambos estuvieran cooperando en lugar de estar al borde del conflicto abierto.

Washington no puede permitirse alienar a ninguno de los dos, ambos son compradores masivos de armas estadounidenses, socios en la contención de Irán, y proveedores cruciales de petróleo y estabilidad financiera. Pero tampoco puede ignorar que sus dos aliados más cercanos en el Golfo están en una trayectoria de colisión que podría desestabilizar toda la región.

Los beneficiarios inesperados pero muy concretos de esta disputa son precisamente aquellos contra quienes se formó la coalición original; los hutíes de Ansar Allah y el Gobierno de Salvación Nacional que administran desde Sana. Mientras Arabia Saudita y los Emiratos pelean por control del sur y el este, revelando ante el mundo que la coalición nunca fue realmente una alianza de principios sino un matrimonio de conveniencia que ha colapsado en recriminaciones mutuas y bombardeos cruzados, el gobierno hutí en Sana disfruta de un respiro estratégico extraordinario.

La fragmentación del campo anti-hutí no solo les otorga espacio de maniobra diplomático y militar que no tendrían si enfrentaran un frente unido, sino que afirma su narrativa fundamental; que la intervención saudí-emiratí nunca fue sobre restaurar la legitimidad del gobierno yemení sino sobre repartirse el país como botín colonial entre potencias extranjeras.

Para Ansar Allah, esta crisis es un regalo propagandístico de proporciones históricas. Durante años han argumentado que defienden la soberanía yemení contra una agresión externa, que son ellos quienes representan la verdadera resistencia nacional mientras que el gobierno de Hadi y ahora el Consejo de Liderazgo Presidencial son simplemente marionetas de Riad.

Los bombardeos saudíes contra equipos emiratíes en suelo yemení, el ultimátum exigiendo la retirada de fuerzas emiratíes, la fragmentación visible del Consejo de Liderazgo Presidencial con la mitad de sus miembros rechazando órdenes de su propio presidente, todo ello confirma exactamente lo que los hutíes han estado diciendo.

Más allá de la propaganda, hay ventajas estratégicas muy concretas para el Gobierno de Salvación Nacional. Primero, la atención y los recursos militares saudíes están ahora enfocados en contener la expansión emiratí en el este y el sur en lugar de presionar militarmente a los hutíes en el norte. Los ataques aéreos saudíes contra territorio controlado por hutíes han disminuido drasticamente en los últimos años a medida que Riad busca una salida negociada del conflicto, y esta crisis con los Emiratos solo refuerza el interés saudí en estabilizar su frontera sur mediante negociación con los hutíes en lugar de confrontación.

Segundo, los hutíes pueden ahora negociar separadamente con saudíes, emiratíes y el gobierno nominal, jugando a unos contra otros y fortaleciendo su posición como actor indispensable en cualquier solución política futura. Si Arabia Saudita quiere contener a los Emiratos en Yemen, necesita a alguien que pueda contrabalancear al CTS en el terreno, y los hutíes son el único actor con esa capacidad militar.

Tercero, y quizás más importante, el Gobierno de Salvación Nacional controla ahora efectivamente un estado funcional en el norte de Yemen con instituciones propias, capacidad de recaudación de impuestos, fuerzas armadas disciplinadas y una ideología movilizadora que combina islamismo zaydí con nacionalismo yemení y antiimperialismo. Mientras el sur se fragmenta entre el CTS respaldado por los Emiratos y el gobierno fantasma respaldado por Arabia Saudita, Sana emerge como el único centro de poder en Yemen con coherencia interna y proyecto político claro.

Los hutíes han consolidado su control sobre las áreas más pobladas del país incluyendo la capital, han construido capacidades militares cada vez más sofisticadas con ayuda iraní incluyendo drones, misiles balísticos y crucero, y han demostrado capacidad de proyectar poder más allá de sus fronteras con ataques contra Arabia Saudita, Israel y barcos pro sionistas en el Mar Rojo.

Esta última dimensión es crucial. Los ataques hutíes contra el transporte marítimo en el Mar Rojo y el Estrecho de Bab el-Mandeb en solidaridad con Gaza han demostrado que Ansar Allah puede interrumpir una de las rutas comerciales más importantes del mundo, forzando a cientos de barcos a tomar la ruta mucho más larga alrededor del Cabo de Buena Esperanza y elevando los costos del transporte global. Esta capacidad les otorga un poder de negociación que trasciende Yemen.

Pueden ofrecer seguridad marítima a cambio de reconocimiento político, pueden interrumpir el comercio si se sienten amenazados, pueden demostrar que cualquier solución en Yemen que no los incluya será altamente inestable. La crisis entre Arabia Saudita y los Emiratos solo refuerza esta realidad porque demuestra que ni siquiera los miembros de la coalición pueden ponerse de acuerdo sobre cómo lidiar con los hutíes, mucho menos derrotarlos militarmente.

Hay también sectores más allá de Ansar Allah que confluyen en Sana y que se benefician de esta situación. Figuras del antiguo régimen de Ali Abdullah Saleh que se mantuvieron leales a su patria y por tanto a los hutíes después de la ruptura y ejecución de Saleh en 2017, tecnócratas y burócratas que administran las instituciones del Gobierno de Salvación Nacional, comerciantes y hombres de negocios que han aprendido a operar bajo control hutí y que prefieren la estabilidad de Sana al caos de las áreas controladas por el gobierno nominal.

Estos sectores ven la fragmentación del campo anti-hutí como confirmación de que eligieron el bando correcto, que Sana representa la única posibilidad de un estado yemení funcional emergiendo de las ruinas de la guerra civil.

Para estos actores, la crisis saudí-emiratí es una validación. El norte bajo control hutí funciona con una coherencia real, con escuelas y hospitales funcionando, salarios gubernamentales pagándose irregularmente pero pagándose, servicios básicos mantenidos a pesar de las sanciones y el bloqueo.

Mientras tanto el sur se desintegra en luchas entre facciones cada una respaldada por un patrón extranjero diferente, con el CTS controlando Adén pero peleando con otros grupos respaldados por Arabia Saudita, con el gobierno nominal sin control real sobre territorio más allá de algunos edificios en Adén, con milicias tribales cambiando de lealtad según quién pague más. El contraste es brutal y favorece claramente a los hutíes en términos de legitimidad ante sectores de la población harta de una década de guerra.

Yemen enfrenta ahora la posibilidad real de fragmentación completa en tres entidades que ya operan de facto como estados separados: el norte controlado por el Gobierno de Salvación Nacional de Ansar Allah con apoyo iraní, el sur controlado por el CTS respaldado por los Emiratos buscando independencia y potencialmente reconocimiento israelí siguiendo el modelo de Somalilandia, y áreas intermedias nominalmente bajo el gobierno reconocido internacionalmente respaldado por Arabia Saudita pero cada vez más débiles y sin control real sobre el territorio.

Esta no es una configuración estable sino un preludio a más conflicto, porque las fronteras entre estas tres entidades son lábiles, porosas y disputadas, porque los recursos como el petróleo de Hadramaut tendrán que ser compartidos o peleados, y porque ninguno de los actores regionales aceptará fácilmente la consolidación de entidades que no controlan.

El príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el presidente emiratí Mohammed bin Zayed aún pueden ser capaces de organizar un compromiso que salve las apariencias entre las facciones locales para evitar otra guerra civil sangrienta, pero la humillación pública que Arabia Saudita infligió a los Emiratos será difícil de superar. Bombardear equipos de tu aliado más cercano y exigir públicamente su retirada de un teatro de operaciones no es algo que se olvida fácilmente en una cultura donde el honor y el prestigio son moneda política.

Los emiratíes tendrán que decidir si aceptan esta subordinación a la voluntad saudí o si duplican su apuesta respaldando al CTS de manera más abierta, lo que podría llevar a un enfrentamiento directo entre dos miembros del Consejo de Cooperación del Golfo y de los BRICS, algo impensable hace apenas una década.

Para los cuarenta y un millones de yemeníes, esta rivalidad entre potencias extranjeras significa la prolongación indefinida de una guerra que ya ha causado una de las peores crisis humanitarias del mundo, con más de la mitad de la población enfrentando inseguridad alimentaria severa, sistemas de salud colapsados, escuelas destruidas y una generación entera creciendo en medio del conflicto. Las ambiciones geopolíticas de Riad y Abu Dabi se pagan con sangre yemení, con niños muriendo de hambre mientras las élites del Golfo discuten qué facción controlará qué puerto o qué campo petrolero.

La exigencia saudí de retirada emiratí no es realmente sobre Yemen sino sobre quién dominará el orden regional del Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Cuerno de África en las próximas décadas, quién controlará las rutas marítimas por donde fluye el comercio global, quién tendrá la última palabra en los asuntos de la Península Arábiga.

La crisis del 30 de diciembre marca un punto de inflexión histórico en las relaciones entre dos de las monarquías más ricas y poderosas del mundo árabe, un momento en que la máscara de la alianza cayó y quedó expuesta la rivalidad estructural que siempre estuvo ahí pero que se había mantenido bajo control mediante diplomacia cuidadosa y gestos de hermandad. Ahora que se han bombardeado mutuamente, aunque sea a través de proxies, y se han emitido ultimátums públicos, el camino de regreso a la confianza mutua será largo y tortuoso si es que existe.

Yemen, como tantas veces en su historia, paga el precio de ser geográficamente estratégico, de estar en la encrucijada de rutas comerciales vitales, de tener recursos que otros codician. La pregunta ya no parece ser si Yemen se fragmentará sino cómo se administrará esa fragmentación y quién controlará las piezas resultantes.

Ojalá nos equivoquemos. Y esa respuesta se está escribiendo ahora mismo en los despachos de Riad y Abu Dabi, pero también y fundamentalmente en las calles de Sana donde el Gobierno de Salvación Nacional observa con satisfacción apenas disimulada cómo sus enemigos se devoran entre sí, fortaleciendo día a día la posición de Ansar Allah como el único actor yemení con capacidad real de gobernar y proyectar poder, el único que puede ofrecer tanto estabilidad interna como amenaza externa, el único que Arabia Saudita eventualmente tendrá que reconocer como interlocutor indispensable si quiere alguna vez estabilizar su frontera sur.

Fuente: PIA Global/Fernando Esteche 

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