La ofensiva total de Trump contra la ASEAN
Washington incluye a siete países del sudeste asiático en su lista de investigaciones por “prácticas desleales”, en una movida que busca reconfigurar las cadenas de suministro a su favor mientras empuja a la región hacia un callejón sin salida: someterse o buscar refugio en el gigante asiático.
La maquinaria arancelaria de Donald Trump vuelve a la carga, y esta vez el blanco es el sudeste asiático. Siete países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) —Singapur, Indonesia, Malasia, Camboya, Tailandia y Vietnam— figuran en la lista de naciones que Washington investigará por presuntas “prácticas comerciales desleales”, según anunció la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos el pasado 11 de marzo.
El argumento es siempre el mismo, exceso de capacidad manufacturera, superávits comerciales y supuestas violaciones laborales. Pero detrás de la retórica técnica se esconde una estrategia mucho más ambiciosa: en medio de la guerra comercial con China y el conflicto abierto en el Golfo Pérsico, Trump busca reordenar las cadenas de suministro globales para que vuelvan a pasar, en la mayor medida posible, por territorio estadounidense. Y la ASEAN, por su creciente integración con Pekín, se ha convertido en un obstáculo a remover.
“Estados Unidos ya no sacrificará su base industrial a otros países que puedan estar exportando sus problemas con exceso de capacidad y producción hacia nosotros”, declaró Jamieson Greer, representante comercial estadounidense, en un comunicado que no dejaba espacio a la ambigüedad.
Una presión que puede salir cara
Lo paradójico es que la estrategia de máxima presión podría terminar acelerando exactamente lo que Washington dice querer evitar: un mayor acercamiento de la ASEAN a China.
Joanne Lin, investigadora del ISEAS – Centro de Estudios de la ASEAN, lo advierte con claridad al sostener que “la inclusión de varias economías regionales en la lista negra estadounidense refleja la creciente preocupación de Estados Unidos sobre cómo están estructuradas algunas de estas cadenas de suministro, especialmente cuando los países están profundamente integrados con insumos o importaciones chinas”.
Dicho de otro modo, Washington detecta que el sudeste asiático se ha convertido en una plataforma de exportación que, aunque formalmente no es china, depende de componentes, tecnología y capital del gigante asiático.
La respuesta de la gestión trumpista no es seducir a la región con mejoras comerciales, sino amenazarla con aranceles y sanciones para forzar una reconfiguración que, en el papel, debería beneficiar a Estados Unidos.
Pero la realidad es más tosca, debido a que las empresas no toman decisiones de inversión a largo plazo basadas en amenazas volátiles; buscan estabilidad. Y lo que ofrece Washington en este momento es todo lo contrario al enmarcarse en la imprevisibilidad regulatoria, cambios unilaterales de reglas y un Poder Judicial que tumba los aranceles de emergencia declarándolos inconstitucionales, como ocurrió el mes pasado.
Cassey Lee, investigadora del mismo centro, señala la dificultad de calcular siquiera el impacto potencial: “Estimar los posibles gravámenes para cada país es complicado debido a la diferente exposición a la capacidad excedente y al trabajo forzado. Luego está la cuestión de si las investigaciones conducirán a nuevos aranceles que se acerquen a los ‘recíprocos’ o a los aranceles puente del 15% que expirarán en julio de 2026”.
Las contradicciones del imperio
El caso de Singapur es totalmente contradictorio ya que el gobierno de la ciudad-Estado ha señalado que, según sus propias estadísticas, mantiene un déficit comercial con Estados Unidos, no un superávit. La acusación de Washington, por tanto, se basa en datos que la propia contraparte cuestiona. Más aún, el Ministerio de Comercio singapurense rechazó la afirmación de que el país sigue ampliando capacidad manufacturera pese a la caída en las tasas de ocupación industrial, que en el cuarto trimestre de 2025 se mantuvieron cerca del 90%.
Estas inconsistencias no son menores y revelan que la ofensiva comercial de Trump no se sostiene sobre un diagnóstico técnico sólido, sino sobre una decisión política de disciplinar a quienes, desde su perspectiva, se han beneficiado del desvío de inversiones y cadenas de suministro que originalmente correspondían a Estados Unidos.
Las investigaciones abiertas pueden derivar en aranceles, pero también en respuestas defensivas por parte de los países afectados. Malasia ya dio una muestra, su ministro de Comercio, Johari Abdul Ghani, declaró el domingo que el acuerdo comercial con Estados Unidos “ya no existe, es nulo y sin efecto”. Aunque su oficina corrigió luego las declaraciones, la fisura quedó al descubierto.
“Es poco probable que Malasia sea el único país que esté teniendo dudas sobre el acuerdo comercial que firmó con Washington”, apunta Chen, del RSIS. “Los acuerdos de Indonesia y Camboya probablemente están bajo un escrutinio similar”.
Hacia una diversificación forzada
Ante la embestida, la reacción natural de la ASEAN no será someterse, sino diversificar. Pero diversificar lejos de Estados Unidos no significa automáticamente caer en brazos de China. Los analistas coinciden en que la respuesta regional será más matizada y buscarán repartir el riesgo entre varias potencias medias.
“Eso podría significar inclinarse más hacia China en ciertas áreas, especialmente como socio comercial importante, pero es igual de probable que acelere la diversificación hacia otras potencias medias como Japón, la UE, Corea del Sur y Australia”, señala Joanne Lin. “En ese sentido, la respuesta se trata menos de tomar partido y más de repartir el riesgo”.
Es una estrategia de supervivencia para economías pequeñas y medianas atrapadas en la pugna entre dos gigantes. Pero también una constatación de que la política trumpiana, lejos de aislar a China, está erosionando la confianza en Estados Unidos como socio confiable.
Lam, analista citado por los medios, vaticina que los recientes acuerdos comerciales de la ASEAN con Washington podrían desmoronarse. Y lanza una pregunta incómoda para la administración republicana: “¿Por qué mantener concesiones políticamente costosas si el trato preferencial por el que se intercambiaron ya no existe y se inician nuevas investigaciones de todos modos?”
El cerco a China como telón de fondo
Detrás de toda esta ofensiva se mueve la pieza mayor del tablero: China. La guerra comercial, las investigaciones por dumping y las acusaciones de trabajo forzado son fichas de un mismo juego destinado a contener el ascenso del gigante asiático. La ASEAN, por su ubicación geográfica y su integración económica con Pekín, es un escenario crucial en esa partida.
Si Washington logra quebrar la cohesión de la ASEAN, desacoplarla de las cadenas de suministro chinas y reorientar sus exportaciones hacia Estados Unidos, habrá dado un paso gigante en su estrategia de cerco. Pero el camino elegido —la amenaza permanente, la volatilidad regulatoria, la falta de previsibilidad— puede tener el efecto inverso.
Lo que la región necesita es estabilidad para planificar su desarrollo. Y eso, hoy, lo ofrece más China que Estados Unidos. Pekín no abre investigaciones sorpresivas ni amenaza con aranceles retroactivos. China negocia, invierte y construye. Mientras Washington aprieta, Pekín espera.
Y en esa espera, gana posiciones.

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