¿Quiénes son los verdaderos terroristas?

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La lucha de los pueblos colonizados, oprimidos, explotados y agredidos contra la arrogancia mundial encabezada por Estados Unido., secundado por la entidad criminal sionista, no es terrorismo.

Terroristas son aquellos que para mantener su dominio utilizan los recursos más crueles para aplastar las rebeliones justas de quienes se levantan para acabar con las injusticias a la que históricamente han sido sometidos.

La aplicación de las torturas más espantosas, el bombardeo de poblaciones y ciudades, desapariciones forzosas, violaciones, hambruna planificada, guerras crueles son solo algunas de las atrocidades que a lo largo de la historia las fuerzas del mal, dirigidas por Estados Unidos., han usado para detener la resistencia de los condenados de la tierra.

Asia Occidental atestigua la brutalidad de los arrogantes del mundo que en Palestina, Líbano, Irak, Irán, Siria y Yemen han cometido los crímenes más atroces, ensañándose fundamentalmente contra niños y niñas a los que han convertido en su principal blanco de ataque, como el asesinato cometido por el ejército israelí contra Hind Rajab, una niña palestina de cinco años, a la que acribillaron con más de trescientos tiros disparados contra el vehículo en el que se encontraba o el martirio de 170 niñas en una escuela en Minab,  llevado a cabo en forma planificada por EE. UU. para golpear a la República Islámica de Irán.

Frente a estas bestialidades, la única opción de los pueblos es ejercer el legítimo derecho a la rebelión y la guerra justa contra quienes pretenden someterlos.

La historia de Palestina está marcada por la lucha incesante de un pueblo que no se ha doblegado ante las constantes agresiones de una entidad que, creyéndose investida de un mandato divino, ha robado durante 77 años las tierras de los palestinos.

Este saqueo perpetrado por el sionismo israelí ha contado con el respaldo político, económico y militar del imperialismo estadounidense, inglés y europeo y el beneplácito de la comunidad internacional y de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que han sido incapaces de detener los asentamientos ilegales de colonos en Cisjordania, la apropiación ilegal de Al-Quds, la destrucción sistemática de Gaza y, finalmente, el genocidio.

Desde su nacimiento en 1897, el movimiento sionista se planteó como propósitos la colonización de las tierras pertenecientes a Palestina, la expulsión de los habitantes originarios y el exterminio de aquellos que se negasen a marchar o someterse.

Para llevar adelante sus perversos objetivos, los sionistas, que contaron con la anuencia de los británicos, se valieron de bandas terroristas como la Stern, la Haganá o Irgun, responsables de ataques contra la población palestina y de la expulsión de más de 700 mil habitantes de sus aldeas, hecho cruel e inhumano que dio inicio a la Nakba o catástrofe para el pueblo palestino.

Desde 1947, cuando se produjo la partición de Palestina, la historia del pueblo palestino ha girado en torno a las agresiones llevadas adelante por la entidad colonial israelí y la resistencia que, a través de distintas formas de lucha, le ha dicho al invasor que no podrá sojuzgarlo.

Las brutales masacres cometidas por las fuerzas israelíes en Deir Yassin o en Tantura, el respaldo que el ejército ocupante dio a las milicias falangistas cristianas libanesas para violar, asesinar a los refugiados palestinos en Sabra y Shatila en Líbano, los asaltos permanentes contra Cisjordania y Gaza, la destrucción de la infraestructura vital para la existencia de los palestinos en estas zonas, los asesinatos selectivos de líderes de la resistencia palestina, de artistas, de médicos, de deportistas, evidencian que «Israel», en el transcurso de 77 años, ha ejecutado una política planificada de aniquilación del pueblo palestino.

El régimen de ocupación israelí ha sometido a condiciones crueles a la población en Gaza y Cisjordania. Privación de agua y destrucción del sistema de distribución de la misma, impedimento de la libre circulación y partición de tierras debido a la construcción de un enorme muro, establecimiento de puestos de control militar permanentes para impedir el paso a los lugares de estudio y de trabajo, destrucción de miles de plantaciones de árboles de olivo, desalojo brutal de sus casas, con el robo de sus enseres, detenciones arbitrarias de niños y jóvenes que durante meses permanecen en las cárceles israelíes en condiciones deplorables.

Todo esto justifica la lucha y la resistencia de las organizaciones palestinas que, en condiciones totalmente desiguales, se enfrentan a un enemigo poderoso militarmente, pero carente de ética.

La violencia que los oprimidos llevan adelante es justa por el solo hecho de existir una entidad colonial que ha robado absolutamente todo a los palestinos, incluido su arte culinario.

Para justificar sus crímenes, «Israel», a través de su aparato de propaganda, la Hasbará, ha construido una narrativa discursiva que, por un lado presenta a la entidad sionista como víctima y, por otro, estigmatiza, bestializa y deshumaniza a las fuerzas de la resistencia y sus líderes.

Mediante la guerra psicológica y propagandística, valiéndose de las corporaciones mediáticas, de la industria cinematográfica y de las redes sociales, el sionismo pretende mostrar al mundo que se los ataca por el hecho de ser judíos, señalando a todos quienes los enfrentan como antisemitas, a la vez que se presentan como gente de bien, que solo quiere vivir en paz en la tierra que Dios eligió para ellos.

Lo que el sionismo quiere mantener oculto es el pacto que hicieron con los nazis, conocido como acuerdo Haavara, a través del cual financiaron al régimen hitleriano. El escritor Norman Finkelstein ha desenmascarado en su libro “La industria del holocausto” como «Israel» ha hecho uso de los crímenes del nazismo en la Segunda Guerra Mundial para justificar el genocidio que ellos cometen hasta hoy día contra el pueblo palestino.

Ciudadanos sin ningún vínculo histórico con los pobladores originarios que vivieron en lo que hoy es Palestina, provenientes de lugares como Polonia, Ucrania, Estados Unidos., Uruguay o Argentina, se creen con más derecho que los propios palestinos de habitar las tierras que hoy les están robando.

El pueblo palestino no se ha sometido, ni humillado ante la entidad ocupante. A lo largo de siete décadas, la respuesta dada a los invasores ha sido la lucha firme y valiente de hombres y mujeres, de niños y jóvenes, de adultos y ancianos que no han dudado en entregar sus vidas para defender la causa palestina.

El martirio de muchos yihadistas de las diversas organizaciones de la resistencia palestina, es ejemplo de la dignidad de un pueblo al que el enemigo solo le ha planteado la opción de irse de sus tierras o de exterminarlo.

Miles de jóvenes han llevado adelante un sinnúmero de operaciones para golpear a los sionistas, las cuales han sido descalificadas por los ocupantes como “ataques terroristas”.

Incluso, desde sectores de la progresía, llegan a condenar la respuesta justa del oprimido, aunque hipócritamente digan que defienden a Palestina. La violencia, provenga de donde provenga, debe ser rechazada, es el argumento de muchos.

No hay nada más cobarde que la indefinición, mantenida sobre supuestos preceptos morales.

Fueron Franz Fanon, Malcom X, Ernesto Che Guevara, Ghassan Kanafani y otros revolucionarios los que supieron entender que el oprimido solo puede liberarse de la opresión con la violencia justa, entendida esta no como un fin en sí mismo, sino como un momento inevitable de desalienación y reencuentro del colonizado consigo mismo, un momento histórico, un acto de liberación, como explica el pensador cubano Félix Valdés García al analizar la obra de Fanon.

En 1970, en Beirut, Kanafani, en respuesta a las preguntas de un periodista que no llegaba a comprender el contexto de la lucha palestina, le expuso que lo que se estaba dando no era una guerra civil, ni un conflicto, sino un movimiento de liberación de un pueblo discriminado, defendiéndose a sí mismo de un gobierno fascista, frente al que no se rendirá ni capitulará.

Ante la interrogante del periodista de si no es mejor detener la lucha, para detener la muerte, la miseria, la destrucción, el dolor, el autor de “Hombres en el sol” le respondió: “Quizás para usted, pero para nosotros, no lo es. Para nosotros, liberar nuestro país, tener dignidad, tener respeto, tener nuestros meros derechos humanos, es algo tan esencial como la vida misma.”

Asesinado por los terroristas israelíes del Mosad, el 8 de julio de 1972, el mártir del Frente Popular para la Liberación de Palestina sigue siendo un símbolo de la lucha heroica que lleva adelante el pueblo palestino contra la entidad sionista.

El 16 de octubre de 2024 el ejército de ocupación hizo circular un video en el cual se mostraba a un hombre sentado en un sillón viejo, en un apartamento destruido por los bombardeos, cubierta la cabeza con una Kufiya y con el brazo derecho destrozado. Un dron se acercó desafiante a él y su respuesta fue la de lanzarle un palo. Se trataba de Yahya Sinwar, martirizado pocos segundos después de que el dron abandonara el lugar.

Creyeron sus asesinos que con aquellas imágenes, los combatientes de la resistencia se iban a desmoralizar. Los soldados israelíes, carentes de moral para el combate y de dignidad, pervertidos como son, no comprenderán jamás que por cada mártir, la voluntad de lucha se acrecienta y más cuando un hombre de la talla de Yahya Sinwar, herido, sin más armas que un palo, no se rindió ante los enemigos del pueblo palestino.

La resistencia no es terrorismo. Terrorismo es asesinar a una niña de cinco años mientras suplicaba ayuda desde un teléfono celular, cuando ella se encontraba en un vehículo al que previamente habían baleado y en el que yacían muertos sus familiares.

De la misma forma, una nación que ha sido objeto de ataques criminales, de la organización de grupos sediciosos y terroristas para desestabilizarla e invadida militarmente, tiene el derecho de hacer frente a sus agresores.

La República Islámica de Irán, a lo largo de 47 años, ha sido blanco de una infinidad de agresiones por parte de Estados Unidos e «Israel». Toda clase de recursos han utilizado los arrogantes del mundo para acabar con la Revolución Islámica, con su liderazgo político y espiritual y con la cultura e historia de un pueblo que se ha negado a aceptar los valores de la sociedad occidental capitalista que pretenden destruir la familia, la comunidad y la paz en Irán, sustituyéndola por el consumo de droga, el libertinaje, la prostitución.

Miles de sanciones se han impuesto contra Irán, con apoyo de la ONU, para asfixiar económicamente a la nación para así impedir su desarrollo científico y tecnológico y socavar la vida de los ciudadanos iraníes que deben enfrentarse a un sinnúmero de dificultades como resultado de las penalidades establecidas arbitrariamente por Estados Unidos y sus socios.

Pese a ello, la República Islámica de Irán se ha convertido en una potencia científica, que se ha desarrollado en los campos de la energía nuclear, la medicina, la nanotecnología, la ingeniería, destacando el papel de diversas mujeres que han recibido varios reconocimientos internacionales por su labor científica e investigativa. 

Ni Estados Unidos ni «Israel» pueden aceptar esta realidad. Su objetivo, como señaló el Ayatola Ali Khamenei, es el de engullir a Irán no solo para apropiarse de sus valiosos recursos naturales, sino para destruir su proceso de desarrollo, su cultura, su religión.

Los seguidores de Baal han llevado a cabo acciones terroristas dentro del territorio iraní para asesinar a sus científicos. El Mosad ha ejecutado varias operaciones que han martirizado a destacados científicos como Mohsen Fakhrizadeh en el año 2020. 

El pasado mes de junio de 2025 la entidad criminal sionista invadió Irán, mediante un ataque aéreo contra centros urbanos y militares que provocaron la muerte de destacados hombres de ciencia y comandantes militares, así como de mujeres y niños y daños a su infraestructura. La operación se justificó con el pretexto de que la República Islámica de Irán estaba a punto de fabricar una bomba nuclear, todo amparado en una campaña propagandística plagada de falsedades que las grandes corporaciones mediáticas difundieron en el mundo entero. 

Irán respondió en forma decisiva. Fueron doce días en que la industria misilística iraní, así como la de la fabricación de drones con fines militares, demostraron a la entidad criminal, genocida de «Israel» que sus crímenes no quedarían impunes. Estados Unidos acudió a salvar a su socio y finalmente terminaron pidiendo un cese el fuego.

No satisfechos con estos crímenes, el 28 de febrero de 2026, Trump, presionado por Netanyahu, decidió lanzar una nueva invasión militar contra Irán. Ese día, en horas de la mañana, uno de sus primeros blancos fue la residencia del Líder Supremo de Irán que fue martirizado junto a su esposa y otros miembros de su familia, entre los que estaba su nieta de 14 meses, Zahraa Mohammandi Ghalbaighani.

Trump pensó que con el martirio del Ayatola Khamenei, Irán iba a desestabilizarse. Incapaz de comprender lo que el martirio significa para los iraníes y para el islam chiita, no concibieron que al haber asesinado a un hombre de la talla del Sayyed Ali Khamenei, el pueblo iraní seguirá en la lucha hasta la derrota de los arrogantes del mal de la clase de Epstein.

El 4 de marzo de 2026 el buque iraní Iris Dena fue destruido y hundido por un submarino estadounidense. Los cuerpos de 87 de sus tripulantes yacen en el fondo del mar. La nave se encontraba en aguas internacionales y regresaba de unos ejercicios navales conjuntos en la India, en los que también participaron los Estados Unidos, Trump, al referirse a este crimen dijo, burlándose, que no habían capturado el barco porque resultaba más divertido hundirlo. Esa es la condición del canalla que gobierna EE. UU., el mismo que al igual que Netanyahu se creen ungidos de un poder divino para destruir a Irán.

Estos son los verdaderos terroristas, no los combatientes de las Fuerzas Armadas de Irán y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica que hoy luchan en defensa de la humanidad toda.

Fuente: Al Mayadeen/Dax Toscano Segovia 

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