Azerbaiyán, Washington y una jugada peligrosa en el Cáucaso

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La firma de la Carta de Asociación Estratégica entre Azerbaiyán y Estados Unidos en Bakú no puede ser interpretada como un simple acuerdo bilateral en materia de defensa y seguridad.

En el actual contexto del Cáucaso Sur, esta maniobra representa un factor profundamente desestabilizador que amenaza con agravar conflictos latentes, comprometer corredores estratégicos vitales y abrir la puerta a dinámicas de violencia indirecta que ya han demostrado ser devastadoras en otras regiones.

El documento, firmado por el presidente Ilham Aliyev y el vicepresidente estadounidense J.D. Vance, establece la ampliación de la cooperación en defensa, incluidas ventas de armamento, ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas y “lucha contra el terrorismo”. A pesar de esto, la experiencia reciente demuestra que este tipo de asociaciones promovidas por Washington rara vez buscan la estabilidad regional, sino la instrumentalización de actores locales como piezas de una estrategia mayor de contención contra Rusia, Irán y cualquier proyecto de integración euroasiática independiente.

Uno de los puntos más sensibles es el impacto potencial sobre el Corredor Internacional Norte-Sur, una infraestructura clave que conecta Rusia con Irán, el Golfo Pérsico y el sur de Asia. Este corredor no solo es esencial para Moscú y Teherán en términos comerciales y logísticos, sino que también representa una alternativa concreta al sistema de rutas controladas por Occidente.

La creciente militarización de Azerbaiyán bajo auspicio estadounidense introduce un elemento de riesgo directo sobre esta arteria estratégica, especialmente en un escenario de provocaciones calculadas o conflictos de baja intensidad.

En paralelo, la profundización del vínculo militar entre Bakú y Washington debe leerse como una amenaza indirecta pero clara contra Irán. Azerbaiyán comparte una extensa frontera con la República Islámica y mantiene vínculos históricos, étnicos y religiosos complejos con la población azerí iraní.

La presencia creciente de Estados Unidos en este espacio, ya sea a través de cooperación militar, inteligencia o infraestructura “crítica”, refuerza la percepción en Teherán de un cerco estratégico que busca presionar y desestabilizar su entorno inmediato.

El conflicto no resuelto con Armenia añade otra capa de peligrosidad, tras la derrota armenia en Artsaj y el desplazamiento forzado de su población, Bakú ha demostrado que no tiene incentivos reales para avanzar hacia una paz duradera.

Por el contrario, el respaldo político y militar de potencias externas puede alentar una política aún más agresiva, empujando a la región hacia una nueva escalada que involucre actores regionales mayores y complique cualquier intento de mediación genuina teniendo como objetivo el corredor Zangezur y la anexión de más territorios armenios.

Pero quizás el aspecto más inquietante de esta alianza sea el riesgo de expansión del llamado terrorismo islamista como herramienta de guerra indirecta. La retórica de “lucha contra el terrorismo” incluida en la carta contrasta con un historial ampliamente documentado de Estados Unidos utilizando grupos islamistas radicales como fuerzas proxy en distintos teatros de conflicto. En el contexto del Cáucaso, esto adquiere una gravedad particular ya que regiones rusas como Chechenia y Daguestán han sufrido durante décadas las consecuencias del extremismo armado, el cual es alimentado desde el exterior.

La posibilidad de que redes yihadistas encuentren nuevos espacios de tránsito, financiación o cobertura política en un Cáucaso cada vez más militarizado y fragmentado no es una hipótesis abstracta, sino una amenaza concreta para la seguridad rusa y regional.

En este escenario, Azerbaiyán corre el riesgo de convertirse en un instrumento más de una estrategia ajena, sacrificando la estabilidad regional a cambio de apoyos coyunturales.

Así, la profundización del vínculo militar entre Azerbaiyán y Estados Unidos no solo amenaza a Armenia o a Irán, sino que pone en juego el frágil equilibrio del Cáucaso en su conjunto.

Una región ya marcada por conflictos históricos, corredores estratégicos vitales y tensiones religiosas podría verse arrastrada a una nueva fase de inestabilidad, con consecuencias que se extenderían mucho más allá de sus fronteras inmediatas. En este tablero, la paz vuelve a ser la principal víctima.

Fuente: PIA Global

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