Basta con ver los titulares de las secciones económicas de grandes medios para darse cuenta de que, junto a las destructivas acciones bélicas en el Medio Oriente, desatadas ambiciosa e irresponsablemente desde el 28 de febrero de este 2026 por los gobernantes de Estados Unidos e «Israel», los impactos colaterales inmediatos de las bombas también fueron contundentes en el comercio internacional y sobre producciones esenciales para la vida, un camino expedito para la inestabilidad económica global.
La inmediata reacción de Irán para defender su nación: cerrar el Estrecho de Ormuz, ha sido un arma tan poderosa como sus misiles y drones sobre las bases militares estadounidenses en la región y sobre centros productivos y militares de «Israel».
Según la poderosa institución financiera Goldman Sachs, se ha eliminado el 16 por ciento de la comercialización del hidrocarburo y es obvia la explicación, pues por el Golfo transita una quinta parte de todo el petróleo comercializado, por lo que cerrarlo es como cortarle la yugular a la Tierra.
La consecuencia se paga de modo contante y sonante. Según Goldman Sachs, el precio medio del barril de petróleo Brent, de 66,6 dólares en enero, alcanzó 103,13 en marzo, y las fluctuaciones en abril lo han llevado a 121,91, mientras se «almacena» en los enormes petroleros anclados en el Golfo.
Ese daño colateral no afecta solo el transporte por aire, mar y tierra, así como la producción energética, por citar lo más evidente. Ya se escuchan los gritos de las empresas de aviación, con vuelos reducidos, costos en aumento y precios de boletos literalmente por los aires.
El estrangulamiento petrolero no es lo único que aporta a la crisis. En Ormuz han quedado encerrados los fertilizantes, de los cuales depende casi el 50 por ciento de la producción planetaria de alimentos. Cinco países de la región son grandes productores de fertilizantes nitrogenados generados por el gas natural: Omán, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irán, según datos del Observatorio de Complejidad Económica.
Así que una vez más se cumple aquel axioma de que «todos los caminos conducen a Roma», pues en la capital italiana está la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la cual ha destacado que los precios mundiales de los alimentos básicos aumentaron, como consecuencia inmediata y principalmente por el alza de los precios de la energía y la falta de fertilizantes. Y un informe del Fondo Monetario Internacional indica que, en estas circunstancias, «todos los caminos conducen a precios más altos y a un crecimiento más lento».
El economista jefe de la FAO, Máximo Torero, advirtió que «con altos costos de insumos y los bajos márgenes actuales, los agricultores tendrán que elegir: cultivar lo mismo con menos insumos, sembrar menos o cambiar a cultivos menos intensivos que requieren fertilizantes», lo cual afectará los rendimientos futuros, el suministro de alimentos y los precios de las materias primas para 2026 y 2027.
Ya suben los precios del trigo, el maíz y el arroz, aunque aún amortiguados por su abundante oferta mundial, pero no será así si la guerra continúa. Otros incrementos de precios, según la FAO, están en el aceite, la carne, los productos lácteos y el azúcar.
Solo en la primera semana de guerra, el precio de los fertilizantes pasó de 516 dólares por tonelada métrica a 683 en los puertos de Estados Unidos, importador de esos abonos, que ve cómo sus bombas sobre Irán han segado vidas iraníes y han destruido infraestructuras e industrias, y también EE. UU. se ha dado un tiro en el pie.
El problema más doloroso es cómo todo esto se ha traducido en hambre, agravada para los países y las personas más pobres, mientras la improductiva y destructora industria de armamentos se regodea en una abundancia que, a la larga, resultará desastrosa para la Tierra.
Fuente: Al Mayadeen/Juana Carrasco Martín