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Las recientes victorias de los candidatos progresistas en Nueva York y otros estados de los Estados Unidos parecen haber puesto nerviosa a la administración Trump, sobre todo de cara a unas elecciones de medio término que pueden ser definitorias para la segunda parte de este mandato. Los republicanos llegan golpeados por los efectos económicos de la guerra de elección contra Irán, que ha llevado a un aumento sustancial del precio de los combustibles y, con ellos, del costo de la vida en general y, a pesar de las múltiples amenazas del presidente, el descenso ha sido limitado y con escaso impacto en los precios de los productos de consumo.

En este escenario, Trump y otros miembros de su administración agitan el fantasma del comunismo contra sus enemigos políticos. Este recurso es un viejo cliché de la política norteamericana, que por un lado sirve para descaracterizar a cualquier proyecto que defienda políticas de beneficio social, aun cuando sean limitadas, y por el otro sirve para justificar los avances autoritarios en contra de individuos, movimientos políticos o derechos ciudadanos.

Este fantasma que recorre la política norteamericana también sirve para desviar la atención pública de otros preocupantes fenómenos que crecen en el seno de esta sociedad. Es el caso, por ejemplo, del extremismo violento, el cual ha crecido exponencialmente en el país en la última década. Aunque el FBI y otras agencias no designan a estos grupos como “organizaciones terroristas”, lo cual, si hacen con bastante frecuencia con organizaciones extranjeras similares, si lo registran dentro de la ambigua categoría de “extremismo violento doméstico”.

Esta categoría contiene organizaciones tan diversas como las diversas facciones del Ku Klux Klan, el Patriot Front, The Base y milicias antigobierno como los Oath Keepers y los Three Percenters. Todas ellas tienen en común una serie de “valores”: son profundamente racistas, practican diversas formas de fundamentalismo religioso violento, se nutren en su mayoría de miembros pobres del núcleo blanco anglosajón y son particularmente fuertes entre sectores de las clases trabajadoras y campesinas de los estados más pobres de Estados Unidos. Respecto al Estado tienen una relación ambivalente, por un lado son orgullosamente nacionalistas, lo cual expresan en un batiburrillo de símbolos que van desde águilas y banderas norteamericanas, hasta banderas confederadas y gorras MAGA y por el otro defienden diversos tipos de autonomía frente a lo público, sobre todo frente a la influencia reguladora y perversa del Estado y la ideología woke.

La mayoría de estos grupos están fuertemente armados, promueven y consumen una ideología violenta y se nuclean alrededor del liderazgo carismático de diversas figuras, en las cuales no pocas veces se mezclan el líder religioso y al agitador político. Estos grupos han estado vinculados a un número creciente de incidentes violentos en el país en los últimos años.

La Government Accountability Office, oficina responsable de aportar información no partidista al Congreso, señaló que las investigaciones federales sobre extremismo doméstico crecieron 357 por ciento en la última década, reflejando la expansión del fenómeno y el incremento de la atención de las autoridades. 2020 marcó un punto de inflexión en este tema. Según un estudio del Center for Strategic and International Studies (CSIS), en 2020 se registró el mayor número de complots y ataques terroristas domésticos desde que comenzó su base de datos en 1994: 110 incidentes, frente a 65 en 2019, un aumento cercano al 70 por ciento.

El mismo estudio del CSIS concluyó que el 66 por ciento de los ataques y complots de 2020 fueron perpetrados por extremistas de extrema derecha, incluidos supremacistas blancos y milicias armadas, mientras que alrededor del 23 por ciento correspondió a extremistas de extrema izquierda y un cinco por ciento a extremistas yihadistas.

El Departamento de Seguridad Nacional ha resaltado en diversos informes desde 2021 que el extremismo violento doméstico constituye una de las amenazas más persistentes para la seguridad nacional, identificando a los extremistas violentos motivados por razones raciales o étnicas, especialmente los supremacistas blancos, y a los extremistas antigubernamentales como los principales riesgos.

Entre 2021 y 2024, aunque el número anual de ataques fluctuó, la violencia política permaneció en niveles elevados. Investigaciones de Reuters identificaron más de 300 incidentes de violencia política en la etapa, incluyendo ataques contra funcionarios públicos, candidatos, sedes gubernamentales y activistas políticos.

Esta tendencia violenta, de signo fundamentalmente de derecha, se ha visto alimentada en los últimos años por el ascenso de Donald Trump y el movimiento MAGA. Esta figura política y su movimiento han capitalizado el descontento de importantes sectores de la sociedad norteamericana con el estado actual de las cosas. El resultado de su entrada en el panorama político del país ha sido una agudización de la polarización política, lo cual se refleja en las elecciones y tuvo una de sus mayores expresiones simbólicas en el asalto al Capitolio en enero de 2021 por una multitud que se negaba a aceptar los resultados presidenciales. También se ha visto alimentado por la difusión de teorías conspirativas, el papel de las redes sociales como espacio de radicalización donde se generan burbujas que reafirman los prejuicios de los individuos, el fortalecimiento de redes descentralizadas de milicias y grupos extremistas y una mayor disposición a emplear la violencia contra instituciones gubernamentales y funcionarios públicos.

Todo esto en un país donde se estima que circulan más de medio millón de armas de diverso calibre en las calles y donde la pobreza y la desigualdad han avanzado exponencialmente desde 2020. Un país donde el capital financiero y la nueva clase de magnates tecnofascistas han acumulado niveles de riqueza sin precedentes en la historia y, lo que es aún más grave, una influencia y control sin comparación sobre el aparato administrativo norteamericano. Por poner solo un ejemplo, el software de Palantir hoy controla la gestión de agencias fundamentales del gobierno federal, como Hacienda, Seguridad Nacional, la Aviación Civil o el FBI. Y ya esta nueva clase comienza hablar sin tapujos de dejar atrás la democracia y construir una especie de distopía administrada por software.

En este escenario, sobre el cual se solapan otras crisis, como la sanitaria, la laboral, la de seguridad y, de fondo, agravándolas todas, la de hegemonía, la actual administración pretende convencer a su audiencia de que el problema es “el comunismo”. Alimentar prejuicios para esconder las propias falencias y limitaciones del proyecto político de la actual administración y del proyecto imperial en su conjunto.

El término griego para felicidad era eudaimonía. Una traducción aproximada es estar en buenos términos, en paz, con nuestros demonios. Porque un individuo o una nación que no mira a la cara a sus propios demonios, difícilmente podrá lidiar con ellos. Y quien no lidie con sus propios demonios, nunca podrá ser verdaderamente feliz. Harían bien las élites imperiales en dejar de mirar al exterior y acusar a enemigos externos de todos sus problemas y, en su lugar, hacerse cargo de las tremendas contradicciones que carga un país cada vez más desgarrado.

Fuente: Al Mayadeen/José Ernesto Nováez Guerrero

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