Cartas a Sebastián
A la memoria de Trina Araujo
Ignoro en qué momento Cartas a Sebastián para que no me olvide —ese hermoso libro que Orlando Araujo (1927-1987) consagró a los jóvenes y que apareció apenas un año después de su muerte— dejó de imprimirse. Lo que sé es que no ha dejado de leerse, y menos aún ha perdido la urgencia con que fue concebido.
Yo conservo la edición de 1993 (Presidencia de la República y Monte Ávila Editores), un regalo que recibí cuando aún me sobraba necedad como para comprender su importancia. Y, sin embargo, ya entonces era imposible no advertir la belleza contenida en el gesto de un padre que elige cuidadosamente las palabras que pondrá en el oído de su hijo para que jamás, frente a ninguna oscuridad, le falten certezas.
Sigo deteniéndome, de hecho, en el título con el que Orlando Araujo lo dijo todo. Sebastián —el personaje y destinatario de las cartas— es el nombre real de su hijo menor, pero también lo es de su propio padre, don Sebastián Araujo. Entre ellos se despliega la arquitectura secreta del libro: un padre escribe hacia el porvenir mientras recuerda el origen del que él mismo procede. Así su palabra avanza hacia el hijo, pero la memoria regresa hacia el padre.
Los nombres son, quizás, la forma más humilde de la inmortalidad. Pasan de una voz a otra, de un cuerpo a otro, de un tiempo a otro, como una herencia que nos acoge, y nos recuerda que nadie comienza consigo mismo. Ese círculo que se abre entre dos nombres tiene, a mi parecer, la función dramática de mostrarnos el rostro de la protagonista: la memoria. Pero no la memoria entendida como culto doméstico o vanidad de linaje. Orlando Araujo habla de un tema mayor, de una amenaza que nos asecha a todos: la iniquidad del olvido.
Carta tras carta, se amplía el horizonte y la posibilidad de un destino. Junto a Sebastián, el lector debe reconocer quién fue su padre, quién fue su madre, quiénes sus abuelos, dónde está su país, qué es un amigo, cómo se llama cada árbol. Palabras que trascienden el fuero íntimo y nos hacen responsables de un patrimonio y una identidad colectiva. Quizás por eso Orlando Araujo eligió, entre todos los géneros, la forma epistolar: sabía que con el tiempo toda carta termina dirigiéndose a un único destinatario, la humanidad. Porque fueron escritas para dar el mismo testimonio: todos, sin excepción, hemos sido recibidos y amados por alguien. Sebastián podrá dudar de todo menos de esa verdad. Nuestro cuerpo fue cuidado antes de que pudiéramos sostenerlo por nosotros mismos, y al final de nuestros días no será diferente. En ese primer vínculo conocimos la confianza y la discrepancia, la autoridad y el afecto, la gratitud y la decepción. Cada carta cumple un objetivo: mostrar la diferencia que hay entre lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, porque nuestro autor sabe que sólo el conocimiento elige y funda una verdadera vida. Por eso se esfuerza en enseñarle a Sebastián lo esencial y lo esencial, para él, es recordar. Le habla de su abuela, omnipresente en su pobreza y su dignidad. De Trina, la madre que es la encarnación de una ética del amor. Le cuenta del caballo blanco de Bolívar, y la historia patria se vuelve una estampa familiar. Pero también, sin disfraz ni rodeo, le habla de los distintos nombres de la muerte, porque Orlando Araujo sabe que la infancia protegida con mentiras es infancia desarmada.
Allí reside una de las mayores valentías del libro: prepara al hijo para reconocer el mal cuando inevitablemente salga a su encuentro. Ese es el legado que Orlando Araujo deja a la legión de Sebastianes que, bajo el influjo silencioso de estas cartas, nos hicimos adultos y hoy se las leemos a nuestros hijos como quien dicta su propia doctrina. Sé que Cartas a Sebastián para que no me olvide ocupa un lugar privilegiado en la biblioteca de los venezolanos. Yo lo tengo a mano siempre, junto a Ética para Amador, de Fernando Savater; al lado de La carretera, de Cormac McCarthy; cerca de La educación de los hijos, de Plutarco; y siempre en yunta con ¡Canta, pirulero!, de Manuel Felipe Rugeles, es decir, en el rincón de los libros de virtudes indispensables. Porque, al final, Orlando Araujo nos está explicando el origen de la literatura. Quizá empezó así, cuando alguien, sabiendo que un día ya no estaría, confió en que la palabra seguiría acompañando a otros. Un libro no vence a la muerte, de acuerdo, pero hace algo mejor: impide que aquello que amamos desaparezca por completo.
Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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