Nuestra América mira a Brasil con más incertidumbre que certezas
El 4 de octubre, más de 158 millones de brasileñas y brasileños acudirán a las urnas para elegir presidente, renovar el Congreso y reconfigurar los gobiernos estatales.
Estos comicios podrían definir si se detiene o no el avance de la extrema derecha en el continente; un avance jalonado de injerencias abiertas del imperialismo y sus cómplices regionales, con sofisticados métodos de manipulación de masas, y fraudes digitales con tecnología de punta.
Lo que suceda en la mayor economía regional no es solo un asunto doméstico. El dilema va mucho más allá de la continuidad o ruptura a nivel local. En un escenario profundamente polarizado entre el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores), y el senador Flávio Bolsonaro (Partido Liberal), hijo del expresidente Jair Bolsonaro, el resultado consolidará un profundo cambio político en la región o mantendrá con vida el menguante bloque regional del llamado progresismo.
Regreso al punto de partida
El ascenso de los neofascistas y extremistas de derecha a los Poderes Ejecutivos de América Latina y el Caribe, comenzó justamente en Brasil, con la llegada del “Patriarca”, Jair Bolsonaro, el 1 de enero de 2019, tras ganar las elecciones presidenciales de octubre de 2018. Se adelantaba por pocos meses a la llegada de otro extremista, el salvadoreño Nayib Bukele, el 1 de junio de ese mismo año.
En Norteamérica, Donald Trump fue el pionero de la saga, al llegar a la Casa Blanca en enero de 2017, con un discurso disruptivo, racista, radical y supremacista, haciendo gala de un injerencismo descarado, y de una inusual carga de violencia verbal. Su administración era la prueba de que el consenso resultaba inútil para sostener el modelo de dominación; la coerción y el militarismo iniciaban el relevo para conservar el poder hegemónico imperial y la supremacía de las clases propietarias en el continente.
Superado el escollo que representaba Colombia, la derecha extremista continental busca avanzar en su objetivo de control hemisférico. Así, la soberanía regional aparece cada vez más comprometida frente a Estados Unidos, embarcado en una política de despojo y redespliegue neocolonial.
El resultado electoral podría potencialmente afectar la continuidad de Brasil en bloques de cooperación internacional como los BRICS, redefinir en cierto grado las relaciones comerciales con China, así como la posibilidad de una nueva ofensiva del sionismo, en una región ya saturada de acciones expansionistas de esa corriente genocida.
Lo que está en juego para América Latina
Tras un periodo marcado por el avance de fuerzas conservadoras y de extrema derecha en varios países de Sudamérica, como en Argentina con Javier Milei, Chile, con Kast, Bolivia con Rodrigo Paz, Ecuador Con Noboa y más recientemente en Colombia con Abelardo de la Espriella, y en Perú con Keiko Fujimori, Brasil representa la plaza inmediatamente más codiciada. Una victoria opositora terminaría por inclinar de forma decisiva la balanza hemisférica hacia la derecha, dejando a gobiernos como el de Claudia Sheinbaum, en México en una posición de peligroso aislamiento ante las ínfulas expansionistas del trumpismo.
Otro de los ejes a considerar como parte de lo que está en juego este próximo octubre, tiene que ver con el liderazgo en la gobernanza ambiental. Bajo el mandato de Lula, Brasilia ha retomado la bandera de la protección de la Amazonía. El resultado electoral definirá si la región continúa impulsando políticas climáticas globales, o si el país regresa a la agenda agroindustrial intensiva y escéptica del cambio climático que caracteriza al bolsonarismo.
También aquí se expresará la contradicción entre los intereses del latifundio y el agronegocio frente a las demandas campesinas por Reforma Agraria Popular, la producción agroecológica de alimentos, el desarrollo sustentable, y la soberanía alimentaria. Además, Brasil concentra la segunda reserva mundial de tierras raras y minerales estratégicos (21 a 23 millones de toneladas de óxidos equivalentes), después de China, lo que hace del país un objetivo central para los depredadores de Washington.
En cuanto a la integración latinoamericana y los bloques multilaterales, la continuidad de Lula podría favorecer la apuesta por el fortalecimiento del Mercosur, la CELAC y la proyección regional en los BRICS. Una ruptura liderada por Bolsonaro modificaría radicalmente el eje de alianzas estratégicas, alineando estrechamente la política exterior brasileña con los sectores conservadores de Estados Unidos.

Continuidad o ruptura
Con un virtual empate técnico -40% de voto duro para Lula y 37% para Flavio Bolsonaro-, la definición en segunda vuelta podría depender del 3% a 6% de indecisos.
Según los últimos análisis realizados desde el campo popular, se puede identificar al sector de personas indecisas como mayoritariamente compuesto por mujeres trabajadoras, muchas de ellas madres solteras, de la periferia de las grandes urbes.
Presionado desde la derecha por los sectores del gran capital financiero especulativo, el capital rentista, que ha ganado mucho durante los gobiernos petistas, Lula les sigue haciendo concesiones y promesas, mientras enfrenta a una pequeña burguesía reaccionaria que, en su mayoría, parece apoyar con entusiasmo a Bolsonaro y sus propuestas de reducción del gasto social.
Ante clases trabajadoras precarizadas, con la mitad de la fuerza laboral en la informalidad, y programas sociales aún insuficientes para revertir rezagos e injusticias históricas, el desaliento de esos sectores, que en su momento fueron el motor del impulso petista, exige hoy ir a su reconquista.
En esas circunstancias, aquel sector de mujeres trabajadoras e indecisas será, seguramente, objetivo para ambos partidos en la recta final. Aquí el factor de concientización, de diálogo e intercambio para convencer y persuadir, elevando los niveles de consciencia política, es esencial; esta realidad exige superar el relato simplista de ruptura versus continuidad, o de pedir apoyo sin argumentos.
La falacia “sentipensante”
Expertos en campañas electorales a lo largo de los últimos años nos han «vendido«, de norte a sur del continente, que la gente “vota con el hígado o con el corazón”, pero rara vez “con la cabeza”. Que las emociones superan al razonamiento a la hora de votar.
Dirigentes políticos y educadores populares «compraron» esos argumentos casi sin discusión, sin observar que los generaron estrategas habituados a diseñar campañas para candidatos de derecha.
Con esa lógica, envuelta en terminología asociada a la neurociencia y al neuromarketing, las campañas de la izquierda fueron perdiendo su fuerza de convencimiento (sus argumentos, que es donde reside su fortaleza) en la medida que apelaban cada vez más a lo que la derecha recurre (por falta de argumentos, precisamente), es decir a lo emocional, a la dicotomía amor-odio, bueno-malo, etc.
Vale la pena subrayar que fue con esos argumentos de campaña que la izquierda comenzó a retroceder, país a país, en cada evento electoral. Hoy no se trata de abandonar las redes ni negar los sentimientos, pero lo digital no puede sustituir el contacto directo y permanente con la gente. Nos lo enseñó también el reciente caso Cerimedo. La parte emocional, no racional, que nos venden como infalible, no podrá jamás vencer al diálogo directo, que convenza y estimule la lucha por lograr objetivos de superación colectiva, y que apela a la solución de los problemas concretos.
Es lo que el movimiento popular está subrayando en Brasil; aquel sector “indeciso” debe ser conquistado para apoyar los intereses populares y no los de una derecha elitista que, como ha demostrado en cada triunfo, solo utiliza el voto popular para asegurar negocios para sus socios, explotar el medio ambiente y los recursos en su favor, y que no se preocupa por las mentiras que esgrime en cada campaña. La izquierda no es igual, pero debe demostrarlo en los hechos, diferenciarse para frenar, por fin, el avance de la ultraderecha.
Mientras Lula plantea la continuidad de políticas que apuntan a mayores niveles de justicia social, la derecha conservadora avanza con retórica de mano dura como el plan Brasil sem Medo, inspirado en el modelo punitivo salvadoreño.
En materia económica, el enfoque preventivo y social, coordinado con estructuras estatales tradicionales, esgrimido por la izquierda, se enfrenta a las intenciones de ajuste fiscal estricto del bolsonarismo, favoreciendo el agronegocio, las privatizaciones y la sustitución de subsidios por programas de empleo.
En el terreno internacional, frente a la multipolaridad programática de Lula, con diálogos con el Sur Global, desde el sur con el sur, y la defensa de la agenda climática global, Bolsonaro y el partido Liberal plantean ejes prioritarios de alianza con el movimiento conservador internacional, su relación estrecha con MAGA y el trumpismo, de quien además recibe los mayores apoyos, junto a su vecino argentino, Javier Milei.
Mientras Lula conserva su núcleo de apoyo histórico en el noreste del país, entre mujeres y sectores populares, Bolsonaro capitaliza el descontento económico y la preocupación por la seguridad en el sur, sureste y el sector evangélico.
Si el clan Bolsonaro retorna al Planalto, se elevarían a diez los regímenes neofascistas o de ultraderecha en América Latina; el Cono Sur —excepto Uruguay— caería bajo la tutela de Trump y sumarían 19 los Gobiernos incorporados al Escudo de las Américas, instrumento de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Lecciones colombianas
Hace apenas unos meses Colombia fue escenario de batallas similares a las que se desarrollan hoy en Brasil. También allí se sumaron fuertes ofensivas y maniobras de la derecha, incluyendo la injerencia abierta desde la presidencia de EEUU, contra un gobierno y un Pacto Histórico que vacilaba entre la radicalización de su mensaje y un excesivo optimismo, sin sustento material que diera la razón a quienes diseñaron una campaña que daba por sentado el triunfo, sin atenuantes, en primera vuelta.
Ese diseño resultó fatal para el bando popular porque, lejos de promover el voto lo desalentó, al diluir el sentido de urgencia, de importancia determinante de cada voto.
Colombia nos enseña que el triunfalismo solo es válido si sirve para movilizar y potenciar el voto masivo, pero si desmoviliza al trasladar una sensación de falsa seguridad al campo popular, el efecto puede ser desastroso.
La idea de que la reelección de Lula en primera vuelta estaba asegurada pareció instalada desde el inicio en el diseño de campaña. Un error que, como en el caso de Colombia, podría costar caro. En los últimos diez días, la ventaja relativa de Lula se evaporó, y el riesgo de una derrota se convirtió en un peligro real.
Si el triunfalismo ingenuo es una postura equivocada, también lo es el derrotismo. La contienda sigue abierta y el resto de América mira a Brasil aún sin certezas. Pero si un país observa expectante y con atención los acontecimientos, ese es México.
Sometido a incesantes presiones desde el trumpismo, la continuidad de Lula mantendría la sensación de bloque que puede unir fuerzas frente al Norte. Al fin y al cabo, se trata de las dos mayores economías de la región con indiscutible peso en el mundo. La consolidación del neofascismo en Brasil dejaría al gobierno Sheinbaum en la difícil situación de poner límites a Washington desde la soledad. No sería la primera vez ni el único caso, y para ejemplo vale Cuba, que lo ha venido haciendo por décadas.
Fuente: PIA Global/Raúl Llarull

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