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La crisis que sacude a Irán desde final de 2025 no es el levantamiento espontáneo que los medios occidentales quieren vender.

Es una nueva batalla de una guerra continuada que Estados Unidos e Israel libran contra la República Islámica desde hace 46 años, ahora bajo nuevas formas pero con los objetivos permanentes de derrocar un gobierno que se niega a subordinarse, destruir un modelo de independencia que desafía la hegemonía imperial, y reconfigurar el mapa geopolítico de Asia Occidental eliminando el obstáculo más serio a la dominación total de la región.

Lo que presenciamos es una operación de “revolución de colores” en su versión más descarnada podríamos hablar de “revolución negra”. Células terroristas activadas, fake news fabricadas desde Tel Aviv y Washington, un hijo de dictador exiliado presentado como alternativa democrática, y la explotación calculada del sufrimiento económico provocado.

La debacle económica que golpea a Irán no cayó del cielo, sino que es el producto de décadas de sanciones sistemáticas, intensificadas brutalmente tras la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear en 2018 y agravadas con la reactivación reciente del mecanismo de snapback en septiembre de 2025. El rial irani colapsó hasta 1.5 millones por dólar, la inflación superó el 50%, y los precios de alimentos básicos se duplicaron de la noche a la mañana.

Washington y sus aliados europeos diseñaron este estrangulamiento con precisión quirúrgica; cortar las exportaciones petroleras, bloquear el acceso al sistema financiero global, penalizar a cualquier país que comercie con Teherán. El objetivo nunca fue “presionar al régimen para que negocie”, como repiten cínicamente los portavoces occidentales. El objetivo simple y llanamente siempre fue hacer sufrir a la población civil hasta quebrar su resistencia, generar el caos social necesario para justificar una intervención exterior, y presentar el colapso provocado como prueba del fracaso del modelo iraní.

Si el derecho internacional existiera, esto sería tipificado como castigo colectivo, expresamente prohibido por las convenciones de Ginebra.

La guerra de 12 días, cuando Israel y Estados Unidos bombardearon infraestructura nuclear, energética, civil e industrial iraní, completó el cuadro. Destruir y luego impedir la reconstrucción mediante sanciones. Se aplicó en Irak durante los años 90, matando a medio millón de niños. Ahora se replica en Irán con la misma frialdad.

La revolución negra

El manual de las revoluciones de colores (Sharp) que Occidente aplicó en Yugoslavia, Georgia, Ucrania, el Magreb, e intentó en decenas de países más, tiene pasos bien definidos: primero, identificar o fabricar un agravio legítimo de la población. Segundo, infiltrar y financiar grupos opositores a través de ONGs, fundaciones y canales encubiertos. Tercero, entrenar células activistas en tácticas de movilización, comunicación y resistencia no violenta. Cuarto, coordinar una campaña mediática internacional que amplifique cada protesta, magnifique cada incidente, y construya la narrativa del “régimen al borde del colapso”. Quinto, presentar una alternativa prefabricada, generalmente un títere viviendo en el exilio occidental.

En Irán, cada uno de estos elementos está presente con claridad meridiana, salvo la no violencia que aquí, como ya sucedió en las guarimbas venezolanas, se aplicó la criminalidad caotizadora urbana.

Las protestas comenzaron el 28 de diciembre con comerciantes del Gran Bazar de Teherán cerrando sus negocios por la crisis monetaria, siendo estas demandas económicas legítimas que el propio gobierno reconoció. Los comerciantes del Bazar no son elementos naturalmente contrarrevolucionarios ni mucho menos, son altamente politizados, muy distantes de los sectores medios reaccionarios latinoamericanos.

En cuestión de horas, elementos organizados comenzaron a transformar las manifestaciones en disturbios violentos con ataques con armas de fuego contra fuerzas de seguridad, quema de mezquitas, destrucción de símbolos nacionales, linchamientos públicos de miembros de los Basij y la proliferación de consignas antirrevolucionarias. Hubo situaciones donde los propios comerciantes aislaron a los agitadores de estas consignas para preservar la paz social.

Según la agencia oficial Tasnim, se identificaron células operativas equipadas con armamento de fabricación estadounidense, granadas y cócteles molotov. No estamos hablando de manifestantes espontáneos con pancartas de One Piece. Estamos hablando de grupos paramilitares desplegados con objetivos específicos teniendo un planeamiento integral.

El caso de la niña Melina, de tres años, asesinada en Kermanshah, es emblemático, en un primer momento los medios occidentales lo presentaron como víctima de las fuerzas de seguridad. Investigaciones posteriores mostraron de manera cabal que fue asesinada por francotiradores escondidos entre los manifestantes. Lo mismo ocurrió con la enfermera quemada viva en Karaj cuando alborotadores incendiaron su clínica. Estas no son “protestas por el costo de vida” sino claramente actos de terrorismo puro y duro.

Reza Pahlavi el títere de un manco

La figura de Reza Pahlavi, hijo del último Sha de Irán, es quizás el elemento más grotesco de toda la operación, viviendo en Maryland desde 1979, este personaje sin base social real en Irán, que jamás completó sus estudios universitarios y cuyo currículum político se reduce a reuniones con funcionarios israelíes y estadounidenses, ha sido presentado por algunos lobbys y medios occidentales, no con desinterés, como “líder de la oposición iraní”.

Su viaje a Israel en abril de 2023, donde se reunió con Netanyahu y con el presidente Isaac Herzog, y rezó en el Muro de las Lamentaciones por “el día en que iraníes e israelíes puedan renovar su amistad histórica”, dejó en claro de qué lado está. Mientras Israel masacraba palestinos en Gaza, Pahlavi justificaba públicamente la agresión. Su esposa Yasmine se fotografió en Washington ondeando banderas israelíes y del régimen del Sha. Cuando Israel lanzó la guerra de 12 días contra Irán matando a más de mil ciudadanos, Pahlavi guardó silencio.

Ahora, con las protestas de diciembre-enero, Pahlavi llamó abiertamente a “tomar las calles”, “apoderarse de instituciones” y prepararse para su “retorno triunfal a la patria”. El timing no es ni casualidad ni un capricho. Días antes, el periódico sionista Haaretz había revelado que los servicios de inteligencia israelíes están operando una campaña masiva en redes sociales usando cuentas falsas y contenido generado por inteligencia artificial para promocionar a Pahlavi y la restauración monárquica.

El Mossad emitió un comunicado sin precedentes durante las protestas: “Estamos con ustedes. No solo desde la distancia y verbalmente. Estamos con ustedes en el terreno”. Mike Pompeo, ex director de la CIA y secretario de Estado, escribió en redes: “Feliz Año Nuevo a cada iraní en las calles. También a cada agente del Mossad caminando a su lado”

Escrito del Mossad: “Estamos con ustedes. No solo desde la distancia y verbalmente. Estamos con ustedes en el terreno”

Ya no hay operaciones encubiertas. El problema para ellos es que Pahlavi no tiene legitimidad dentro de Irán. Su padre, Mohammad Reza Pahlavi, era un dictador brutal instalado y sostenido por Estados Unidos y Reino Unido tras el golpe de 1953 contra el primer ministro democráticamente electo Mohammad Mossadegh. Su policía secreta SAVAK, creada y entrenada por la CIA y el Mossad, torturó y asesinó a miles de disidentes. Ese régimen cayó en 1979 no por un complot externo sino porque millones de iraníes de todas las clases sociales y corrientes políticas se hartaron de vivir bajo una monarquía corrupta y subordinada a intereses extranjeros.

Pretender que los iraníes van a cambiar la República Islámica por el hijo de ese dictador es, literalmente, un insulto a su inteligencia y a su memoria histórica. Es probable que lo utilicen como hicieron con Guaidò y Corina Machado en Venezuela, fusibles que no desgasten el cambio hasta no dar por ganada la batalla.

La ofensiva en múltiples frentes

La desestabilización de Irán en enero de 2026 no se limita a protestas urbanas sino que es una operación coordinada en múltiples frentes diseñada para dispersar las fuerzas de seguridad iraníes y crear la sensación de colapso inminente.

En las provincias occidentales de mayoría kurda, grupos como Komala (autodenominado Partido Comunista de Kurdistán Iraní) y PJAK (Partido por una Vida Libre en Kurdistán) intensificaron sus actividades insurgentes. Estas organizaciones, que operan desde bases en el Kurdistán iraquí y mantienen vínculos documentados con servicios de inteligencia occidentales, lanzaron incursiones armadas y ataques contra fuerzas de seguridad. El objetivo es abrir un frente étnico-separatista que fuerce a Teherán a dividir su atención y recursos. La Guardia Revolucionaria se enfrentó en el terreno a efectivos militares de estas formaciones aniquilando su capacidad operativa y expulsándolos del territorio.

Documentos públicos del Departamento de Justicia de Estados Unidos, disponibles bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros, muestran que Komala contrató en 2019 a la firma de lobby estadounidense “AF International” para gestionar sus relaciones con el Congreso y el Departamento de Estado. No son “luchadores por la libertad kurda”. Son activos de Washington operando contra la integridad territorial de Irán.

En Sistán y Baluchistán, provincia sureste fronteriza con Pakistán, la Fuerza Terrestre de la Guardia Revolucionaria desmanteló varios equipos de militantes afiliados a Israel que se habían infiltrado con armamento de grado militar fabricado en Estados Unidos. Se incautaron pistolas, rifles, y municiones, destinadas a ser distribuidas entre contrarrevolucionarios en las ciudades.

La coordinación es evidente y da a entender que la estrategia se basa en la distracción mientras células urbanas generan caos en Teherán, Isfahan y otras ciudades principales, estos grupos armados atacan y azuzan en las periferias étnicas, y todo ello amplificado por una campaña mediática global que presenta cada incidente como prueba del “levantamiento popular contra la tiranía”.

La guerra de la información y las fake news

Quizás el frente más efectivo de esta guerra híbrida es el informativo. Los medios occidentales, junto con plataformas como BBC Persian (financiada por el gobierno británico), Iran International (con fondos de elites saudíes), Sky y News Arabia (fondos sionistas emiratíes) y redes de cuentas en X y Telegram operadas desde Israel y Estados Unidos, han fabricado una realidad paralela sobre lo que ocurre en Irán.

Las cifras de muertos fluctúan salvajemente sin ninguna verificación ni el menor sentido real de los acontecimientos en el lugar de los hechos. Activistas exiliados hablan de “12,000 a 20,000 muertos”, cifras que repetidas acríticamente por medios como CBS News. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que históricamente han servido como herramientas de presión geopolítica occidental, emiten condenas basadas en “informes creíbles” que nunca especifican fuentes, nombres de víctimas o evidencia forense verificable.

El sitio de investigación The Grayzone documentó cómo cifras infladas provienen de personalidades como Laura Loomer, una supremacista sionista cercana a Trump, citando supuestas “fuentes de inteligencia” sin presentar prueba alguna. Polymarket, un sitio de apuestas en línea, se convirtió en “fuente” para medios que reportan probabilidades de colapso del régimen como si fueran análisis geopolíticos serios y se trata de cotizar apuestas.

Videos se viralizan mostrando escenas de violencia que resultan ser de otros países o de protestas anteriores. Imágenes manipuladas digitalmente presentan multitudes inexistentes.

Press TV, Hispan TV y medios afines iraníes han denunciado sistemáticamente estas operaciones de desinformación, mostrando evidencia de cuentas coordinadas, patrones de difusión artificial, y financiamiento rastreable a ONGs estadounidenses. Pero sus denuncias son ignoradas o descartadas como “propaganda del régimen”, mientras las fabricaciones occidentales se presentan como “periodismo independiente”. Qué elija leer y creer cada cual hablará de su propia honestidad intelectual.

Trump, Netanyahu y la amenaza de intervención militar

Trump se reunió con Netanyahu en Florida días antes de la escalada de violencia en Irán. Según reportes de medios como Wall Street Journal, el tema central no fue Gaza ni Líbano sino Irán y específicamente, la posibilidad de renovar ataques contra instalaciones nucleares y de misiles iraníes.

La retórica de Trump combina amenazas militares directas con sanciones adicionales, anunció una nueva ola de aranceles del 25% a cualquier país que comercie con Irán, golpeando directamente a India, Turquía y China. Canceló todas las reuniones con funcionarios iraníes “hasta que cese el asesinato sin sentido de manifestantes”, y luego incitó en redes sociales: “¡Patriotas iraníes, SIGAN PROTESTANDO – TOMEN CONTROL DE SUS INSTITUCIONES!”

Este es el presidente de Estados Unidos, supuestamente comprometido con el no-intervencionismo según su retórica de campaña, llamando abiertamente al derrocamiento violento de un gobierno extranjero días después de secuestrar un presidente con una operación militar que incluyó bombardeos a infraestructura civil. La hipocresía sería cómica si no fuera trágica.

Netanyahu, por su parte, ha instruido a su gabinete a “permanecer en silencio” para “no interferir”, según filtraciones a CNN. La realidad es que Israel prefiere dejar que Washington tome el liderazgo público mientras el Mossad opera en las sombras. Funcionarios israelíes admitieron privadamente que los planes de nuevos ataques contra Irán están “en suspenso” mientras observan si las protestas logran debilitar suficientemente al gobierno.

La neutralización de Starlink y la fortaleza del Sur global

La República Islámica no está sola enfrentando esta embestida, lo que da a entender la profundización de alianzas con Rusia y China que ha pasado de lo retórico a lo operativo, y esto marca una diferencia crucial respecto a intentos anteriores de desestabilización. El caso más espectacular de esta cooperación ha sido la neutralización masiva de Starlink durante las recientes protestas, una operación que ha sacudido los cimientos de la guerra informática moderna y que constituye un punto de inflexión en la confrontación tecnológica global.

Starlink, el sistema de internet satelital de Elon Musk con más de 10.000 satélites en órbita baja, fue la apuesta de Occidente para darle a los manifestantes y espías en Irán un canal de comunicación supuestamente “imposible de bloquear”. Durante las protestas de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, y especialmente durante la guerra de 12 días, decenas de miles de receptores Starlink fueron introducidos clandestinamente a Irán. Se estima que entre 40.000 y 50.000 unidades operaban en el país a finales de 2025, permitiendo a células desestabilizadoras coordinar acciones, transmitir videos, y mantener comunicación con centros de comando externos incluso cuando el gobierno cortaba internet doméstica.

La narrativa occidental presentaba a Starlink como invulnerable, los satélites de órbita baja se mueven constantemente, cambian frecuencias, y saltan de un enlace a otro en segundos. Los métodos tradicionales de bloqueo desde tierra eran inefectivos. Rusia lo había intentado en Ucrania con éxito limitado, porque SpaceX actualizaba software y reconfiguraba la constelación más rápido de lo que Moscú podía adaptar sus sistemas de interferencia.

Pero lo que ocurrió en Irán a partir del jueves 8 de enero de 2026 fue cualitativamente diferente. En cuestión de horas, aproximadamente el 80% del tráfico de Starlink en territorio iraní colapsó. La pérdida de paquetes de datos alcanzó el 30% inicialmente, luego saltó al 80% en áreas clave como Teherán, Isfahan y Tabriz. Los terminales Starlink simplemente dejaron de funcionar.

Lo que derrotó a Starlink no fue un simple corte de internet ni interferencia GPS básica. Fue la aplicación de un “manual” desarrollado por investigadores chinos específicamente para este propósito, combinado con hardware de guerra electrónica de grado militar suministrado por Rusia.

Dos meses antes de las protestas iraníes, un equipo de investigadores de la Universidad de Zhejiang y el Instituto de Tecnología de Beijing publicó un estudio revolucionario en la revista Systems Engineering and Electronics titulado “Simulation research of distributed jammers against mega-constellation downlink communication transmissions” (Investigación de simulación de interferencia distribuida contra transmisiones de comunicación descendente de mega-constelaciones).

El estudio no era académico abstracto, sino era un manual operativo diseñado para responder a una pregunta estratégica urgente del Ejército Popular de Liberación: ¿cómo neutralizar Starlink sobre Taiwan en caso de invasión?

La solución china es brillante en su simplicidad brutal, no se trata de intentar perseguir satélites individuales, sino crear una “cúpula electromagnética” que cubra todo el territorio objetivo desde el aire. La simulación demostró que desplegando aproximadamente 935 plataformas de interferencia aérea sincronizadas (drones, globos o aeronaves) volando a 20 kilómetros de altura y espaciadas cada 7 kilómetros, se podía inundar la banda de frecuencia Ku que Starlink utiliza con ruido suficiente para inutilizar los receptores en tierra.

El estudio chino modeló dinámicamente la geometría cambiante de la constelación Starlink durante 12 horas sobre el este de China, simuló la fuerza de señal descendente de los satélites, los patrones de recepción de los terminales de usuario, la propagación de interferencia tierra-cielo y cielo-tierra, y el efecto acumulativo de múltiples interferidores golpeando el mismo terminal desde diferentes ángulos.

Dos meses después de publicarse este estudio, Irán lo implementó operativamente.

La operación contra Starlink en Irán muestra una división del trabajo perfectamente coordinada entre los tres socios del eje. China proporcionó el marco conceptual y la metodología táctica desarrollada específicamente para este propósito. Rusia suministró el hardware de guerra electrónica de grado militar: sistemas como el Murmansk-BN (capaz de interferir comunicaciones satelitales a 5,000 kilómetros de distancia) y el Krasukha-4 (diseñado para cegar satélites de reconocimiento). Irán sirvió como campo de pruebas donde validar en condiciones reales de combate urbano la efectividad de esta cooperación tecnológica.

El bloqueo funcionó por la combinación de varios factores técnicos. Primero, Irán intensificó desde junio de 2025 la interferencia de señales GPS tras la guerra con Israel, buscando dificultar operaciones de drones enemigos. Los receptores Starlink dependen de GPS para posicionarse y conectar con la constelación de satélites. Al degradar GPS simultáneamente con el bloqueo de frecuencias Ku, se creó un efecto multiplicador.

Segundo, las autoridades iraníes desplegaron interferidores móviles distribuidos geográficamente, no concentrados en puntos fijos que SpaceX pudiera identificar y contra los cuales pudiera actualizar software. Esta fue la lección aprendida del fracaso relativo ruso en Ucrania en donde la guerra electrónica moderna requiere movilidad y dispersión.

La operación de defensa iraní demuestra que el presunto monopolio occidental en tecnologías satelitales avanzadas es vulnerable. El mito de Starlink como plataforma “unjammable” se ha desmoronado.

La cooperación en la neutralización de Starlink es solo el aspecto más visible de una alianza estratégica profunda. El intercambio de inteligencia entre Irán, Rusia y China se ha intensificado en todos los niveles.

El laboratorio iraní, la gran derrota de occidente

Irán se ha convertido involuntariamente en un laboratorio donde se están probando y refinando las herramientas de la guerra híbrida del siglo XXI. Cada intento occidental de desestabilización genera aprendizajes que se comparten entre los miembros del eje multipolar.

La neutralización de Starlink no es un fin en sí mismo sino que es parte de una estrategia más amplia de desarrollar capacidades para resistir la guerra informática total que Occidente ha perfeccionado como alternativa a las intervenciones militares directas. Si puedes controlar la narrativa, bloquear las comunicaciones del adversario, y mantener a tu población informada según tu versión de los hechos, ganas la guerra sin disparar un tiro.

Por eso el éxito iraní en enero de 2026 ha causado tal alarma en Washington y Tel Aviv. No se trata solo de que las protestas no lograron derrocar al gobierno, sino que se demostró que herramientas que se consideraban cruciales para operaciones de cambio de régimen pueden ser neutralizadas cuando el Estado objetivo tiene aliados dispuestos a compartir capacidades tecnológicas avanzadas.

Mientras tanto, el manual chino se está distribuyendo, Corea del Norte por su parte ya expresó interés en adquirir estas capacidades. Venezuela, Nicaragua, Cuba, podrían seguir. Cada país que enfrenta amenazas de desestabilización occidental ahora tiene acceso a la metodología probada para neutralizar una de las herramientas más poderosas del arsenal imperial de cambio de régimen.

Esta es la esencia del aprendizaje compartido dentro del eje multipolar y del Sur global, cada victoria defensiva de un miembro fortalece a todos los demás, cada táctica de desestabilización occidental que se neutraliza con éxito se convierte en conocimiento transferible. Irán sirve como laboratorio porque está en la primera línea del conflicto, pero las lecciones se aplican universalmente.

Lo que hace particularmente devastadora esta derrota tecnológica para Occidente es que Starlink era la respuesta a un problema estratégico que ellos mismos crearon. Necesitaban una forma de garantizar que células opositoras en países objetivo mantuvieran comunicaciones seguras fuera del control de gobiernos hostiles. Internet tradicional puede ser cortado. Redes móviles pueden ser monitoreadas. Pero satélites en órbita baja, constantemente en movimiento, eran supuestamente la solución definitiva.

Resultó que no lo eran y la euforia inicial ha quedado por los mismos ya que ahora la vulnerabilidad se ha expuesto públicamente en Irán, lo que significa que esto será explotado en cada conflicto futuro. El gato salió de la bolsa y no hay forma de meterlo de vuelta.

La respuesta del Estado iraní. De la contención a la firmeza

La gestión gubernamental de la crisis ha mostrado una evolución táctica notable, en la cual podemos observar que la respuesta inicial fue de contención, reconocimiento público de los problemas económicos, llamados al diálogo, reuniones con comerciantes afectados. El presidente Pezeshkian admitió errores en la gestión económica, prometió reformas estructurales, y reconoció el derecho constitucional a la protesta pacífica.

El nombramiento de Abdolnaser Hemmati como nuevo gobernador del Banco Central fue presentado como gesto de cambio. Pezeshkian enfatizó que “estamos en guerra total con Israel, Europa y Estados Unidos” y que “si no resolvemos el tema de las condiciones de vida del pueblo, terminaremos en el infierno”.

Esta apertura inicial buscaba canalizar el descontento hacia reformas controladas y evitar una confrontación que pudiera ser explotada internacionalmente. Pero cuando quedó claro que elementos organizados estaban secuestrando las protestas legítimas para objetivos insurreccionales, el enfoque cambió. No hay manera que aun con gobiernos titubeantes la revolución dude. Eso lo garantiza el sistema constitucional de la república islámica.

El Líder Supremo Ayatolá Ali Jamenei trazó la línea roja; “dialogamos con los manifestantes, pero los alborotadores deben ser puestos en su lugar”. El CGRI (Cuerpo de los guardianes de la Revolucion) provincial de Lorestán declaró que “el período de tolerancia ha terminado”, comprometiéndose a actuar “sin clemencia” contra “alborotadores, organizadores y líderes de movimientos antiseguridad”.

Las fuerzas de seguridad comenzaron detenciones masivas de líderes identificados de los disturbios, se desmantelaron células terroristas. Se recuperaron arsenales de armas y crucialmente se estableció una distinción clara entre manifestantes legítimos con quejas económicas y elementos violentos con agenda de cambio de régimen.

El fiscal general advirtió que actos de vandalismo contra propiedad pública serían considerados “moharebeh” (guerra contra Dios), delito capital. Esta dureza, aunque criticada por organizaciones occidentales, responde a una realidad que es que Irán enfrenta una operación de desestabilización coordinada internacionalmente que amenaza su existencia como Estado soberano.

El progresismo timorato que aún está perplejo con el secuestro de un presidente se pregunta en editoriales intencionadamente visibilizadas ¿cómo distinguir entre protesta legítima y operación de desestabilización sin caer en represión indiscriminada que confirme la narrativa occidental? No hay respuestas fáciles cuando el enemigo precisamente busca provocar una represión que luego pueda ser filmada y usada como justificación para intervención. Pero tirar molotov contra un portal de una mezquita donde se ve que se refugian niños no tiene ninguna justificación; prender fuero una clínica donde hay enfermos no tiene ninguna justificación, los actores de esos hechos no están reclamando nada que justifique sus acciones.

Lo que hace diferente a las protestas de 2025-2026

Esta ronda de protestas presenta características que la distinguen de episodios anteriores y que revelan tanto la evolución de la estrategia de desestabilización como sus limitaciones.

En primer lugar, los niveles de violencia son inéditos. No estamos hablando de enfrentamientos aislados entre manifestantes y policía. Estamos hablando de ataques organizados con armas de fuego contra personal de seguridad, linchamientos públicos de miembros de los Basij, quema sistemática de símbolos religiosos y nacionales. Esta escalada cualitativa y cuantitativa sugiere entrenamiento previo y coordinación externa.

Segundo, paradójicamente, la participación masiva es significativamente menor que en 2022. Mientras las protestas por Mahsa Amini movilizaron millones en docenas de ciudades durante semanas, las de diciembre 2025- enero 2026 han sido más concentradas geográficamente y socialmente. Esto contradice la narrativa occidental del “levantamiento nacional”, y confirma la tesis iraní de células especializadas operando con agenda específica.

Tercero, la operación de fake news es más descarada que nunca. Cuando hasta Mike Pompeo tuitea abiertamente sobre “agentes del Mossad caminando junto a manifestantes”, y el propio Mossad emite comunicados de apoyo, la pretensión de que esto es un movimiento puramente interno se desmorona. La arrogancia imperial ha llegado al punto donde ni siquiera se molestan en ocultar la intervención.

Cuarto, el factor Trump añade una dimensión de impredecibilidad peligrosa. Sus amenazas de intervención militar directa, combinadas con la reciente captura de Maduro en Venezuela, envían el mensaje de que Washington está dispuesto a romper todas las reglas. La doctrina de cambio de régimen, supuestamente abandonada tras los desastres de Irak y Libia, ha vuelto con venganza.

Quinto, la coordinación con la ofensiva separatista kurda y la infiltración desde Pakistán indica una planificación de múltiples frentes diseñada para dispersar fuerzas iraníes. No es casualidad que estos ataques se intensifiquen simultáneamente con los disturbios urbanos.

Un Medio Oriente reconfigurado

La presión sobre Irán no puede entenderse aisladamente del debilitamiento reciente de su eje de resistencia regional. La devastación de Gaza, el cese al fuego forzado de Hezbollah en Líbano, la caída de Assad en Siria, han dejado a Teherán geopolíticamente más vulnerable que en décadas.

Israel y Estados Unidos ven esta situación una “ventana de oportunidad” para golpear antes de que Irán pueda reconstruir su programa nuclear y antes de que consolide nuevas alianzas. La estrategia es mantener presión máxima en todos los frentes simultáneamente hasta que algo quiebre.

Pero esta estrategia tiene límites, ya que el daño a las capacidades convencionales de Irán no ha eliminado su capacidad de represalia asimétrica. El estrecho de Ormuz sigue siendo vulnerable. Tiene aliados (Hutíes en Yemen, milicias en Irak) que mantienen capacidad operativa. Y la amenaza nuclear, aunque dañada, no ha sido eliminada sino al contrario. El propio ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, afirmó que “hemos reconstruido todo lo que fue dañado” en junio.

Más importante aún, Irán ha aprendido las lecciones de Libia y Siria. Sabe que cualquier desestabilización seria puede terminar en guerra civil, fragmentación territorial, y caos que dure décadas. Y sabe que amplios sectores de la población iraní, incluso quienes critican duramente al gobierno, temen ese escenario más que la continuidad del status quo.

El apoyo popular a la Revoluciòn Islámica

Un elemento que los medios occidentales sistemáticamente ignoran son las masivas contra-manifestaciones que se realizaron el lunes 12 de enero en Teherán y otras ciudades. Decenas de miles de iraníes salieron a las calles condenando los disturbios respaldados por extranjeros, reafirmando su apoyo al sistema de la República Islámica, y denunciando la hipocresía de Trump y Netanyahu.

Estas manifestaciones no aparecen en CNN ni en BBC. No encajan en la narrativa del régimen al borde del colapso. Pero son cruciales para entender la realidad iraní en la cual existe una base social significativa que, independientemente de sus críticas a políticas específicas, ve la independencia nacional y la soberanía como líneas rojas no negociables.

El liderazgo iraní puede movilizar esta base cuando la amenaza externa se hace evidente. Y esa es precisamente la trampa en la que caen repetidamente Washington y Tel Aviv, cada intervención abierta, cada amenaza explícita, cada operación descubierta, refuerza la cohesión interna en lugar de erosionarla.

La declaración del presidente Pezeshkian de que “estamos en guerra total con Israel, Europa y Estados Unidos” no es retórica vacía, mas bien es el reconocimiento público de una realidad en la cual la población iraní vive cotidianamente bajo asedio económico, bajo amenaza militar constante y bajo ataque informativo permanente.

La trampa de la “responsabilidad de proteger”

Uno de los aspectos más peligrosos de esta operación es cómo se está construyendo el marco legal-retórico para una posible intervención bajo la doctrina de “responsabilidad de proteger” (R2P).

Las organizaciones de derechos humanos occidentales, actuando en perfecta sincronía con los objetivos geopolíticos de sus gobiernos, emiten condenas que hablan de “represión sangrienta”, “uso de fuerza letal contra manifestantes pacíficos”, “crímenes contra la humanidad”. Human Rights Watch declaró que Irán inició “un renovado ciclo de derramamiento de sangre contra protestas” el 28 de diciembre, ignorando completamente que las fuerzas de seguridad no intervinieron masivamente hasta días después, específicamente el 4 de enero según confirmación de comandantes de seguridad a la agencia Fars.

Amnistía Internacional habla de “asesinatos extrajudiciales” sin presentar evidencia forense, nombres verificados de víctimas, o reconocimiento de que muchos muertos fueron civiles inocentes asesinados por los propios alborotadores, no por fuerzas de seguridad.

Este patrón no es nuevo y es exactamente lo que precedió a la intervención en Libia en 2011. Informes inflados de víctimas, acusaciones sin verificar de bombardeos contra civiles, construcción de la narrativa del “dictador masacrando a su pueblo”. Resultado: una intervención de la OTAN que destruyó el Estado libio, generó una guerra civil que sigue hasta hoy, creó un vacío de poder aprovechado por grupos terroristas, y produjo una crisis migratoria masiva hacia Europa.

Irak, Libia, Siria, cada intervención justificada con mentiras humanitarias ha dejado tras de sí muerte, destrucción y caos regional que perdura décadas. Pero la maquinaria sigue funcionando porque funciona, al menos para los objetivos imperiales de corto plazo.

El reciente secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marca un giro ominoso en la política exterior de Trump. Envía el mensaje inequívoco de que Washington está dispuesto a violar abiertamente la soberanía de Estados independientes cuando lo considere conveniente.

Para Irán, este precedente es particularmente preocupante. Si Estados Unidos puede simplemente capturar al presidente de Venezuela y llevárselo a Nueva York, ¿qué impide una operación similar contra líderes iraníes? La respuesta obvia es la capacidad militar de Irán de imponer costos prohibitivos a cualquier aventura de ese tipo. Pero el hecho de que la opción esté siendo discutida públicamente indica cuán lejos está dispuesto a llegar Trump.

Las declaraciones del presidente estadounidense sobre Irán han sido consistentemente belicosas con amenazas de ataques militares si el gobierno “mata violentamente a manifestantes”, promesas de apoyar a “patriotas iraníes” para que “tomen control de sus instituciones”, anuncios de sanciones adicionales que buscan cortar completamente a Irán del comercio global.

Esta retórica no es solo postura y es visible ya que Trump está rodeado de halcones anti-iraníes, desde el vicepresidente JD Vance hasta asesores de seguridad nacional profundamente comprometidos con los intereses israelíes. La idea de que Trump representa un enfoque menos intervencionista que administraciones anteriores se ha revelado como ficción total cuando se trata de Irán.

Entre la guerra total y el estancamiento

Los escenarios que se abren para los próximos meses son múltiples y ninguno garantiza estabilidad.

El primer escenario es la escalada hacia confrontación militar directa. Si Trump decide que las protestas no lograrán derrocar al gobierno, podría optar por ataques aéreos masivos contra instalaciones nucleares y de misiles. Israel presionaría para unirse a cualquier operación de este tipo. Rusia y China enfrentarían la decisión de si intervenir o permitir la destrucción de un aliado estratégico. Este escenario podría desencadenar una conflagración regional de consecuencias incalculables.

El segundo escenario es la prolongación del estatus quo de presión máxima; sanciones sostenidas, operaciones encubiertas continuas, apoyo a grupos separatistas, guerra de información permanente. Irán aguantaría como ha aguantado durante décadas, sufriendo económicamente pero sin colapsar políticamente. Este desgaste mutuo no resuelve nada pero evita la confrontación total.

El tercer escenario, menos probable dado el clima actual, sería algún tipo de acomodación negociada. Trump, quien se presenta como “el rey de los acuerdos”, podría eventualmente buscar una salida diplomática que le permita declarar victoria sin guerra total. Irán, enfrentando presiones económicas insostenibles, podría estar dispuesto a negociar si se levantan sanciones y se garantiza su seguridad. Pero las posiciones actuales están tan alejadas que este escenario parece remoto.

El cuarto escenario, que es el que Washington e Israel buscan activamente, es el colapso interno del régimen iraní. Pero basándose en la evidencia histórica, este sigue siendo el menos probable de todos. La República Islámica ha sobrevivido a amenazas peores que la actual, una guerra de ocho años con Irak respaldado por Occidente, décadas de sanciones, asesinatos selectivos, sabotajes, intentos de revolución de colores repetidos. Su capacidad de adaptación y resiliencia no debe subestimarse.

Lo que no debe dejar de evaluarse es la posibilidad del fin de la paciencia estratégica iraní y que sea la Revolución la que tome la iniciativa de atacar frente a amenazas, como viene advirtiendo, desatando una confrontación de escala donde probablemente sea inevitable una reconfiguración regional absoluta.

La nueva configuración de alianzas en Asia occidental

Lejos de debilitar a Teherán, la reciente ofensiva occidental sobre República Islámica aceleró una reconfiguración de alianzas regionales y extra-regionales en su defensa, no solo como Estado particular, sino como caso testigo frente a un modelo de injerencia que muchos países reconocen como propio de su experiencia histórica.

Desde Moscú, el respaldo fue inmediato y explícito. Rusia interpretó los acontecimientos iraníes como parte de una secuencia que conoce bien. El apoyo ruso se expresó en el plano diplomático, en foros internacionales y en la denuncia del uso instrumental de los derechos humanos como pretexto de presión política. Para el Kremlin, permitir un quiebre inducido en Irán implicaría aceptar la extensión de ese modelo a cualquier Estado que desafíe la hegemonía occidental.

China, por su parte, adoptó una postura menos estridente pero estratégicamente decisiva. En un contexto de amenazas abiertas contra Teherán, Pekín reforzó su respaldo político y profundizó la cooperación estructural ya existente, especialmente en materia energética, tecnológica y de conectividad euroasiática. La defensa de la estabilidad iraní se volvió inseparable, para China, de la defensa de un orden internacional basado en la soberanía y en la no injerencia, principios centrales para su propia seguridad a largo plazo.

La reacción no se limitó a las grandes potencias. En el Sur Global, numerosos países leyeron los hechos iraníes como un espejo de sus propias vulnerabilidades. Estados que han sufrido intentos de cambio de régimen, sanciones unilaterales o campañas de deslegitimación comprendieron que el blanco no era únicamente Irán, sino cualquier actor que intente ejercer autonomía política. En ese sentido, el respaldo —a veces explícito, a veces silencioso— respondió menos a afinidades ideológicas que a un cálculo defensivo común.

Incluso en Asia Occidental, donde las tensiones históricas con Irán son conocidas, primó la cautela. Arabia Saudita evitó sumarse a la escalada retórica impulsada desde Washington, en coherencia con el proceso de distensión bilateral mediado por China. Riad entendió que una implosión inducida en Irán no fortalecería su posición regional, sino que abriría un escenario de inestabilidad difícil de controlar. Turquía, con su tradicional ambigüedad, tampoco acompañó las amenazas, consciente de que la balcanización regional es funcional a intereses extra-regionales antes que a los propios. Ambos estados advirtieron su apoyo a Irán ante un ataque.

En un escenario internacional en transición, Irán emerge así no como una excepción problemática, sino como un nodo de resistencia soberana dentro de un sistema cada vez más multipolar. La presión abierta y las amenazas públicas, lejos de disciplinar, aceleraron la convergencia de actores que perciben que defender a Irán hoy es, en última instancia, defenderse a sí mismos mañana.

Fuente: PIA Global/Fernando Esteche

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