Vidas por la esperanza
La detención de los activistas que forman parte de la flotilla que intentó llegar a Gaza desde el Maghreb se ha venido prolongando, manteniendo varios aspectos que constituyen severas violaciones a los derechos humanos.
Partamos desde el comienzo, siendo un grupo de extranjeros que pretendía transitar a través de Libia, si este país no estaba dispuesto a recibirlos o facilitarles el paso, lo que correspondía según las normas internacionales era su expulsión. Si este contacto se dio, como refleja la prensa, en un paso fronterizo bastaba con inadmitirlos y no dejarlos ingresar.
Por el contrario, el haberlos arrestado es una situación que para los efectos del derecho es una detención arbitraria, pues la misma tiene lugar cuando es imposible invocar fundamento jurídico que justifique la privación de libertad y se hizo dentro de un contexto que se desprende del ejercicio legítimo de los derechos humanos, como lo son el libre tránsito y la manifestación de opiniones políticas o la objeción de conciencia a la situación que se ha dado en Palestina, tipificada hasta por agencias de ONU como la más grave desde la segunda guerra mundial.
Si esta detención es arbitraria desde su origen, de las escasas comunicaciones que se han tenido, se observa que la situación además comporta grandes violaciones de las garantías judiciales como el contar con asistencia legal, y la posibilidad de examen o recurso administrativo o judicial.

Las comunicaciones de los activistas han manifestado cómo han sufrido torturas y tormentos, como los han depositado en un lugar que no es un centro formal y cuyas condiciones son deplorables. Todos estos temas, más allá de la detención arbitraria están prohibidos por normas de ius cogens, que es el corazón del derecho humanitario.
En toda evidencia, esta situación es el escalamiento de las acciones en contra de los activistas pro Palestina que ha tenido lugar desde el 2024, cuando la solidaridad empezó a encender universidades, redes sociales y calles a lo largo del mundo, y, pareciera querer congelar el movimiento de las flotillas que de manera constante ha denunciado el genocidio, el bloqueo y la complicidad de otros gobiernos que permiten estas acciones en aguas internacionales y esta vez en un tercer país.
Para el año pasado, fue el maltrato de Greta Thunberg, una figura mundial por sus acciones pacifistas y ecologistas una especie de advertencia que no habría limite, ni siquiera en la denuncia masiva y global para detener cualquier movimiento de solidaridad.

La reacción de la Cancillería argentina, timorata, lenta y llena de afirmaciones inusuales, demuestra cómo los vínculos económicos o la afinidad con la visión del mundo le pesan mas que los más elementales derechos que son tan fundamentales que se comparten entre casi todas las constituciones nacionales y las declaraciones universales. Pues se lee como un reclamo por sus ciudadanos lleno de asteriscos.
Podríamos tomar este contexto sólo para manifestar la solidaridad que merecen las personas en este terrible calvario, que sufren en carne propia las acciones que denunciaban o intentar trazar desde allí una radiografía de nuestro tiempo, lleno en su “moderno rechazo del otro”, donde se quiere retrotraer los discursos a los grises años noventa donde se proclamó el fin de la esperanza -para no repetir que era “el fin de la historia-.
Sin embargo, todos esos discursos omiten que independientemente de los colores en los que se pinte el tiempo -o de su falta de color- siempre florece la ternura de los pueblos que es tan materia prima de la humanidad como la necia tendencia a comprar cantos que sólo llevan a la destrucción y a la guerra.
De hecho, de lo último autores como Zinn plantean severas dudas. No hay hombres que quieran, sin maquinaria que la justifique antes, ir a morirse a las guerras. Hay culturas que las promueven, que dicen que hay razón para hacerlas, que mejor matar primero que ser el muerto luego. Otras que con sus publicidades y mezquindades se han atribuido el derecho a ir echando fuego por el mundo.
Lo que siempre pasa, es que incluso en el peor escenario, hay quienes desde cualquier lugar del mundo mueven su humanidad para intentar hacer un muro con su propio cuerpo. Nace una Rachel Corrie que a sus 23 años puso su cuerpo para intentar salvar la casa de una familia, y activistas que se echan al mar o a la vía sin mucho más que su propia humanidad.

Algunos de esos rostros, aquellos que vemos en conteos de días y de horas, los vimos antes por nuestras calles, haciendo cantos en la avenida Bolívar o en la Urdaneta; andando los montes de la Comuna de El Maizal, o en su Argentina natal, defendiendo el derecho de los nietos de reencontrar sus historias que la dictadura militar les quitó.
Son hijos e hijas de la América entendida como un canto, de la esperanza de la unión desde el Río Grande hasta La Patagonia y hoy son quienes están en una primera línea, donde sus cuerpos, a través del hambre y la sed, quieren mantener abiertas las puertas para que entre la luz a aquellos espacios que parecen abandonados por toda la humanidad.
Pensar en ellos, es darnos cuenta que el mundo -con sus tantos kilómetros- no es una zona de indiferencias. Por el contrario, la humanidad es la capacidad de sentir, de ver, de tocar, parte de nosotros mismos en cualquier otro. Es la materia más profundamente amenazada cuando dejar morir a alguien de hambre, ahogado en el mar o victima de drones en un pequeño barco pesquero, se pretende normalizar.
Hace ya algún tiempo que se ha hecho tan usual violar tantas normas del derecho internacional, que son tiempos de pura fuerza y complicidad, que hay quien sugiere que los consensos del siglo XX se han quebrado, arrastrando con ellos lo que nos enseñaron a creer que era todo el “derecho internacional”.
Hay quienes hablan de una nueva hora oscura, sostenida en esa sociedad de vigilancia, con sus reglas propias de la Inquisición y el feudalismo que se instala a través de la sociedad de las maquinas, donde todos trabajamos para un puñado de hombres que, declarando la guerra a todas partes, se toman la foto en China y en USA, ¡donde haga falta! mientras perfeccionan sus jugueticos que los llevaran a la luna, a Marte o a donde se pueda mientras este planeta arda.
Y ellos lo sabían y fueron, como nosotros sabemos lo que les ha pasado, a través de esas gotas de información que se escapan. Sabemos qué les pasa, al tiempo que se bombardea el Líbano, se maltratan selecciones del sur en la cita mundial más excluyente que haya tenido el fútbol y seguimos, pues así es la esperanza, tan anclada en sabernos seres que mueren, pero sueños que quedan, causas que nos trascienden, justicia que se busca.
Hoy el nombre de los compañeros se pone en la lista del grito que nos une, que sigue clamando por la paz y la justicia, en tantos sitios que nos urge, mientras los conflictos aumentan y empeoran.

Huele a azufre es una plataforma digital de análisis geopolítico contrahegemónico, que busca visibilizar las voces y los discursos silenciados por el poder mediático.
