El declive de Estados Unidos II
Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive, ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes indicios de esa regresión.
El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la evidencia de la caída y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable, sobre las corrientes políticas que disputan primacía en la elite gobernante.
EL NEGACIONISMO LIBERAL
Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense, para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman que el tradicional rol norteamericano de “ciudadano prominente” de ese sistema, tiende a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia (Ikenberry, 2018).
Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de Estados Unidos, como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia del resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad y continúa enalteciendo al país, como un caso excepcional que lo exime de los infortunios afrontados por otros imperios.
Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía, alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen exclusiva.
El “destino manifiesto” en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados y los latinos explotados. La apropiación de la denominación “América” tan solo para Estados Unidos, supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el padrinazgo con el Norte y el subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para autogobernarse con América Latina.
Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio. “América” persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.
Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país (Nye, 2024a). Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del sueño americano se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual.
La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la auto confianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar (Nye, 2024b). Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas, que las padecidas por Estados Unidos. Ese país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China.
El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la civilización lo diferenciaría de otros imperios (Ikenberry, 2024).
Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una potencia, que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la cooperación, consuman matanzas para favorecer a la elite de enriquecidos que comanda al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar.
El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo, ubicado en las antípodas de cualquier cooperación.
La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias.
EL MITO DEL PODER BLANDO
Cada tanto, los teóricos liberales reconocen el declive de Estados Unidos, pero asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía (rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital) (Nye, 2024a).
Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja productividad de la economía estadounidense.
Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocentristas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad.
Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo liberal proclama que Estados Unidos vencerá, por el poder blando de atracción que mantiene frente a un rival carente de esa cualidad (Nye, 2024a). Destacan la enorme capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante, para que otros hagan lo que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad de poder para perpetuar su primacía.
Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los valores universales, que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se asentó el americanismo, como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro.
Los mensajes de contractualismo espontáneo, conveniencias de la desigualdad social y méritos de la privatización ilimitada -que tradicionalmente difundió Estados Unidos- atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas quedaron fascinadas por la adulación de la empresa, como un campo de cristalización del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes.
Ese elogio de la firma fue complementado con la veneración del individualismo, como virtud suprema de la personalidad y la exaltación de la acumulación, como una larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma irrestricta.
La posguerra fue edad de oro de ese americanismo, que logró una sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en estricta correspondencia con el declive su inspirador. Estados Unidos ya no es visto como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos y su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha desaparecido.
El ensalzamiento general del capitalismo persiste, fue revitalizado por el neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del mercado y las expectativas de rápido ascenso social, ya no son sinónimo del sueño americano.
El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado.
Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales, para sostener esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la cooptación educativa de las distintas elites del mundo por los centros académicos norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y pierde efectividad, por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese mando.
El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump. Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica (Nye, 2024a). Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado, para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto (Ikenberry, 2024).
Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones emergió el magnate y sus fallidos han confirmado, que el declive del poder blando, no obedece tan solo a la prepotencia despectiva del magnate. Fue el desplome de la globalización neoliberal, lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras -y recuperar hegemonía por su gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias- es un simple mito.
El declive de largo plazo que afronta la primera potencia demuestra lo contrario. El país exhibe una manifiesta dificultad para reconocer y amoldarse al escenario multipolar. Por eso depende de acciones militares, que los propios promotores del poder blando observan como un recurso insoslayable para sostener la primacía mundial. Auspician especialmente en Ucrania, políticas ultra belicistas, que contradicen la relevancia formalmente asignada al poder blando (Slaughter, 2026).
Ese contrasentido no es la única, ni la menor contradicción que rodea al liberalismo. La negación del declive les impide comprender el problema básico que afronta el país (Wolff, 2026a, 2026b).
LA CRUDEZA DEL PODER FUERTE
La variante neoconservadora de negación del declive, comparte con su par liberal la exaltación de los valores universales, que Estados Unidos exportaría al resto del mundo. Pero discrepa sobre el pilar de esa fuerza benévola. En lugar de situar ese cimiento en el poder blando de Occidente, lo atribuye al poder fuerte que exhibe el Pentágono.
Esa mirada enfatiza el rol de la primera potencia como custodio del planeta e imperio benévolo (Kagan, 1998). Destaca que el abandono de ese papel, quebrantaría el orden mundial y desembocaría en un escenario de inmanejable caos. Recuerda que Washington hace valer su protección del mundo mostrando fuerza y que la renuncia a esa ostentación, afectaría el liderazgo que necesita la civilización para subsistir (Kagan, 2026a).
Este enfoque resalta la deuda que todo el mundo mantiene con Estados Unidos por el sostén que el Pentágono brinda a la democracia, la libertad y el progreso. Repite esos lugares comunes del discurso liberal, con un agregado de explícita agresividad belicista. Este añadido militarista aporta el ingrediente neoconservador específico al discurso clásico del americanismo (Sanz, 2014).
Kagan es un renombrado auspiciante de estos mensajes, que concentra en su propia trayectoria la furia militarista de su vertiente. Fue uno de los principales teóricos del “nuevo siglo americano” en los años de Bush y justificó sin ningún reparo la invasión a Irak y la devastación de Afganistán. Posteriormente, estuvo involucrado en el golpe de Estado perpetrado en Ucrania, para promover el ingreso de ese país a la OTAN y provocar una confrontación con Rusia.
En la actualidad es un estrecho aliado del genocida Netanyahu, rechaza cualquier reconocimiento del escenario multipolar, exige el rearme de Europa y Japón y auspicia alianzas internacionales reconstructoras de la supremacía norteamericana.
Últimamente asumió una postura de indignado halcón contra la humillación propinada por Irán. Despotrica contra la actitud vacilante del Pentágono, que a su juicio expresa la conducta de una “superpotencia rebelde, que no quiere luchar” (Kagan, 2026b). Propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y por momentos abandona con inverosímiles maquillajes.
En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos. A diferencia de los liberales no disimulan, ni relativizan la centralidad de la acción armada, para sostener el status dominante de la primera potencia. Subrayan sin ningún filtro esa característica, la ponderan como un ADN del país y recuerdan que el Pentágono es artífice de todas las ventajas logradas por el gigante del Norte.
Esa reivindicación de la coerción se inserta en la narrativa tradicional de un país, que naturalizó la guerra, como devenir inexorable de un pueblo elegido para cumplir con mandatos patrióticos. Ese relato oculta la violencia ejercida en los países invadidos y las masacres cometidas por los marines. La dureza de la guerra es simplemente asumida como un dato invariable y por esa razón, el escenario bélico ha quedado incorporado al sentido de común de gran parte de la población estadounidense.
El matrimonio de Hollywood con el Pentágono contribuyó a generalizar esa ideología, disolviendo el contenido sanguinario de la guerra en la fascinación de las imágenes. Permitió masificar la apariencia misionera de los marines, como salvadores de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. La fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios fue periódicamente modificada para penalizar a comunistas, musulmanes o narcotraficantes, según la conveniencia de cada momento.
El trumpismo soberanista retomó esa exaltación del militarismo estadounidense. Capturó con ese mensaje a una masa plebeya receptiva a los mitos del americanismo y descontenta con las elites globalistas de las Costas. Esas leyendas no solo realzan la genialidad de los estadounidenses, sino que enrostran ingratitud al resto mundo por desconocer lo que Estados Unidos ha hecho por ellos.
Todo el discurso de MAGA se asienta en creencias de ese tipo. El mensaje de restaurar la grandeza de Estados Unidos, está siempre emparentado con una retribución pendiente al benefactor yanqui. El proteccionismo, las exigencias monetarias, los reclamos de reindustrialización o las demandas de territorios, recursos naturales y localidades estratégicas que brutalmente formula Trump, se basan en ese presupuesto de recompensa adeudada al filántropo yanqui.
El trumpismo resalta, además, el fundamento religioso del credo neoconservador, que presenta a Estados Unidos como un país elegido por Dios, para consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes. Marco Rubio complementa ese cimiento con un revival de la ideología macartista. Esos prejuicios de la guerra fría, le asignan a cualquier acción de Occidente un contenido salvador de la única civilización, que merece perdurar y gobernar al género humano.
DIAGNÓSTICOS REALISTAS
Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta contundencia del declive estadounidense. Por el contrario, sus adversarios declinistas ganan terreno con explicaciones de distinto índole. La influencia de este campo se verifica en los teóricos realistas de la disciplina Relaciones Internacionales, que reconocen el retroceso asignándole un cimiento geopolítico.
Afirman que Estados Unidos desperdició el momento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS, librando guerras inútiles, para instalar gobiernos del propio cuño en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Sudán y Somalia. Estiman que la primera potencia dilapidó sus energías y derrochó sus recursos en esos inservibles operativos, que han generado consecuencias negativas de mayor gravedad en Ucrania. Destacan que Estados Unidos quebrantó alianzas y perdió influencia política por sus fracasadas aventuras militares.
Esta mirada estima que los desaciertos de varios gobiernos desubicaron a la primera potencia, frente al nuevo escenario multipolar. Convocan a registrar que Estados Unidos ya no puede imponer su agenda y debe considerar las demandas de otros jugadores, especialmente las exigencias de sus dos grandes rivales de Rusia y China. Proponen la adopción de políticas de amoldamiento al mundo actual (Mearsheimer, 2023).
Pero con este enfoque, enaltecen el pragmatismo y eluden indagar la existencia de procesos determinantes de la regresión estructural que afecta a la primera potencia. Por eso el declive no ocupa un lugar significativo en su visión. El realismo evita evaluar la dinámica histórica subyacente de los procesos de auge y caída de las potencias. No conecta en ningún momento esos ciclos con contradicciones del capitalismo o con desequilibrios estructurales de ese sistema.
El realismo tan solo estudia las relaciones entre potencias, entendiendo que están determinadas por la tensión, desconfianza o rivalidad que genera la disputa por el poder. Resalta la presencia de actores que buscan supremacía, guiados por impulsos de predominio o autopreservación y señala que estas percepciones suscitan agresividad, miedo o desconcierto. La dinámica socio-histórica determinante de estos cursos es tan ignorada, como su pilar en el capitalismo. Desconocen la forma en que ese régimen social condiciona todas las tensiones en juego.
Esa indagación es reemplazada por la mera evaluación del estado de los conflictos entre las potencias, a partir de un diagnóstico de invariable provisionalidad de la supremacía lograda por algún contrincante. Destaca que el predominio global nunca puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una escala regional de menor alcance. La propia superioridad militar que disuade a los rivales, está siempre sujeta a la erosión de ese comando por los avances bélicos que consigue el enemigo (ESFAS, 2026).
En ese marco analítico, el declive de Estados Unidos es visto como un episodio de rivalidades eternas, que irrumpen con cierta contundencia en el contexto actual. Se observa a ese retroceso, como resultado de la simple acumulación de poder por parte de una potencia, que suscita la respuesta equilibradora de sus contrincantes.
En el siglo XXI, esa reacción contra el hegemonismo estadounidense es vista como un inevitable correctivo de la prepotencia exhibida por los auspiciantes del “nuevo siglo americano”, que desbalancearon el equilibrio mundial (Waltz, 2000). Esta mirada induce a buscar políticas de amoldamiento de la primera potencia al nuevo contexto global.
Trump intentó seguir ese rumbo con su estrategia inicial de contención bélica, buscando reposicionar a Estados Unidos en el plano económico frente al avasallante competidor chino. Pero al cabo de un año de fracasado proteccionismo retomó la receta militar, que es el curso familiar a todos los gobiernos yanquis para lidiar con sus fracasos. El magnate se ha empantanado en su ensayo de algún camino sustituto del aventurerismo militar, porque enfrenta el mismo dilema sin solución de todas las administraciones confrontadas con el declive de Estados Unidos.
Los teóricos del realismo no registran el fracaso de esta experiencia reciente de su propio recetario y repiten propuestas correctivas, sin ofrecer soluciones a las disyuntivas que genera el retroceso de la primera potencia. Reafirman ciertas obviedades -como la imposibilidad de eternizar el dominio de un hegemón- omitiendo los determinantes históricos de esa incapacidad.
En los hechos, participan de las mismas fluctuaciones políticas, que exhiben los pensadores de otras corrientes de la elite gobernante. El realismo aporta argumentos de justificación a la política exterior de los trumpistas, anti trumpistas, soberanistas, aislacionistas o neoconservadores.
Apuntalan en ciertas circunstancias al americanismo y en otras al globalismo, porque la propia concepción realista tan solo jerarquiza una acertada evaluación de las relaciones de fuerza internacionales y el consiguiente comportamiento de sus actores protagónicos. No cuenta con un diagnóstico del sentido histórico de la regresión que afronta Estados Unidos.
SOBRE EXPANSIÓN MILITAR
Algunos exponentes del liberalismo crítico han expuesto diagnósticos del declive de Estados Unidos, centrados en la sobre expansión militar de esa potencia. Es una mirada de larga data que se ha renovado en forma periódica y en contraposición a sus pares convencionales, reconoce la regresión y le atribuye un determinante bélico.
Un exponente clásico de esta mirada, estima que el gigante norteamericano repite un síndrome que afectó a todos sus antecesores históricos, centrado en la ruptura del equilibrio entre el desenvolvimiento económico y el poder militar. Considera que esta segunda esfera se amplió por encima de sus posibilidades, en creciente conflicto con el cimiento productivo que lo sostiene (Kennedy, 1989: 539-577).
Su enfoque objeta la dilatación bélica de Estados Unidos, señalando que luego de conquistar el dominio mundial con ventajas económicas, el gigante norteamericano quedó entrampado por la adversidad militar. Ilustra cómo ese deterioro ha sido convalidado por todos los ocupantes de la Casa Blanca.
Remarca, además, el impacto negativo del belicismo sobre todas las áreas de la economía y recuerda que ese mismo tipo de déficit fiscal y endeudamiento, afectó al reinado español, al imperio otomano y demolió tanto a los Habsburgo en el siglo XVII, como a Gran Bretaña en el XIX.
La explicación del declive yanqui por su sobre expansión militar fue especialmente expuesta en los años 80, cuando Reagan inauguró el neoliberalismo e instauró un modelo de ofensiva del capital sobre el trabajo, para recomponer los beneficios de las clases dominantes. Buscó por esa vía restaurar la deteriorada economía estadounidense frente a la alta competitividad de las exportaciones japonesas y se propuso relanzar la primacía militar norteamericana con amenazas a la Unión Soviética.
El rearme del Pentágono a través de la “guerra de las galaxias”, fue en esos años un típico ejemplo del uso del poder militar, como instrumento de compensación del retroceso económico. Aportó nítidas evidencias de los efectos negativos de esa expansión bélica.
Pero esa adversidad quedó enmascarada por la inesperada implosión de la URSS y la consiguiente extinción del denominado campo socialista. Ese acontecimiento redujo también la incidencia conceptual de la sobre expansión imperial estadounidense, que había logrado una alta recepción en los años 80 y quedó relegada a ámbitos minoritarios en la década posterior. El desplome de la URSS recreó la imagen un poder perdurable de Estados Unidos, primero con el episódico revival del reaganismo y luego con el espejismo unipolar (Kennedy, 2003)
Ese transitorio período -equiparable al pasajero renacimiento que tuvo Gran Bretaña a principios del siglo XX (Belle Epoque)- fue observado como el reinicio de “un siglo americano”. Suscitó lecturas equivocadas, que ignoraron la dinámica prolongada de los declives generados por el descontrol militar. Esos retrocesos de largo plazo pueden ser interrumpidos por efímeros resurgimientos, que no alteran el repliegue estructural de la potencia. Esa regresión subyacente resurgió a pleno posteriormente en la Bush y se verifica a pleno en la actualidad.
La guerra de Irak, la ocupación de Afganistán, la incursión contra Libia, la devastación de Siria y el conflicto de Ucrania, ilustraron la forma en que opera la sobre expansión militar, como un rasgo de períodos decadentes. Ese declive no obedece tan solo a políticas exteriores específicas de uno u otro gobierno, sino que deriva de los nocivos efectos que generan los desbordados operativos imperiales.
En todos los casos, la embestida comienza con gran aliento, cantos de victoria y expectativas de florecientes negocios, pero al poco tiempo los invasores quedan atrapados en el mismo pantano que anticipó Vietnam. Los éxitos de la edad ascendente del imperio ya no se repiten y la guerra se convierte en una carga insostenible para su iniciador.
Ese efecto es un dato abrumador de las últimas décadas. Salta a la vista que Estados Unidos ha sobre expandido su capacidad de acción, con o sin tropas propias. En el caso más reciente de Irán soslayó esa presencia y sufrió la misma derrota, comprometiendo un descomunal despilfarro de recursos en acciones con resultado adverso.
El diagnóstico de la sobrecarga imperial ha sido formulado por otros autores, que remarcan su efecto nocivo sobre la estabilidad de la primera potencia. La evidencia más palpable es el deterioro de la competitividad, a medida que los contratistas del Pentágono acrecientan ganancias, a costa del grueso de la economía (Ortiz García, 2023).
Este efecto negativo del militarismo no es un principio invariable de cualquier época o coyuntura, ni una desventura para todos los dominadores. Depende de la era en que se encuentra cada imperio. El belicismo apuntaló la economía estadounidense en la primera mitad del siglo XX y se convirtió a posteriori en su gran desdicha. Es la preeminencia de etapas de auge o declive lo que determina ese resultado disímil.
En un período del primer signo, las nuevas tecnologías desarrolladas en el área militar se reconvierten en rentables innovaciones de la esfera civil. Por el contrario, en las etapas opuestas esa mutación queda bloqueada. Lo mismo ocurre en la industria. El estímulo militar a los nuevos procesos de fabricación en cierta fase, se transforma en su opuesto obstructor en los momentos inversos. Basta observar la desindustrialización y la baja productividad fabril de Estados Unidos, para notar en qué período de esa secuencia se encuentra el país. El contrapunto con China confirma ese retrato.
Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobre expansión bélica, suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la enfermedad que socava al país. Postulan un repliegue imperial que corrija esa afección, repitiendo la trayectoria que siguió Gran Bretaña.
Pero ese curso tendría enormes implicancias para un orden mundial forjado en torno a la supremacía estadounidense. El análisis de esos efectos exige situar la teoría de la sobre expansión militar en el marco conceptual de dos nociones -capitalismo e imperialismo- que el marxismo privilegia y el liberalismo crítico relativiza o ignora.
¿DECLIVE RELATIVO?
En los análisis sobre el declive son muy frecuentes las descripciones, las evaluaciones del debate y los registros de opiniones, que evitan definir el acierto de una u otra postura. Se destacan, por ejemplo, las cambiantes funciones que cumplen los planteos declinistas y antideclinistas, como argumentos de las elites para justificar distinto tipo de políticas exteriores (Slaughter, 2026).
En otros casos, se retrata cómo un enfoque consiguió más relevancia que el opuesto, en los variables escenarios de la historia norteamericana contemporánea. En esas revisiones, se recuerda que hasta los años 60 prevalecía un optimismo sin referencias al declive, mientras que en la década posterior se impuso ese señalamiento, al compás de lo ocurrido con Vietnam, la crisis del petróleo y el avance de los procesos socialistas (Reguera, 2021).
Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos.
Las miradas descriptivas suelen aportar fundamentos para los enfoques que buscan situarse en un punto intermedio de relativización del declive. No niegan el retroceso, pero moderan su alcance, acotan su relevancia o destacan la existencia de una caída contrarrestada a través de secuencias cíclicas.
Esos enfoques intermedios repasan los debates entre los exponentes de una u otra postura, para constatar la perdurable reaparición de la controversia. Consideran que esa problemática aparece, se disuelve y resurge periódicamente, sin quedar nunca zanjada (D’Eramo, 2022). Estiman que esa oscilación conceptual refleja la dinámica de un proceso de regresiones contrabalanceadas. Lo que Estados Unidos suele perder en el plano económico lo recuperaría en la esfera militar, tecnológica o financiera, introduciendo límites que le permitirían concretar un periódico renacimiento.
Pero esa mirada impide reconocer cuáles son las tendencias subyacentes que determinan el devenir general del país. Computan la existencia de fuerzas en direcciones contrapuestas suponiendo que no definen resultados. Con ese enfoque no logran explicar el problema. La forma agresiva, descontrolada y autodestructiva que asume el belicismo yanqui es divorciada del declive y esa disociación obstruye la comprensión de la lógica de un militarismo desenfrenado.
Las tesis de la regresión relativa tuvieron gran predicamento en los años de unipolaridad, en polémica con la tesis de la continuada declinación norteamericana. Objetaron las exageraciones de este último enfoque, cuestionando su desconocimiento del repunte logrado por la primera potencia. Convocaron a estudiar todo el problema como una contradicción y no como un inexorable curso de la historia.
Pero el declinismo no es una petición de principio, que organiza el análisis de Estados Unidos presuponiendo un destino predeterminado para esa potencia. Constituye un registro de tendencias efectivas, que reproducen comportamientos análogos de los imperios precedentes. Con esa mirada se explica por qué razón el epicentro del capitalismo mundial sostiene a este sistema, con un vandalismo militar acorde a la decadencia de ese régimen social. El declive de Estados Unidos expresa la pérdida de poder de la primera potencia, en un sistema afectado por su propia regresión.
Esa gravedad de la crisis norteamericana -por el carácter capitalista de la estructura que intenta apuntalar- ilustra a pleno el escenario actual. Estados Unidos intenta contrapesar desequilibrios propios y sistémicos con incursiones externas. La dinámica del capitalismo y del imperialismo se entrecruzan en su accionar, mediante una confluencia mayúscula de desequilibrios.
CONTRAPESOS SIN TENDENCIAS
Ciertos autores definen el declive absoluto, como una situación que definitivamente impide a la potencia afectada revertir su regresión. Consideran que Estados Unidos no se encuentra en ese estadio, sino que puede recobrar poder con políticas adecuadas.
Encaran esa evaluación mediante un análisis empírico del declive norteamericano, en comparación al afrontado por otras dieciséis potencias desde 1870 hasta la fecha. Indagan el retroceso del producto interno bruto y también la solvencia geopolítico-militar de los involucrados. De ese contrapunto deducen la presencia de un declive estadounidense acotado y reversible (Mac Donald; Parent: 43-68).
Pero la propia evaluación en esos términos no parece procedente, porque el lugar dominante que alcanzó Estados Unidos, no se asemeja a cualquier gama de contendientes. El gigante del Norte alcanzó un grado de primacía mayúsculo, cuyo devenir debe contrastarse con las potencias que alcanzaron ese podio, como Roma, España, los Otomanos o Gran Bretaña.
La insistencia en subrayar el alcance acotado del declive estadounidense actual, apunta a señalar que el país experimentará desventajas en la próxima década frente a China, pero con efectos manejables. Podría sobreponerse a ese impacto y lograría timonear ulteriormente el nuevo escenario. No afrontaría una categórica caída, ni tampoco conseguiría un rotundo éxito frente a su retador.
Pero ese cauteloso optimismo constituye una simple profesión de fe, que soslaya los procesos determinantes de la pugna en curso. Estados Unidos declina porque concentra desequilibrios capitalistas, que China logra gestionar con un Estado regulador y autónomo de las clases dominantes. Su oponente carece de ese atributo y opera con una administración sometida a los milmillonarios del mundo digital. Esa diferencia no se corrige con ningún cambio de políticas oficiales.
China evita, además, el uso de la fuerza frente a un competidor que intenta recuperar primacía con desenfrenado belicismo. De esta contraposición pueden deducirse pronósticos muy variados, pero omitiendo esos determinantes, no hay forma de ensayar previsiones de alguna consistencia (Katz, 2026).
El otro fundamento habitual para postular el carácter acotado del declive estadounidense es la continuada preeminencia de ciertos pilares de esa preeminencia. Se afirma que el dólar persiste como moneda mundial, Wall Street como epicentro del sistema financiero, los gigantes digitales como líderes de alta tecnología y el Pentágono como cabeza del poder militar global (D’Eramo, 2022).
Estos cuatro factores, efectivamente indican que el término primera potencia, aún se ajusta al lugar que ocupa Estados Unidos en el planeta. Pero lo que está en debate no es ese reconocimiento, sino las evidentes tendencias al retroceso estructural de esa preeminencia.
La desdolarización sigue un curso lento, pero persistente y está erosionando la capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco. Wall Street alberga una nueva burbuja financiera, asentada en la capitalización sin contrapartida en los ingresos de los mega empresas digitales.
Esas compañías efectivamente lideran la Inteligencia Artificial, pero se enfrentan con la creciente productividad del rival chino, que fabrica con mayor eficiencia y menores costos los mismos productos. Finalmente, el propio Pentágono debe lidiar con guerras que pierde, utilizando su obsoleto arsenal en operativos fallidos. El declive de Estados Unidos es un proceso estructural estrechamente asociado a la dinámica del capitalismo y del imperialismo. Soslayando esos dos condicionantes, las explicaciones no logran salir de la superficie.
¿AUSENCIA DE SUSTITUTOS?
Un argumento de peso para postular límites o contenciones al descenso de Estados Unidos, es la ausencia de un reemplazante para ejercer la dominación mundial. Esa carencia de sustituto en el liderazgo global es señalada como una restricción, que perpetuaría o al menos recrearía la supremacía norteamericana.
La primera potencia podría decaer, pero nadie lograría suplantarla y esa ausencia de reemplazante amortiguaría el descenso, lo tornaría más lento o le permitiría a Estados Unidos gestionar su propio repliegue (Mann, 2008).
Pero ese contrapeso no desmiente el declive, sino que describe los límites y obstáculos de esa regresión. La ausencia de un suplente no anula o revierte la tendencia declinante y ese retroceso es el dato central del diagnóstico.
La carencia de un sustituto puede, además, convivir con un escenario de variados dominadores emergentes, en reemplazo del hegemón previo. En esa posibilidad se asienta el pronóstico abierto, que expusieron algunos teóricos (como Arrighi o Galtung), al entrever escenarios de irresuelto equilibrio entre varias potencias. Esa opción es incluso avizorada por la propia tesis de un freno al declive por carencia de sucesores.
La caída sin reemplazo es una perspectiva abonada por la singularidad del principal desafiante, que no actúa en los hechos como potencia imperial. La cautelosa política exterior de China, su aversión al uso de la fuerza y su exclusivo énfasis en los negocios crea un contexto poco convencional.
Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y dispersión del poder, que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono hegemónico. Los BRICS no se comportan, por ejemplo, como la entente que forjaron Alemania, Italia y Japón en la entreguerra.
El diagnóstico de un declive de Estados Unidos impedido por la ausencia de sustitutos, presupone que el futuro repetirá el pasado y que la existencia de una potencia hegemónica es indispensable para sostener el sistema mundial.
Ese presupuesto recuerda lo ocurrido con Gran Bretaña -que pudo declinar traspasando su dominación al socio transatlántico- y resalta el hecho que su reemplazante no forjó un ahijado del mismo porte. Por eso se considera que la orfandad sustitutiva de Estados Unidos genera una situación sin salida, para la continuidad del sistema mundial. Pero la emergencia de China y los BRICS ha dado lugar a un escenario distinto.
La tesis de un declive estadounidense -tan solo relativo por la ausencia de reemplazante- podía concebirse, en todo caso, para el período de crisis (1990-2008) del sistema imperial, pero ya no para la etapa en curso. En esos años, el coloso del Norte mantenía el lugar de custodio del capitalismo, que todas las potencias occidentales le habían delegado con anterioridad.
El guardián cumplió ese rol sofocando levantamientos populares en África, Asia y América Latina. Pero ese papel se modificó sustancialmente a fin del siglo XX, primero con el reflujo de las revoluciones y la implosión del campo socialista, y posteriormente con la emergencia de China, la multipolaridad y las propias fracturas de la alianza occidental.
Nuestra propia mirada del sistema imperial realzó la gravitación de Estados Unidos, tanto en el cenit como en la crisis de esa configuración. Destacamos el primordial rol contrarrevolucionario del gestor de la OTAN y su función vigilante del capitalismo, observando cómo ese papel interactuaba sobre la crisis económica de largo plazo que afectaba a la primera potencia. Nuestros señalamientos de esa relación destacaban la existencia de una recomposición periódica del poder estadounidense, que no lograba enmendar la fragilidad de sus bancos y el retroceso de su industria (Katz, 2023: 41-42).
Pero estos diagnósticos -que subrayaban la presencia de una contradicción irresuelta- correspondían a un período ya extinguido y no al contexto actual. Esa diferencia tiene enormes implicancias que analizaremos en los próximos textos.
RESUMEN
La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad idiosincrática o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad omitiendo su basamento capitalista. El acertado diagnóstico de la sobre expansión militar exige una complementaria conceptualización del imperialismo y las teorías del declive relativo retratan escenarios, sin explicar tendencias subyacentes. La ausencia de reemplazantes no altera una caída con varios desenlaces posibles.
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Fuente: Claudio Katz

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