Portada » ¡Es la IA, estúpido!
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La semana pasada dos noticias tecnológicas estremecieron a la opinión pública global al punto de organizarla y mantenerla en vilo durante más tiempo de lo habitual en esta era de saturación informativa y dispersión del interés. Y con toda razón si tomamos en cuenta que ambas, sincronizadas, decretan un tenebroso futuro para nuestra ya amenazada especie. La primera de ellas aludía al ámbito académico. Para ser directos y específicos: a un deficitario rendimiento cognitivo atribuido al uso de la Inteligencia Artificial. El segundo titular alude también a la misma tecnología y parece ganarle en peso y urgencia al drama escolar en tanto nos plantea directamente que, de continuar el ritmo la actual carrera tecnológica, la IA desarrollará súper poderes y nos aniquilará. Todo en menos de una década. Y esta confesión apocalíptica parece salir de las entrañas de las Corporaciones que, con suma discrecionalidad, la desarrollan y usufructúan sin control ni trazabilidad de ningún tipo. No pretendemos dar respuestas a las incógnitas que cada tema plantea, en este modesto espacio: bien sabemos que son temas complejos y por ello irreductibles a opiniones y pareceres de cualquier naturaleza. Con toda seguridad las resoluciones definitivasescapan al impulso intelectual de quien escribe. Sin embargo, la obligación de pensarlos, ya como padre, como docente, como escritor, como ciudadano, tal vez nos permita aportar algo más que estupor.

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El examen del PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes) que encendió las alarmas, está centrado en la evaluación de competencias en Lengua, Matemáticas y Ciencias, y fue aplicado a unos 33 millones de jóvenes de 91 países (aclaremos: el nuestro no participa por discrepancias de principios y conceptos). Las cifras oficiales hablan de un colapso en la comprensión lectora de al menos 28 puntos: lo que equivale a un año y medio de escolaridad perdidos. Mientras que en Matemáticas es de -22: un año entero de atraso. En Ciencias si bien no es tan dramático el panorama tampoco podemos decir que un -7 sea alentador. Más allá de los criterios de esta evaluación los indicadores presentados no pueden sernos indiferentes, y es que probablemente nos están develando mucho más de lo que, al parecer, estamos dispuestos a encarar. Como he dicho al inicio, se ha atribuido como causa única de este rezago al uso de nuevas tecnologías cognitivas. No voy a disculpar acá el pernicioso impacto que el uso excesivo de pantallas, aplicaciones digitales y por supuesto de modelos de lenguaje como sustitutos de procesos racionales, está teniendo en nuestras vidas en todos los ámbitos, no sólo el académico. Otro poco podemos decir del deterioro de la vida individual y política de los ciudadanos del siglo XXI. Pero quedarnos con ese diagnóstico sería incurrir si no en el equívoco determinismo tecnológico,  cuando menos en el viejo resabio de poner la carreta delante de los bueyes. La propia estadística del PISA nos permite ver que este decaimiento en las competencias académicas tiene por lo menos dos décadas manifestándose y que lo que se ha experimentado en los últimos 5 años no es más que el aceleramiento de la crisis. Antes de dictar de manera reactiva sentencias y correctivos,convendría pensar el asunto por capas. En primer lugar, no estamos ante el revés intelectual de una generación determinada, estigmatizada por la propaganda de ser débil y de vivir alelada en su autoimagen. En todo caso tenemos que vérnoslas con el posible fracaso del paradigma escolar regente en el mundo que, más allá de sus variaciones, está alineado a la demanda económica global. Me refiero a una educación que en aras de satisfacer el metabolismo del mercado laboral ha ido sacrificando paulatinamente tanto el rigor como el espíritu que la define como la más importante institución creada. Sobre la escuela reposa nada más y nada menos que la responsabilidad de ofrecer un horizonte de sentido al ser humano que se inscribe en el mundo desde la curiosidad innata, el potencial intelectual y creativo, y el ineludible deber de pensar por sí mismo. Todo ello redunda en un solo cometido: enseñar a encontrar sentido a la vida. Por supuesto que no es tarea fácil pues el ser humano, cuya característica principal es la suerte de razonar, también está trazado y compuesto de fuerzas irracionales, pulsiones e intensidades emotivas que una educación fuerte buscaría armonizar. En su lugar las hemos intentado suprimir sin éxito. Así como hemos ido suprimiendo otros factores de la educación que, a nuestro juicio, son tributarios del deterioro que hoy nos alarma. Pondré solo un ejemplo: la devaluación y pérdida de terreno de las humanidades en los currículos escolares en aras de fortalecer la ciencia (justo sería decir un cientificismo) como eje gravitacional de la formación. El resultado que no queremos ver detrás de la caída del índice lector, es el de una escuela que abandonó la filosofía y el arte como procedimientos legítimos del saber experiencial. Conocerse a sí mismo por medio de la formación del pensamiento y de las sensibilidades es lo que le da a la escuela pertinencia vital y autoridad para forjar en los estudiantes, precisamente, un buen sentimiento y una buena idea de la vida. ¿Dónde más van a encontrarlo? El desinterés académico, expresado en el bajo rendimiento, tiene pues una causa mucho más honda de lo que suponemos: la pérdida del sentido de la vida propio de este tiempo de materialismo absoluto por un lado, y, por el otro, la aceptación acrítica del modelo formativo basado en resultados y no en procesos, en números y no en valores, en repetición y no en creación, a la que se llega y sale por atajos y evitando a toda costa el largo, difícil y sinuoso camino donde el conocimiento es un medio y un fin. Si los jóvenes no encuentran este incentivo ético-vitalista en la escuela, todo lo demás vendrá a pérdida. Que la IA en menos de 3 años pase de ser una herramienta cognitiva a ocupar el espacio donde se forja el saber —enumeremos algunos: el debate, la fricción intelectual con la densidad y diversidad de conceptos, el esfuerzo colectivo, la elaboración de crítica, la posibilidad del error— tiene un antecedente en la metodología de resúmenes, de una lectura mnemotécnica, de un uso excesivo de la simplificación pedagógica. Pero no se trata de anunciar la muerte de la escuela, esto desde luego ni dice nada nuevo ni ayuda a construir una alternativa. La escuela es, acá, la principal víctima que silencia la estadística. Lo que hoy opera dentro de la academia en todos sus niveles es una estructura que prioriza la competencia técnico-instrumental, la formación de especialistas en áreas cada vez más detalladas y desarticuladas entre sí. Como es evidente este problema trasciende a la escuela: es el sistema de mercado quien fuerza y moldea hoy las instituciones, las relaciones humanas y las posibilidades de existencia y realización individual. Los mismos que, luego de tergiversar el sentido original de una escuela para la filosofía práctica en fábricas de tecno burócratas, hoy nos alerta de los déficit (pues también el mercado parece sufrir  este rezago intelectual) con una llana pero efectista sentencia: “es la IA, estupido”. Para ello cuenta con el nihilista de Fukuyama y otros altavoces que resucitarán tanto el tecnocentrismo como las profecías hollywoodenses de una batalla final contra la máquina con la inminente derrota, por supuesto, del homo sapiens; todo para eludir el problema y por supuesto recargar a los Estados con la responsabilidad de remediar el entuerto. Nosotros contamos con la duda razonable y con la esperanza de que se impondrá, no sin esfuerzo y pelea, la vitalidad de lo que hoy parece perdido: la libertad de encarar creativamente un mal momento como una oportunidad para reinventar la educación.

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Algo parecido tenemos que decir sobre el apocalipsis que se pronostica: haríamos mal en subestimar el peligro que revisten las nuevas tecnologías de la comunicación y del desarrollo cognitivo sabiendo que estos son productos de la industria militar norteamericana. Verlos como herramientas y armas a la vez no es por tanto descabellado. Pero tampoco resuena como novedad el anuncio de una inminente rebelión de las máquinas contra los humanos ni el documentadoimpacto negativo que ya tiene en la civilización global. Figuras muy respetables como el lingüista Noam Chomsky, el historiador y bestseller Yuval Noah Harari, Shoshana Zuboff, y los exagentes arrepentidos como Jaron Lanier y Geoffrey Hinton, vienen alertando sobre la opacidad que hay en el negocio de los algoritmos que, como también se ha denunciado, aunque sin demasiado eco comunicacional, la ingeniería que diseña tanto los modelos de lenguaje como todas las tecnologías digitales basan sus programas en las debilidades de la naturaleza humana y parecen más interesados en exacerbarlas que en superarlas. Hablamos de los sesgos cognitivos y de las pulsiones que han sido estudiadas desde el siglo XIX tanto por el conductismo como por el psicoanálisis en aras de entender, moderar, y a la larga llegar a programar, el cerebro humano. No en vano,George Bush decretó en 1990, la década del cerebro, anuncio que iba acompañado de una ingente inversión de recursos para la neurociencia y las ciencias pertinentes a la reproducción de cerebros sintéticos, redes neuronales, mapeo masivo de datos, digitalización e imaginería. Giro sin el cual es imposible entender la tecnología que tenemos frente a nosotros y el papel hegemónico de las corporaciones norteamericanas en el negocio. Pero que también contó con el deterioro paulatino de una cultura política frente a las promesas del neoliberalismo. Lo que llama la atención del discurso apocalíptico es que el lugar donde se hace creíble la amenaza es el mismo de donde se origina. Y que se ponga en el futuro lo que a todas luces representa un peligro existencial para el ser humano en el presente. Es ahora, en este instante, con cada uso individual y compulsivo que hacemos de la Inteligencia Artificial, que se consumen cantidades tan inimaginables como insostenibles en el tiempo, de agua potable y energía, que han empeorado el calentamiento global y acortado la vida de especies que hasta hace poco compartían con nosotros el planeta. Es ya que se aniquilan millones de puestos de trabajo, y está sucediendo, justo en el momento en que escribo, una debacle de nuestras democracias a causa de la proliferación de deep fake, la inoculación de polarizaciones irreconciliables que degeneran en violencia. Es ayer que se propagó como una pandemia la dependencia psicológica a las pantallasdeshumanizando los procesos éticos y políticos de los ciudadanos, sometiéndonos a un control social que supera las más famosas de las distopías. Todo lo dicho es parte del negocio, es la base de la estrategia para capitalizar la atención, vender datos, y someternos a una existencia virtualy vacía. No habrá chance para que el “Skynet” de la profecía consuma su plan: a este paso el peor futuro habrá llegado tarde. Ironías aparte, creo como el filósofo alemán Markus Gabriel, que la fetichización de estas tecnologías ha servido para producir más sumisión y aceptación, que crítica transformadora. En efecto el mito de Terminator sólo favorece a quien lo propaga como discurso distractor, en el sentido de que le otorga más privilegios para manejar, lejos de toda auditoría estatal y —no digamos ya— social, el peligroso y estratégico negocio de los algoritmos, al tiempo de eludir con ello sus responsabilidades. La IA, dice Markus, ni es inteligente ni consciente, y lo explica con argumentossencillos: no tiene cuerpo, no está viva, por lo tanto, desconoce el principal motor de toda inteligencia real: la muerte. Atribuirle una autoconsciencia es un error similar al de reducir la mente humana al cerebro que buscan clonar: ella es mucho más que procesos químicos y físicos. En conclusión: atender la alerta propagada con viralidad no significa aceptar las condiciones en las que los tecnofeudalistas, que han gestionado esta era, pretenden remediarlo. Lo más honesto sería verles resarcir el daño socioambiental y entregar a todos los Estados del mundo la administración de lo que hoy es el privilegio de cinco corporaciones. A fin de cuentas, si la apuesta es por la humanidad, hemos de confiar en los humanos de hoy y dejar a Sarah Connor dentro de la fantasía de la cual es víctima.

Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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