Níger: el levantamiento que puso a prueba a la Confederación del Sahel
La rebelión que estalló en Niamey entre la noche del 28 y la madrugada del 29 de agosto no fue un episodio aislado dentro de las Fuerzas Armadas nigerinas. Su coincidencia con la primera sesión del Parlamento de la Confederación de Estados del Sahel otorgó al levantamiento una dimensión regional desde el primer momento.
El levantamiento militar iniciado en Niamey durante la noche del 28 al 29 de agosto no puede reducirse a una nueva disputa dentro de unas Fuerzas Armadas atravesadas por la guerra contra los grupos yihadistas. Ocurrió mientras la capital nigerina alojaba la primera sesión del recién constituido Parlamento de la Confederación de Estados del Sahel y tuvo como epicentro una instalación estratégica para el dispositivo militar del país. La rápida derrota de los militares sublevados, el respaldo inmediato de la AES, la participación rusa y el apoyo militar de Argelia muestran que la crisis puso a prueba algo mayor que la supervivencia del gobierno de Abdourahamane Tiani: puso a prueba la capacidad de la Confederación para defender el proceso político nacido de la ruptura con el viejo orden regional.
Los disparos comenzaron durante la madrugada del sábado 29 de agosto en la Base Aérea 101 de Niamey, integrada al complejo del aeropuerto internacional Diori Hamani. Según el Ministerio de Defensa de Níger, un grupo de militares se amotinó, retuvo a algunos de sus compañeros y atacó distintos puntos sensibles de la capital. Durante varias horas se registraron combates alrededor del aeropuerto y en sectores próximos al Palacio Presidencial, mientras la televisión estatal interrumpía temporalmente sus emisiones. No se trató, por lo tanto, de una protesta limitada a un cuartel: los militares sublevados intentaron proyectar rápidamente el levantamiento hacia los centros neurálgicos del poder político y militar. Las fuerzas leales terminaron recuperando la Base 101 y restableciendo el control de Niamey, aunque el episodio constituyó probablemente el desafío interno más serio enfrentado por el gobierno surgido de la ruptura política de julio de 2023.
La elección de la Base 101 tampoco resulta un detalle menor. Allí se concentran capacidades militares decisivas y el aeropuerto constituye un punto fundamental para las conexiones del país con sus nuevos socios de seguridad. Tomar esa instalación significaba controlar una posición estratégica sobre la capital y afectar uno de los nodos desde los cuales Níger reorganizó su dispositivo militar después de la retirada de las fuerzas francesas y estadounidenses. El levantamiento tuvo además ramificaciones más amplias que las de un reducido grupo de soldados descontentos: distintas informaciones señalan contactos o adhesiones procedentes de unidades del sudoeste del país, precisamente algunas de las regiones donde las Fuerzas Armadas han soportado fuertes pérdidas frente a organizaciones vinculadas a Al Qaeda y Estado Islámico.
Un levantamiento que también nace dentro
Ese componente obliga a evitar una explicación demasiado cómoda. El levantamiento no puede atribuirse automáticamente a una operación extranjera. Existe un problema interno que el gobierno nigerino y la propia AES deberán afrontar. Las Fuerzas Armadas de Níger llevan años sometidas a una guerra extremadamente desgastante en Tillabéri, Tahoua y otras regiones fronterizas, con numerosas bajas, problemas logísticos y unidades que operan permanentemente bajo presión. Parte del malestar que alimentó la rebelión parece provenir precisamente de sectores militares afectados por esa situación. Las dificultades para contener completamente a los grupos armados después de tres años de gobierno de Tiani introducen además una contradicción particularmente sensible: la recuperación de la seguridad fue una de las principales razones utilizadas para justificar la ruptura con el orden anterior.
Pero esa contradicción debe colocarse en perspectiva. El deterioro de la seguridad saheliana no comenzó con los gobiernos actuales. Durante más de una década, Francia desplegó sucesivamente las operaciones Serval y Barkhane, mientras Estados Unidos construyó una importante infraestructura militar y de inteligencia en Níger y la Unión Europea multiplicó sus programas de cooperación en seguridad. Sin embargo, lejos de desaparecer, los grupos armados expandieron su capacidad territorial y operativa. La promesa de que la militarización occidental estabilizaría el Sahel terminó chocando contra sus propios resultados. Los gobiernos surgidos desde 2020 en Malí, Burkina Faso y Níger heredaron esa guerra, pero también asumieron la responsabilidad política de demostrar que la ruptura con el antiguo dispositivo podía producir una alternativa.
Ahí reside probablemente una de las mayores amenazas reveladas por los acontecimientos del 29 de agosto. La soberanía política no garantiza por sí misma seguridad, cohesión militar ni capacidad estatal. Un proceso soberanista que no consiga mejorar las condiciones materiales de sus Fuerzas Armadas, reducir las pérdidas humanas y recuperar territorialmente las regiones periféricas puede terminar incubando dentro de su propio aparato militar las contradicciones capaces de debilitarlo. La AES enfrenta, por lo tanto, una batalla que no se libra solamente contra las organizaciones armadas ni contra las presiones externas: también debe demostrar que puede construir Estados más eficaces que aquellos que heredó.
Reconocer esta dimensión interna, sin embargo, no obliga a ignorar el contexto geopolítico. Desde julio de 2023, Níger expulsó a las fuerzas francesas y estadounidenses, denunció acuerdos militares heredados, abandonó la CEDEAO junto con Malí y Burkina Faso, profundizó sus relaciones con Rusia y avanzó sobre sectores estratégicos de su economía. La disputa con la francesa Orano por el uranio nigerino convirtió además la cuestión de los recursos naturales en uno de los escenarios más visibles de esa ruptura. Son demasiados intereses afectados como para analizar una crisis política nigerina como si ocurriera dentro de una cápsula aislada del sistema internacional.
Por ahora, sin embargo, no existe evidencia pública suficiente que permita atribuir la financiación u organización del levantamiento a Francia, Estados Unidos, la CEDEAO o cualquier otra potencia extranjera. La pregunta debe permanecer abierta y será necesario seguir las investigaciones nigerinas sobre los autores, cómplices y eventuales apoyos del levantamiento. Identificar quién se beneficiaría con la caída de Tiani no equivale a demostrar quién organizó el intento de desplazarlo. Pero el razonamiento inverso sería igualmente ingenuo: desconocer la enorme estructura de intereses económicos, militares y geopolíticos afectada por el giro de Níger impediría comprender por qué la estabilidad de este país se convirtió en una cuestión que excede ampliamente sus fronteras.
El momento elegido
Hay, además, una coincidencia temporal imposible de soslayar. El levantamiento comenzó precisamente cuando Niamey estaba completando un paso fundamental en la institucionalización de la Confederación de Estados del Sahel. El 24 de agosto habían sido investidos en la capital nigerina los 45 diputados del nuevo Parlamento confederal y entre el 26 y el 29 se desarrolló su primera sesión ordinaria. Entre sus primeras estructuras quedó constituida una Comisión de Defensa y Seguridad destinada a trabajar sobre cooperación militar, policial e intercambio de inteligencia entre Burkina Faso, Malí y Níger. Mientras esa primera experiencia parlamentaria confederal llegaba a su última jornada, una parte del Ejército nigerino intentaba tomar la principal base aérea de la capital.
La simultaneidad no demuestra causalidad, pero modifica necesariamente la dimensión política del acontecimiento. La AES nació en septiembre de 2023 como respuesta defensiva ante la amenaza de una intervención militar contra Níger después de la caída de Mohamed Bazoum. Desde entonces atravesó una transformación acelerada: de una alianza militar pasó a constituirse como Confederación, produjo mecanismos de coordinación política y económica y comenzó a construir instituciones comunes. El Parlamento inaugurado en Niamey representa precisamente ese salto cualitativo. Ya no se trata únicamente de tres gobiernos que cooperan frente a una amenaza, sino del intento —todavía incipiente y plagado de dificultades— de crear una estructura política regional alternativa a aquella que durante décadas organizó Francia alrededor de sus antiguas colonias.
Por eso, la pregunta acerca de si el levantamiento buscaba únicamente desplazar a Tiani o si objetivamente golpeaba al proceso confederal es legítima. Un colapso del gobierno nigerino habría producido consecuencias inmediatas sobre toda la AES. Níger constituye el puente territorial entre Malí y Burkina Faso hacia el enorme espacio sahariano, posee recursos estratégicos fundamentales —uranio y petróleo entre ellos— y ocupa una posición geopolítica determinante entre África occidental, el Magreb y Libia. Desestabilizar Níger significaría abrir una fractura en el centro mismo del proyecto confederal.
La respuesta de la AES mostró que sus miembros también parecen comprenderlo de esa manera. La Confederación expresó inmediatamente su respaldo a las autoridades nigerinas, destacó la actuación de las fuerzas leales y llamó a las poblaciones de los tres Estados a permanecer vigilantes frente a los intentos de división y desestabilización. El lenguaje utilizado no fue solamente el de la solidaridad diplomática con un gobierno vecino. La AES presentó la estabilidad de Níger como una cuestión vinculada directamente con la unidad, la cohesión y la estabilidad de todo el espacio confederal.
Conviene aquí realizar otra precisión. Hasta el momento no está suficientemente acreditado que unidades de los ejércitos de Malí y Burkina Faso hayan participado directamente en los combates de Niamey. La respuesta militar inmediata descansó fundamentalmente sobre las fuerzas leales nigerinas, asistidas durante la recuperación de la Base 101 por efectivos del Africa Corps ruso. Las informaciones disponibles sitúan entre 200 y 300 los efectivos rusos presentes y señalan que intervinieron después de una solicitud de las autoridades de Níger. La actuación vuelve a mostrar hasta qué punto Moscú ha ocupado parte del espacio de seguridad abandonado por Francia y Estados Unidos, aunque también introduce una pregunta inevitable para un proyecto que reivindica su soberanía: hasta dónde puede construirse autonomía regional dependiendo militarmente de una nueva potencia extrarregional.
Argelia y una nueva arquitectura regional
La reacción argelina añade una dimensión todavía más importante. El 30 de agosto llegaron a Níger cuatro aviones de combate enviados por Argelia como apoyo a las Fuerzas Armadas nigerinas. La Agencia Nigerina de Prensa presentó explícitamente el despliegue como parte del fortalecimiento de la cooperación estratégica entre ambos países. No es un movimiento menor para Argelia, un Estado históricamente cuidadoso respecto de la proyección militar directa fuera de sus fronteras.
Argel no integra la Confederación y mantiene diferencias considerables con algunos de sus miembros, especialmente con Malí. Pero comparte casi mil kilómetros de frontera con Níger y tiene razones estratégicas profundas para impedir que el país se desestabilice. Una implosión nigerina ampliaría los corredores de circulación de organizaciones armadas, tráfico de armas y redes criminales hacia el sur argelino, además de abrir un nuevo espacio para la intervención de potencias extrarregionales en una zona que Argel considera parte inmediata de su seguridad nacional. Su respaldo a Niamey no necesita, por lo tanto, surgir de una adhesión ideológica al proyecto de la AES para convertirse objetivamente en un factor favorable a su supervivencia.
Esto permite observar el episodio desde otra perspectiva. Durante casi dos décadas, la seguridad del Sahel fue presentada internacionalmente como un problema que necesitaba ser administrado desde París, Washington o Bruselas. África aparecía nuevamente como territorio de intervención y no como sujeto productor de su propia seguridad. La crisis de Niamey muestra un escenario diferente. Frente a una amenaza contra uno de los gobiernos sahelianos, la AES reaccionó políticamente, las fuerzas nigerinas conservaron la mayor parte de su cohesión, Rusia intervino militarmente y Argelia desplegó capacidades aéreas en apoyo de Níger. No estamos todavía ante un sistema autónomo de seguridad africano —la propia presencia rusa obliga a evitar esa exageración—, pero sí ante el derrumbe del antiguo monopolio occidental sobre la arquitectura militar del Sahel.
Y quizás allí aparezca una de las consecuencias más importantes de este fin de semana. La Confederación todavía no posee una fuerza capaz de resolver por sí sola todas las amenazas que enfrentan sus miembros, pero empieza a producir una lógica regional según la cual la desestabilización de uno deja de ser exclusivamente un problema nacional. Ese principio estaba escrito desde la Carta de Liptako-Gourma de 2023, que estableció que cualquier ataque contra la soberanía y la integridad territorial de uno de sus integrantes sería considerado una agresión contra todos. Lo ocurrido en Níger permitió comprobar, en una situación crítica y concreta, cuánto de aquella declaración comienza a transformarse en comportamiento político.
La Confederación frente a su primera gran prueba
La imagen final del 29 de agosto contiene casi todas las contradicciones del nuevo Sahel. Mientras en Niamey terminaba de constituirse una institución destinada a integrar políticamente a Níger, Malí y Burkina Faso, en esa misma ciudad una fractura dentro de las Fuerzas Armadas amenazaba con derribar a uno de los tres gobiernos que construyeron la Confederación. Mientras el proyecto soberanista intentaba consolidar instituciones propias, necesitaba todavía asistencia militar rusa para resolver una amenaza interna. Y mientras las viejas potencias occidentales perdían capacidad de intervención directa, un actor africano de la dimensión de Argelia decidía involucrarse en la defensa de la estabilidad nigerina.
Por eso sería insuficiente leer lo ocurrido como otro intento de golpe de Estado en una región acostumbrada a las rupturas militares. La verdadera pregunta es si el 29 de agosto constituyó la primera gran prueba de resistencia del proyecto confederal saheliano. Todavía es demasiado pronto para saber quiénes acompañaron a los militares sublevados, si existieron financiamientos externos y hasta dónde llegó la trama que sostuvo el levantamiento. Esas respuestas serán fundamentales y cualquier conclusión anticipada debilitaría el análisis. Pero hay algo que los acontecimientos ya permiten observar: una ruptura del poder en Níger dejó de ser exclusivamente un asunto nigerino.
La supervivencia de la AES dependerá precisamente de lo que ocurra después de esta crisis. Expulsar bases extranjeras, revisar contratos sobre recursos estratégicos o romper con estructuras regionales heredadas puede constituir un acto de soberanía; construir soberanía efectiva es bastante más difícil. Exige Estados capaces de controlar sus territorios, Fuerzas Armadas cohesionadas, instituciones que trasciendan a sus dirigentes y mecanismos regionales capaces de responder sin reproducir nuevas dependencias. Níger acaba de mostrar las fragilidades que todavía atraviesan ese camino, pero también reveló algo que hace apenas tres años no existía: cuando uno de los Estados del Sahel estuvo en peligro, alrededor suyo apareció una arquitectura política y militar dispuesta a impedir su caída.
Tal vez ésa sea la verdadera dimensión del fracaso del levantamiento. Los militares sublevados intentaron quebrar el poder en Niamey y terminaron poniendo a prueba algo mucho mayor. La Confederación respondió, sobrevivió a la crisis y comprobó que su existencia empieza a modificar los cálculos de poder en la región. La próxima batalla será demostrar que esa solidaridad defensiva puede transformarse en soberanía material, seguridad y desarrollo para sus pueblos. Porque sólo entonces la AES dejará de ser una alianza nacida de la resistencia para convertirse verdaderamente en una alternativa de poder en el Sahel.
Fuente: PIA Global/Beto Creemonte

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