Tres años de barbarie y complicidad global. Palestina como espejo del colapso del sistema internacional: Artículo exclusivo para la Redh de Hindu Anderi
Este siete de octubre se cumplen tres años de un horror continuado, transmitido en vivo y directo de manera desvergonzada a través de los grandes medios de comunicación corporativos y las plataformas digitales.
En estos últimos tres años hemos sido testigos, unos pasivos y otros no, de la transmisión de escenas que solo imaginamos en la ficción de terror: personas quemadas vivas, cadáveres despedazados por animales hambrientos, cuerpos a los cuales les han extraído sus órganos, niños y niñas mutilados, prisioneros violados y torturados, imágenes cadavéricas de niños sometidos al hambre hasta morir, una realidad atroz que, lamentablemente, se ha ido normalizando en las redes sociales y ante los ojos de la comunidad internacional.
Durante todo este tiempo, la humanidad ha sido testigo de una tragedia inenarrable, sin que se haya materializado una iniciativa seria, real y contundente para detener el crimen y castigar a los responsables por parte de las instancias internacionales formalmente llamadas a defender la paz mundial y los derechos fundamentales de los seres que habitamos este planeta.
Esta inacción prolongada y calculada convierte a dichos organismos en cómplices directos de la muerte de cientos de miles de personas. Esta política de exterminio ha sido aplicada sistemáticamente contra el pueblo palestino por el régimen sionista de Israel, el cual ocupa su territorio de forma ilegítima desde el año 1948.
Dicha ocupación primigenia fue posible, precisamente, gracias a una decisión adoptada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), sobre cuyos hombros pesa la mayor responsabilidad moral y jurídica de este genocidio que hoy enluta a la humanidad.
La ONU, concebida en su momento para sustituir a la fracasada Sociedad de Naciones, fue creada por la comunidad internacional de posguerra con el objetivo supremo de garantizar que los horrores vividos por la población europea no volvieran a repetirse jamás. Sin embargo, la historia contemporánea muestra una amarga paradoja: aquellos horrores no solo se han vuelto a repetir con total impunidad, sino que han sido superados en crueldad y sofisticación por las fuerzas que ejecutan los dictámenes de un régimen de ocupación racista y fascista como el israelí.
Crimen contemporáneo y la quiebra estructural del sistema internacional
El surgimiento de este crimen contemporáneo tiene sus raíces profundas en la incapacidad estructural del sistema internacional para hacer cumplir sus propias resoluciones y normativas. Un sistema decadente que tolera golpes de Estado, invasiones, injerencia en procesos electorales, secuestro de presidentes y amenazas a quienes no se someten a los intereses del Gobierno de los Estados Unidos, que se atreve a despojar descaradamente los recursos de las naciones al más puro estilo pirata.
La partición de Palestina que dio pie a la ocupación colonial ignoró de manera flagrante los derechos inalienables de la población nativa, desatando una Nakba permanente que no ha cesado desde entonces, frente a la resistencia e insurgencia legítima de un pueblo que lucha por recuperar su libertad y soberanía.
El fracaso histórico de los Acuerdos de Oslo
A este trasfondo de despojo se suma el estrepitoso fracaso del proceso de paz y de los Acuerdos de Oslo, firmados en Washington D. C. en 1993 y en Sharm el-Sheij en 1995. Si bien fueron celebrados en su momento por la diplomacia internacional como un hito histórico hacia la paz en Oriente Medio, la realidad demostró que constituyeron un absoluto espejismo y una farsa estratégica.
Los asuntos más críticos —como el estatus de Jerusalén, el derecho al retorno de los refugiados, las fronteras definitivas, los asentamientos ilegales y el control hídrico— fueron aplazados indefinidamente hacia una supuesta «etapa final» que nunca llegó.
En lugar de un Estado soberano, el proceso fragmentó Cisjordania en zonas artificiales (A, B y C), dejando el control militar absoluto en manos de Israel para facilitar una colonización masiva. Hoy, Cisjordania también es víctima de un genocidio.
Por otro lado, se estructuró la Autoridad Nacional Palestina (ANP) bajo un rol administrativo subalterno que, en la práctica, terminó cumpliendo funciones de contención y control sobre su propia población, lo cual blindó los intereses de seguridad de la potencia ocupante.
Esta farsa quedó al descubierto con la aceleración colonizadora posterior, el fracaso estrepitoso de la Cumbre de Camp David en el año 2000 y el estallido de la Segunda Intifada. Las sucesivas rondas de diálogo promovidas por Occidente han servido únicamente para ganar tiempo mientras avanza el exterminio.
Impunidad sistémica y la trilogía de la complicidad
A la quiebra de los acuerdos políticos se añade una impunidad sistemática alimentada por el uso recurrente y discrecional del veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, así como por la falta de sanciones económicas o diplomáticas efectivas. La normalización mediática del sufrimiento palestino pone de manifiesto una peligrosa y cínica doble moral, donde los derechos humanos se invocan o se archivan selectivamente en función de las conveniencias geopolíticas de las potencias hegemónicas.
La inacción cómplice de la Organización de las Naciones Unidas, la Unión Europea y el Gobierno de los Estados Unidos conforma una trilogía macabra que ha permitido que el genocidio en Palestina continúe diezmando a la población y condenando a toda una generación a la discapacidad. Frente a este panorama de desolación institucional, resulta evidente que las vías convencionales han fracasado. Se argumenta con urgencia que solo la aplicación de medidas drásticas de gran escala —tales como la intervención diplomática y política de carácter coercitivo, los boicots corporativos y el impulso decidido a regímenes globales de sanciones y desinversiones— podría forzar un cambio definitivo y obligar al cese de la masacre.
La sombra de un arsenal prohibido: continuidad y devastación en el conflicto
Durante décadas, la población civil palestina, dentro y fuera de su territorio, ha sufrido los estragos de un devastador arsenal de armamento avanzado —producido y suministrado mayoritariamente por Estados Unidos— que incluye desde bombas de racimo y de fósforo blanco hasta mortíferas bombas de vacío y metralla. Este macabro cóctel bélico, diseñado para maximizar el daño estructural y humano, quedó crudamente expuesto en episodios históricos como la invasión de Líbano en 1982. En aquel entonces, estos artefactos fueron empleados de manera indiscriminada contra zonas densamente pobladas y campamentos de refugiados, bajo una estrategia que buscaba sembrar el terror sistemático y diezmar a la comunidad.
Este patrón de violencia extrema adquiere una dimensión aún más sombría al recordar masacres emblemáticas como las de Sabra y Chatila, perpetradas en ese mismo contexto histórico y bajo la misma lógica de aniquilación. Lejos de ser hechos aislados del pasado, el uso de este tipo de armamento y tácticas refleja una continuidad preocupante que se perpetúa en las masacres actuales. Las cicatrices de aquellas intervenciones siguen abiertas en la memoria colectiva, evidenciando no solo el sufrimiento ininterrumpido de las poblaciones civiles frente a la superioridad militar del ente colonial y de ocupación de carácter fascista y la inacción internacional, sino también la responsabilidad histórica de las potencias extranjeras que abastecen y avalan esta maquinaria de guerra.
Entre las ruinas y las cifras invisibles: la tragedia incalculable en la Franja de Gaza
Las estadísticas suelen resultar datos odiosos o inexactos, ya que muchas veces se basan en encuestas, registros no científicos o cifras que no abarcan la totalidad de la realidad. Esta limitación en los recuentos se hace evidente en situaciones extremas como en esta etapa del genocidio que tiene lugar en la Franja de Gaza desde el siete de octubre. En un territorio de trescientos sesenta y cinco kilómetros cuadrados, donde dos millones y medio de personas vivían hacinadas y cuya infraestructura ha sido destruida en al menos un noventa y dos por ciento, el alcance real de la tragedia humana es difícil de dimensionar. Considerando la magnitud de los explosivos utilizados, equivalentes a varias bombas atómicas, diversas estimaciones sugieren que el número de víctimas fatales podría superar el millón de personas, una cifra que contrasta con los datos oficiales provenientes de centros de salud, dado que la mayor parte de los fallecidos quedó en las carreteras o permanece bajo los escombros.
La imposibilidad de rescatar los cuerpos y de contabilizar con precisión científica a los desaparecidos genera un vacío informativo que desvirtúa la dimensión real del desastre. Los hospitales, colapsados y bombardeados sistemáticamente, apenas logran registrar a quienes ingresan con signos vitales en sus últimas horas, dejando fuera de todo registro oficial a miles de almas sepultadas instantáneamente por toneladas de concreto y acero.
El mapa del desarraigo: un desplazamiento perpetuo que evoca 1948
La destrucción ha sido prácticamente total. Según establecen los organismos internacionales, millones de quienes habitaban Gaza han quedado sin hogar y ahora, como en 1948, viven desplazadas en su propio territorio. Este éxodo forzado y constante no es un daño colateral accidental, sino una reedición de la catástrofe histórica que marcó al pueblo palestino, obligándolo a deambular de un extremo a otro de una franja cercada, sin ningún lugar seguro donde guarecerse, siendo además perseguidos y «cazados» como presas por los mercenarios sionistas.
Los campamentos improvisados se multiplican en zonas costeras o en terrenos baldíos, expuestos a las inclemencias del tiempo, sin tiendas de campaña adecuadas, abrigos ni sistemas de saneamiento básico. La repetición de este patrón de desplazamiento busca fragmentar el tejido social, despojar de identidad y memoria a las comunidades, y sumir a la población en una precariedad permanente que dificulta cualquier atisbo de resistencia o recuperación colectiva. Se trata de una política para arrasar la vida del pueblo palestino.
La sed como estrategia: la aniquilación sistemática del recurso vital
Los servicios públicos son nulos y el suministro de agua, vital para sobrevivir y para atender a los miles de enfermos y heridos, para suplir las necesidades básicas y el mantenimiento de los pocos espacios de atención, está prácticamente ausente, puesto que la infraestructura y plantas de tratamiento se encuentran en situaciones catastróficas. Por lo tanto, el pueblo no recibe ni consume agua limpia.
La falta de energía eléctrica impide el funcionamiento de las bombas de extracción y de las plantas desalinizadoras, obligando a la población a consumir agua salobre o contaminada, lo que ha provocado una epidemia descontrolada de enfermedades gastrointestinales, hepatitis y afecciones cutáneas. La sed se convierte así en un mecanismo silencioso de desgaste físico, diseñado para doblegar la voluntad de un pueblo entero mediante la privación de los elementos más elementales para la vida humana.
El hambre como arma de guerra y el bloqueo absoluto de la supervivencia
En relación con la ayuda humanitaria, al bloqueo que mantiene el régimen de ocupación, que impide la entrada de alimentos, medicinas e insumos necesarios para la vida, se suma la destrucción de las vías de acceso, condenando a los y las palestinas a la peor de las situaciones y utilizando el hambre como arma letal contra quienes han tenido la suerte o la desdicha, según su criterio, de sobrevivir a los bombardeos y las masacres.
Las imágenes de niños y niñas con desnutrición severa, con los rostros demacrados y los cuerpos reducidos a la mínima expresión, recorren el mundo mientras camiones cargados de provisiones permanecen varados a pocos kilómetros, impedidos de ingresar por una burocracia militar cruel y deliberada. El uso del hambre no solo destruye los cuerpos, sino que degrada la dignidad humana, obligando a las familias a realizar búsquedas desesperadas de harina en medio de zonas bombardeadas, arriesgando la vida por un mendrugo de pan.
Las iniciativas para atender la emergencia sanitaria, de salud y de alimentos son prohibidas o atacadas, como ha ocurrido en varias oportunidades con el Convoy a Gaza o la Flotilla de la Libertad, cuyos integrantes han sufrido detención, torturas y hasta violaciones.
El borrado de la memoria: la destrucción deliberada del patrimonio histórico y cultural
A toda esta situación se incluye la destrucción planificada de patrimonios históricos de la humanidad como museos, bibliotecas, mezquitas, iglesias y sitios históricos. Este ensañamiento contra los bienes culturales representa un intento deliberado por erradicar la memoria histórica, las raíces y la identidad milenaria del pueblo palestino en la región.
Al arrasar con archivos históricos, universidades y centros culturales, el genocida busca cortar el vínculo entre las nuevas generaciones y su pasado, intentando demostrar que no solo se destruye el presente físico de Gaza, sino también su derecho a la memoria, a la narrativa propia y al reconocimiento de su existencia cultural en el mapa del mundo, mientras el invasor falsifica la historia y se la roba para justificar su presencia en una tierra que nunca le pertenecerá.
El rostro silenciado del horror: las mujeres, objetivo militar
Los sufrimientos causados a la mujer como consecuencia de este genocidio son tremendos. Ellas sostienen el peso invisible del cuidado familiar en medio del caos absoluto, gestionando la escasez extrema, protegiendo a los huérfanos y enfrentando el duelo por la pérdida de sus hijos, esposos, padres, hermanos y hogares, todo ello mientras padecen directamente la violencia de los ataques o son asesinadas por francotiradores.
La falta de productos de higiene íntima, la ausencia de privacidad en los campamentos de desplazados y la vulnerabilidad ante la violencia estructural exacerban su sufrimiento. Las mujeres de Gaza encarnan la resistencia cotidiana, enfrentando el dolor con una entereza sobrehumana en un entorno donde cada amanecer es una batalla por mantener con vida a los suyos.
El colapso del sistema sanitario se traduce en una precaria o nula atención a las enfermedades crónicas y la falta de medicamentos. Ahora hay por lo menos unos 20 mil pacientes que deben salir de Gaza para recibir atención médica especializada y ello es impedido por el régimen de Israel.
Enfermedades como el cáncer, la insuficiencia renal y las cardiopatías graves, que en otras circunstancias tendrían a ser tratadas o controladas, se convierten hoy en sentencias de muerte inevitables, al igual que para aquellos que sufren las heridas de las mutilaciones. La prohibición de evacuaciones médicas al exterior actúa como un filtro letal, donde la burocracia militar decide quién vive y quién muere, denegando permisos a pacientes pediátricos y adultos que agonizan lentamente ante la inercia de la comunidad internacional.
La mujer palestina venía desde el inicio de la ocupación sufriendo la violencia de los militares o mercenarios quienes les impedían cruzar los puntos de control para ir a recibir atención médica. Los casos del colapso de ancianas o mujeres pariendo en los checkpoints se contaron por miles. Hoy, en medio de esta catástrofe, ello ha empeorado.
En el caso de las embarazadas, no solo no cuentan con una debida y necesaria vigilancia médica, sino que sus bebés deben compartir la incubadora con hasta dos y tres neonatos más. Los partos se atienden en condiciones infrahumanas, muchas veces en el suelo de pasillos oscuros, bajo la luz de los teléfonos celulares y sin anestesia disponible para las cesáreas de emergencia.
Los recién nacidos, privados del calor y del oxígeno adecuado, luchan por respirar en aparatos colapsados que operan al margen de sus capacidades técnicas debido a la falta de combustible. Esta realidad expone la crueldad más absoluta del genocidio, donde el milagro de la vida es recibido en el escenario más hostil imaginable, amenazado desde el primer segundo por la barbarie y la indiferencia global.
Prensa bajo fuego: Un saldo vergonzoso.
La tragedia que vive la libertad de expresión y de prensa en Gaza se suma a los devastadores eventos que hemos observado en vivo. Este territorio se ha convertido en el lugar más peligroso para ejercer la profesión. A las pérdidas humanas, la destrucción constante de infraestructuras se une la inoperancia del sistema internacional que han creado un escenario desolador el cual parece no tener fin.
Lo más crítico en este panorama es la sistemática eliminación de quienes informan. La muerte de unos 260 periodistas, camarógrafos y fotoperiodistas no es sólo una cifra récord o una tragedia para sus familias, sino un atentado directo contra la verdad, representando un capítulo verdaderamente vergonzoso para el ejercicio de la profesión en la actualidad.
Israel mientras prohíbe la entrada a la prensa internacional, a medios independientes, tiene en la mira de sus fusiles a los reporteros palestinos que se mantienen firmes cubriendo el genocidio.
Manipulación de la fe para justificar el dolor humano
El análisis de la religión como fenómeno geopolítico y social revela dinámicas complejas en esta ocupación, donde la fe a menudo trasciende su ámbito espiritual para convertirse en un instrumento de influencia y legitimación.
Lejos de limitarse al uso de armamento convencional, diversas estrategias han incorporado la dimensión religiosa para moldear la opinión pública mundial e intentar justificar la ocupación del territorio.
Históricamente, Palestina representa la cuna de las tres grandes religiones monoteístas, un espacio donde nació la diversidad religiosa y la coexistencia del judaísmo, el cristianismo y el islam.
Esta riqueza cultural desmiente la narrativa de atraso, posicionando a la zona como una defensora histórica del respeto interreligioso.
La contradicción surge cuando los procesos de ocupación son liderados por grupos de procedencia diversa, sin raíces nativas milenarias en la región, desafiando los principios de autodeterminación popular basados en la historia, nacionalidad y origen común.
Esta manipulación ideológica ha permeado profundamente en ciertos sectores de las iglesias cristianas evangélicas, particularmente en aquellas corrientes que comulgan con el sionismo político. Esta alianza ha conferido una supuesta justificación espiritual a la barbarie, legitimando las acciones del régimen y los ataques sistemáticos contra la población civil de Palestina bajo la narrativa distorsionada de una defensa de un pueblo elegido por Dios.
Palestina es causa de humanidad
Ante este panorama terriblemente inhumano, la solidaridad se erige como el verdadero motor de esperanza para los pueblos y se consolida como un pilar fundamental en la construcción de un mundo más justo. Cuando las comunidades se unen por encima de las fronteras geográficas, ideológicas, religiosas o culturales, demuestran que el bienestar propio es absolutamente inseparable del bienestar común.
Este compromiso fraterno encuentra su reflejo más profundo en la lucha del pueblo palestino. Profundizar en esta perspectiva nos conduce a comprender con absoluta claridad que Palestina es una causa de humanidad, debido a que la humanidad misma se ha convertido en la causa intrínseca de Palestina.
Este pueblo heroico no se encuentra luchando en solitario contra las expresiones más crueles del fascismo contemporáneo, el imperialismo depredador y el sionismo expansionista; por el contrario, es la humanidad entera la que combate de manera simbólica y material, a través de la resistencia palestina, contra aquellos males sistémicos que pretenden asfixiar y acabar con la vida, la libertad y el futuro de la especie humana.
Por esta razón histórica, ética y humana, resulta indispensable que las acciones de solidaridad desplegadas desde los diferentes rincones del planeta dejen de limitarse a la declaración formal o al simbolismo abstracto. Es una exigencia inaplazable que el apoyo popular y político adquiera una incidencia real, interviniendo con voz activa en las decisiones de los gobiernos y parlamentos para traducir el clamor de las calles en resoluciones vinculantes capaces de frenar la barbarie y garantizar la reconstrucción soberana de una Palestina libre. La historia no solo juzgará la brutalidad de los opresores, sino también el silencio cómplice y la inacción calculada de quienes ostentan el poder de detener la tragedia.

Huele a azufre es una plataforma digital de análisis geopolítico contrahegemónico, que busca visibilizar las voces y los discursos silenciados por el poder mediático.
