¿Tu verdad? No, la Verdad.
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Resulta casi imposible hoy —me refiero al hoy de las redes sociales y al ahora de las plataformas digitales— no verse envuelto en polémicas de todo tipo y permanecer al margen del interminable ruido de la orquestada indignación polarizante. Asistimos, eso sí, la mayoría de las veces, como público incidental que participa sin saber que lo hace, en el espectáculo del algoritmo de la discordia, las invectivas de enjambres y los escándalos en tendencia. Y el espectáculo es variopinto, se mueve en un continuo infinito de versiones sobre un mismo hecho —si lo hubo— con lo cual se complacen todos los gustos y los disgustos. Así nada concluye y nada termina de empezar. Algunos foros y temas que nos embisten ofrecen densidad y sentido pero sucumben a la brevedad del formato. Otros, muy dentro de la coyuntura resultan pertinentes, incluso provechosos, por su originalidad performativa y cierta capacidad de incidir en la realidad social. Por supuesto, abunda la contraparte: aquellos que premian lo pueril, lo pasional, lo fatuo. Están aquellos que tienen una mayor sobreexposición y, por eso mismo, un rango superior de eficacia para gobernar la conversación: son los de corte calculadamente injurioso, conspiranoico, inicuo, falso y pernicioso. Pero diremos que todos tienen su encanto. Sin excluir los más procaces dimes y diretes que se aventuran a explorar las profundidades de la vasta necedad humana. Lo tienen en tanto prometen algún despliegue de interés argumentativo y, quisiéramos creer que también participan en algún grado del coraje de debatir vox populi y de manera abierta, aunque no sea sino por afición a la controversia.
Con todo, no estamos tan seguros de que podamos entender el fenómeno de las redes como una democratización del debate, ni mucho menos a estas plataformas donde invertimos gran parte de nuestra vida, como tecnologías que fomentan la confrontación de ideas y la optimización de los derechos políticos. Ello sin negar la utilidad que potencialmente tiene esta dimensión de la comunicación para ejercer la denuncia, la opinión, incluso la creación artística y el intercambio intelectual. Pero es inevitable además, en estos tiempos, no encontrarse justo en el lugar donde se cruzan los fuegos del insulto y la cancelación, donde, en definitiva, están prohibidas las neutralidades y son inaceptables los matices semánticos. Justo allí se experimenta el “deber” imperativo de tomar partido. No hacerlo, o hacerlo de manera insuficiente, significa declararse en beligerancia, involuntariamente, contra todos los bandos en guerra, o bien ser su presa. Lo que hace evidente la naturaleza polarizante de estos espacios que, si no condicionan del todo las posibilidades del sano desarrollo del coloquio público al menos limitan sus cualidades. ¿Estamos acaso pretendiendo que se suprima el carácter polémico y conflictivo de la confrontación de opiniones? ¿Apostamos por no tomar partido de nada? Ni en las peores pesadillas. La lucha por el sentido es lo que mueve a la inteligencia a producirlo y sólo posicionándose en la contradicción se hace posible el sentido. Pero esta es una parte apenas, ya que si esta lucha no contuviera a la vez la armonía y la conciliación, se anularía a sí misma por exceso de negatividad. Por esto resulta forzoso reconocer que, queramos o no, en las Redes Sociales terminamos intoxicados de pura negatividad, al punto de correr el riesgo de rechazar, a priori y por igual, toda tentativa de discusión. Incluso aquella que es valiosa y tributa en buen modo a la vida pública. A esta intoxicación se refirió Sócrates en su último diálogo, Fedón, llamándola por su nombre: misología. Hoy diríamos un odio, un asco, un miedo, un desencanto, un desprecio a la discusión, al arte de argumentar y a la responsabilidad, y al derecho, de dar razones. Una debilidad antropológica de la que saca partido el capitalismo de la atención en nombre de un espurio pluralismo.
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¿Nos imaginamos así la publicitada era de la información y del conocimiento, en la que se anunciaba la participación igualitaria, el triunfo de la heterodoxia y, por añadidura, de la libre expresión de todos los ciudadanos? Supongamos que no. Pese a la evidencia negativa que arrojan las redes sociales en este sentido: sociedades fragmentadas, polarizadas y cada vez más reacias a la razón ajena. Identidades segmentadas y cada vez más cerradas en fundamentalismos de vieja y nueva data, y en general una hostilidad y desconfianza frente al pensamiento dialéctico. Aún cuando todo ello sea real, podemos decir que no es suficiente motivo para declarar el fracaso del pluralismo ni la ineficacia de los debates horizontales. Al contrario, un balance con estos resultados adversos nos lleva a entender que necesitamos más, mejores, nuevas y, sobre todo, distintas condiciones para una vida razonada y razonable en la que se fortalezca el deseo de saber. Antes de exponer algunas ideas al respecto, es preciso definir qué entendemos hoy por pluralismo y fijar, como mínimo, un consenso: el de la importancia de restaurar su auténtico sentido. A nuestro modo de ver, el pluralismo es la celebración y el ejercicio de la razón divergente. Celebración de las desaveniencias sí, y ejercicio de su noble disputa. Es el reconocimiento del valor cognitivo que supone la necesidad de considerar las distintas hipótesis, los discursos y las expresiones afectivas del ser humano en la procura del conocimiento y el autoconocimiento. El pluralismo es una ética que da igual derecho a los caminos emprendidos desde los sesgos culturales, las ideologías políticas y los dogmas religiosos; a las dudas y los sistemas filosóficos; a las intuiciones artísticas, las opiniones técnicas y vulgares, las proposiciones falsas y verosímiles, así como a las creencias existentes, nobles e innobles, de cara al encuentro con lo real. Todo ello bajo la aceptación de que existen, en efecto, verdades universales y de que éstas, difíciles de alcanzar como son, exigen poner a prueba y en condiciones de igualdad, todas y cada una de las posibilidades que tenemos de rozarlas. Pero esto no equivale a decir que todas las opiniones o perspectivas valgan por igual, ni que sean justas, bellas o siquiera razonables por el sólo hecho de que alguien las formule. Antes bien, será la confrontación honesta y benévola —agregaría Sócrates— de esas opiniones, la que permita el procedimiento lógico de descartar las peores, conservar las mejores y afinar las que resulten más consistentes con la virtud.
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Tan problemático como definir el pluralismo podría ser asumir su método dinámico. El principio fundacional del pluralismo es que todos reconocemos la existencia de la verdad y que nadie la posee en su totalidad. Lo que rige en el debate plural no es la igualdad de valor de las opiniones, sino del derecho a expresarlas. En todo caso, en ello radica la colaboración que puede darse entre lo perfecto y lo imperfecto de las creencias, opiniones y dogmas humanos. Esto es muy distinto de lo que observamos hoy dentro y fuera de las redes, cuando se practica o se habla de un tipo de pluralismo, a nuestro parecer, falso, acrítico y favorable a todo tipo de indefiniciones, que pretende validarlo todo por igual y sin examen, a fuerza de negar la existencia misma de las verdades. Sería más justo y conveniente llamarlo relativismo y reconocer y advertir, que en su reinado digital los hay de todo tipo: moral, político, cultural, y de ninguno podemos esperar menos que un nuevo tipo de nihilismo reaccionario, estetizado y mimetizado en épicas narcisistas o en materialismo simplificante. Entendemos el relativismo como lo opuesto a la idea de pluralidad presentada aquí en tanto que éste niega la legitimidad de toda certeza tanto como niega la posibilidad del error puesto que admite la ausencia de un valor absoluto, sin el cual no tienen cabida ni el diálogo filosófico, ni el debate político, ni la búsqueda espiritual, ni la construcción de acuerdos. Una tiranía de la opinión identitaria que consiste en que yo tengo derecho a imponer mi opinión pero ninguno a evaluarla. Allí donde no hay espacio para la crítica ni la refutación se instala la descalificación. Tal es el régimen subjetivo en el que se mueve nuestro tiempo: el mundo de la posverdad, la pospolítica, la contrailustración y el poshumanismo en ciernes. Todo ello en nombre de una extraña libertad individual que se ufana de ser incompatible con el sentido de la vida común. No hay misología sin misantropía pues el ser humano es sobre todo un ser lógico, y esta pérdida de amor por lo que somos y sabemos tiene consecuencias en nuestra relación con lo real. Se pierde, como vemos que sucede concretamente a nivel global, un horizonte común: el sentido del bien compartido y los valores universales. Así terminamos odiando las cosas que por excelencia debíamos amar: la vida propia y colectiva, la justicia, el amor, lo sagrado, la belleza, el asombro, la dificultad, la diferencia; y, en consecuencia, enamorándonos de lo que nos hace infelices: la soledad, la mentira, la injusticia, el rencor, el sinsentido, el autoritarismo, la fealdad y la simpleza de lo igual. Por eso es necesario combatir el relativismo porque si bien no es la causa única de la actual desorientación humana, opera como su principal agente.
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Resulta inútil e insensato abandonar el mundo tal cual es. Por muy refractaria que resulten las Redes Sociales a los efectos de un pluralismo fuerte, nuestro deber es insistir allí, pues allí se juega el intelecto humano su destino. A dónde sino allí se repliega y esconde de su propia responsabilidad de pensar. No podemos decretar la inocencia de las psicotecnologías, pero sería insuficiente recargar en ellas toda la culpa. La caverna digital tiene la complejidad de ser tan confortable que nos exige duplicar el trabajo de persuadir a los que en ella se hospedan. La posibilidad de replantear un pluralismo está latente. Y no es poco lo que hay que hacer: por una parte se debe desmontar la falacia del relativismo perspectivista y por la otra reivindicar la paradoja en la que lo distinto y divergente tengan que identificarse y converger, por un momento al menos, en la necesidad de sostener una verdad común, no tu verdad sino La verdad, como me lo recuerda mi maestro parafraseando a Machado, cuando yo también sucumbo a la desorientación. Y entonces La verdad nos exigirá someternos de nuevo, y juntos, al laborioso examen dialógico y a las rigurosas leyes de su dialéctica. Está latente, decimos, pese a que la evidencia diga lo contrario. ¿No es precisamente cuando todo se ha vaciado que tiene sentido empezar a llenarlo? Y lo llenaremos, no de dogmas ni de doctrinas, ni de teorías, ni de correcciones axiológicas, sino de necesidades: la necesidad de necesitar, por ejemplo. La del apetito, del deseo, de la gana de pensar, de saber, de entender que es cierto: sólo la verdad, incluso la más amarga de todas, nos hará libres.
Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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