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Pacto de La Meca: a la sombra de la arquitectura imperial de OTAN para desencadenar una guerra contra Yemen

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El “Pacto de La Meca” revela una doble moral: alianza militar para defender intereses saudíes en Yemen e inacción frente al genocidio de palestinos por Israel.

El denominado “Pacto de La Meca” articula una alianza militar entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán para defender agresivamente los intereses de la monarquía saudí en Yemen, al tiempo que pone de manifiesto su incapacidad para movilizarse de manera similar frente al genocidio de palestinos perpetrado por Israel en Gaza y Cisjordania.

Hace unas semanas, las élites gobernantes de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán sellaron el denominado “Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca”, un pacto de defensa mutua concebido explícitamente para emular la arquitectura imperial de la alianza militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), liderada por Estados Unidos.

El lunes, tras una cumbre de emergencia celebrada en Riad, a la que asistieron los dirigentes civiles y militares de los tres países, estos activaron oficialmente sus “medidas de disuasión colectiva”.

En cuestión de instantes, Ankara e Islamabad acordaron desplegar rápidamente fuerzas militares en territorio saudí, mientras se desencadenaba en Yemen una brutal ofensiva terrestre respaldada por Arabia Saudí.

Que este momento quede grabado en la memoria como el día en que las máscaras cayeron definitivamente.

Con una rapidez asombrosa, estos actores demostraron que, cuando están en juego los intereses de una monarquía multimillonaria, las máquinas de guerra más formidables del mundo islámico pueden movilizarse de la noche a la mañana.

Sin embargo, este despliegue de poderío militar, ejecutado con una eficacia extraordinaria, no inspira orgullo. Despierta una profunda indignación.

Durante casi tres años, la Umma mundial —la comunidad islámica global— ha contemplado la aniquilación sistemática de los palestinos en la Franja de Gaza, retransmitida en directo. Millones de nuestros hermanos y hermanas han pasado hambre, han sangrado y han muerto bajo una incesante campaña de bombardeos sionistas en Gaza.

¿Y cuál ha sido la respuesta de Riad, Ankara e Islamabad? Una auténtica lección de cobardía burocrática, resoluciones sin fuerza efectiva y condenas vacías, más teatrales que sustanciales.

Cuando se trata de Yemen, una nación ya asolada por el hambre, fragmentada y exhausta tras una década de intervención imperialista, la respuesta de estas capitales es una invasión multinacional ejecutada con mano de hierro.

Pero, cuando se trata de Palestina, donde el deber moral de intervenir es absoluto, estos mismos gobernantes descubren de repente las virtudes de la paciencia diplomática y la contención geopolítica.

La activación del denominado “Pacto de La Meca” hace añicos la gran mentira con la que estos países musulmanes han justificado su parálisis. Durante años, aseguraron a sus poblaciones que una intervención militar directa para salvar a Palestina era imposible, que supondría el riesgo de una guerra regional de mayor envergadura o que los obstáculos logísticos eran insuperables.

El rápido despliegue en Arabia Saudí deja al descubierto el carácter cobarde y fabricado de semejante argumento. Los obstáculos desaparecen cuando existe voluntad política.

Turquía cuenta con la segunda mayor fuerza militar permanente de la OTAN. Pakistán es una potencia nuclear. Arabia Saudí dispone de un presupuesto de defensa capaz de engullir economías nacionales enteras. Juntos, estos tres países constituyen una fuerza geopolítica aparentemente imparable.

Sin embargo, esta maquinaria de poder ha sido diseñada para orientarse hacia dentro: aplastar la disidencia regional, proteger las rutas comerciales del capital global y garantizar la supervivencia de regímenes autoritarios.

Al priorizar un escudo defensivo para el trono saudí mientras permiten la destrucción total de la sociedad palestina, estos gobernantes han realizado un cálculo frío y transaccional: las vidas palestinas valen poco, mientras que las infraestructuras del golfo Pérsico son sagradas.

La bancarrota moral de Riad queda ahora expuesta ante el mundo. Durante décadas, la monarquía saudí se ha amparado en el prestigio de custodiar los lugares más sagrados del islam, reivindicando su liderazgo espiritual sobre más de mil millones de musulmanes.

Pero el verdadero liderazgo islámico no se hereda mediante linajes reales ni se compra con petrodólares: se conquista convirtiéndose en escudo de los oprimidos.

Movilizar agresivamente una alianza multinacional contra Yemen mientras se mantiene una actitud pasiva y de mero espectador ante el genocidio que continúa en Palestina constituye una renuncia absoluta a esa responsabilidad. Es una traición al espíritu mismo de la umma mundial.

Este pacto deja al descubierto la podredumbre estructural que corroe los cimientos del sistema de seguridad regional. Demuestra que los miles de millones invertidos en armamento occidental nunca tuvieron como finalidad defender a los débiles ni liberar territorios ocupados. Estas armas se mantienen en reserva para proteger los palacios de la ira de los pueblos de la región, y su uso se calibra cuidadosamente para no generar fricciones con Washington ni con su aliado estratégico en Tel Aviv.

La historia dejará constancia de que, cuando las élites militares del mundo musulmán finalmente se unieron para construir un muro de defensa colectiva, no lo levantaron alrededor de los hospitales asediados y azotados por el hambre en Gaza. Tampoco lo construyeron para proteger a los niños de la Cisjordania ocupada. Lo erigieron alrededor de los lujosos palacios de Riad.

El “Pacto de La Meca” quizá consiga proteger los intereses de la monarquía en Yemen, pero ya ha sufrido una derrota irreversible y devastadora ante el tribunal de la conciencia humana.

Al demostrar una movilización total en defensa de una monarquía acaudalada mientras abandonan Palestina a las cenizas, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán han revelado a sus pueblos una verdad estremecedora: para los gobernantes de esta región, la solidaridad es un mito y la hermandad, una mentira destinada a mantener calladas a las masas.

Las calles no olvidarán esta traición.

Fuente: Hispantv/ Iqbal Jassat

 

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