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Digger: satírica, ridícula y aterradora

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Digger, la última película de Alejandro González Iñárritu y protagonizada por el mejor Tom Cruise que hayamos conocido, ha despertado tanto odio y tanto amor a la vez, que habría sido un acto de apatía no verla. Sería una inconsecuencia al menos para mí que, no siendo crítico de cine, intento ser un buen aficionado, y lo soy en particular, del autor de Amores Perros, 21 gramos, Babel, Bardo; entre otras imprescindibles. Notables todas precisamente por su factura siempre casada con la honestidad y el coraje de tomar ciertos riesgos a la hora de examinar e interpretar las complejidades del alma humana. Notables también por su efecto: el de inquietar e incomodar tanto a la prensa especializada como al espectador cosmopolita, y sin embargo, permanecer, pese al ruido refractario, en la memoria colectiva como una parte —cándida o insana—de nuestra vida. Queda claro desde aquí que mi comentario no se sitúa en el terreno de los detractores, pero convendría advertir que tampoco me propongo hacer una apología del film pues, siendo la obra maestra que creo que es, confío en que ella se defenderá sola. Por otra parte, nos conviene trepar esta ola de indignación y euforia para averiguar qué hay debajo de la virulencia que rodea tanto a Digger como al propio director. Y nos conviene porque consideramos importante preguntar por las posibilidades que tiene hoy el humor —ese de quien espero la salvación— de sobrevivir a la cancelación moderna. ¿Cuáles son los epítetos más usados en contra de Digger? Se le acusa de ser presuntuosa, autocomplaciente y megalómana. A veces en alusión a las imperfecciones que, según los avezados, superan con creces los aciertos de la película. Estas son las más discutibles. Otras, y son las que abundan, van directamente ad hominem: lo cual se traduce en una animadversión tan subjetiva contra Iñárritu que no tiene caso siquera sopesarlas.

¿Cuándo es una obra presuntuosa y autocomplaciente y qué tan sólidas son estas críticas? Intentaremos discutirlo sin hacer demasiados spoilers. La objeción más implacable señala que el principal fallo de Digger es la brecha que hay entre lo que promete dar y lo que finalmente cumple. Según esto, la película de Iñárritu es ambiciosa desde el punto de vista temático, suntuosa desde el punto de vista de la producción, y recargada de efectos técnicos, de giros dramáticos y, en contraste, ineficiente para realizar el propósito de toda película: contar una historia de forma clara y emotiva. Es verdad que el tema que encara Iñárritu no es baladí, nada más y nada menos que la crisis multidimensional de nuestro tiempo. Asunto tan complejo y simple a la vez que podría resumirse en la contradicción terminal entre el poder —tal como se concibe y practica en la modernidad— y la cada vez más inaccesible realidad vital. Para nosotros de eso va Digger. El cambio climático, la obscena y absurda acumulación de riqueza, la indolencia ante la vida, el cinismo político, la corrupción moral y el control total de la percepción y los relatos, son expresiones de esa pugna existencial. Pero también es cierto que por eso mismo se elige la forma más compleja de tratar las cosas: el humor. Y no hablamos de un humor anodino y genérico, Iñárritu ha elegido de todas sus formas la más hiriente: la sátira. Entendemos acá por sátira el género en el que se exhiben los abusos, vicios y defectos humanos sometiéndolos al ridículo, todo con el fin de avergonzar. Dicho esto, no perdamos de vista la correspondencia que debe existir entre la forma y el fondo de una obra, sin lo cual es imposible hacernos de un juicio. Para analizar cinco movimientos dramáticos que a nuestro entender la hacen consistente como la “sátira, ridícula y aterradora” película que se anuncia desde el principio, nos ayudaría revisar antes algunas tesis sobre el humor, pues creo que la principal dificultad estará en conciliar si Digger es una sátira fallida o por el contrario, tan bien lograda que cuesta perdonarle tanta exposición al absurdo.

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Hablar de humor desde la teoría es ya un mal chiste, quién no lo sabe. Pero no tenemos otra alternativa al perspectivismo. En cualquier caso pensar con algunos conceptos que rigen la materia nos evitaría el desencuentro entre lo que a cada quien le parece que es o no es gracioso. Bergson explica, en su célebre ensayo “La risa”,  que lo cómico nace cuando detectamos que cierta conducta mecánica se interpone en la vida, cuyos rasgos principales son la flexibilidad, la espontaneidad y lo cambiante. Es la automatización, la inercia de lo repetitivo lo que da lugar a la risa. Bergson, que no se proponía agotar el concepto, no obstante llegó a definir muy bien que para reír antes debemos “anestesiar el corazón” pues el enemigo natural de la risa reside en las emociones. Para él la comicidad está relacionada con la inteligencia y no con los afectos. De hecho piensa que para reír se necesita cierta indiferencia y distancia ante aquel o aquello que la produce. Se suspende momentáneamente toda compasión, asegura. No es lo mismo ver caer aparatosamente a un desconocido en la calle que a un familiar: del primero nos reímos, del segundo nos condolemos y corremos a socorrerlo. Agrega Bergson que la función de la risa es social pues siempre nos reímos juntos, con otros y de otros, y por ruin que nos parezca la burla —estamos en la era del antibullying— ella es un remedio común contra la rigidez que conlleva el peligro de volvernos autómatas. Desde la corriente bergsoniana sería difícil concederle a Digger el reconocimiento que reclama su director —precisamente el que sea recibida su película como una comedia negra— puesto que el terror y la risa, según lo expuesto, no podrían ir juntas sin que la emoción termine devorando a la jovialidad y propagando simplemente lo grotesco. Freud por su parte piensa las cosas de manera distinta. Escribe primero, en 1905, “El chiste y su relación con el incosciente”, donde, grosso modo, propone que el chiste es una manifestación del incosciente, por los mismos mecanismo que el sueño, y su placer se debe a que nos permite expresar lo hasta entonces reprimido sin pagar tributos a la censura. Lo cruel, lo procaz y obsceno se libera socialmente. Veinte años después y disintiendo consigo mismo, modifica su teoría en un segundo ensayo titulado “El humor”. En primer lugar separa el chiste del humor concibiendo a este último como una actitud ante el dolor y la adversidad. El humorista sin reprimir el dolor no niega la gravedad de los acontecimientos y así se sustrae parcialmente del poder de estas condiciones. Y esa actitud es interpretada como un triunfo del yo sobre la amenaza de su abatimiento. Así el sufrimiento no tiene la última palabra. Freud se fascina al entender que el humor transforma nuestra relación con la desgracia en el sentido de que le imprime una perspectiva superior al sometimiento: parece decirnos que el humor es pura resistencia lúcida que, sin vencer las circunstancias, nos sitúa en ellas de una mejor manera para afrontarlas. No podemos enfocarnos ahora en las diferencias entre Bergson y Freud, pero es necesario resaltar que allí donde el primero ve frialdad, el otro lo interpreta como un triunfo de los afectos. Si para los bergsonianos el humor opera como una corrección social, para los freudianos es una liberación placentera. Digger es humor en el sentido freudiano y entenderlo así nos da el pretexto, este aburrido domingo, de pensar en qué condiciones se encuentra nuestra voluntad de reír ante la encarnada distopía que llamamos mundo.

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El primer movimiento de la película nos revela la tesitura con la que se va a contar esta historia. Abre con la caricatura de un megalómano magnate cuyo único atisbo de ternura y apego es su obsesión por prolongar la vida a su moribundo gato. Un gesto que está más cercano a la soberbia que al amor, por supuesto. En el estudio de su lujosa mansión empieza todo. Allí se calcula y decide el destino pueblos enteros, según el interés económico de unos pocos. Un millonario anciano, omnipotente y narcisista, se juega  la salud del planeta y su única preocupación será controlar la narrativa: el cómo se contará la historia. No es una hipótesis fantástica por cierto —como tampoco era de ficción el tío rico del Pato Donalds— y probablemente esa alusión directa a la crisis energética y climática que representa hoy un problema de supervivencia para la humanidad, sea el primer motivo de inhibición moral para la recepción de esta agria comedia, “de proporciones catastróficas”, como bien la califica Ignacio Ramonet. De acuerdo. La situación es trágica pero también es ridícula si pensamos en los mitos y las promesas que han sustentado y permitido al capitalismo desarrollista avanzar por el camino más expedito hacia la extinción. Eso representa la pala del abuelo de Digger: una alegoría del sepulturero que cava su tumba. El segundo movimiento de la película nos lleva a ello y es que Digger se niega a tomar en serio las alarmas de la ciencia y las señales de la propia realidad, porque ponen al descubierto el impacto letal de su actividad económica sobre la vida. Entre la prudencia responsable, que no da dividendos, y la arrogancia desiderativa que le otorga la ilusión de tener el control de la naturaleza, opta por la desmesura. El tercer movimiento no necesita mucho análisis salvo el de certificar que de un tiempo para acá es la realidad quien escribe la mejor ficción. Un gabinete de crisis encabezado por el Presidente de los Estados Unidos, su Vicepresidente y el Alto Mando Militar, infantilizados en su senectud, se reúnen en la mansión de Digger. Nadie sabe qué hacer ni a nadie importa el impacto del asunto. Ahora es el azar quien está al mando. Entre mofas y descabelladas soluciones despunta la única preocupación genuina: cómo controlar la narrativa. La solución a la catástrofe es imponer a través de la manipulación de los algoritmos una realidad virtual. Digger no es un magnate consentido por el poder político, él es el poder, el sistema personificado. Allí termina todo. Y entre el inicio y el final  del final del mundo, Iñárritu se juega la mayor de las ironías en un penúltimo y peliagudo movimiento. Europa en pocas horas será borrada por un tsunami y es el momento de rendir cuentas, o mejor decir, de contar la versión que más convenga al poder. La ciencia con muy poca autoridad moral sólo atina a decir: lo advertimos y nadie escuchó; que es, en el fondo, admitir el fracaso de la civilización. Pero acá está muy claro el toque de realismo que impregna la comedia, esta ciencia que nos advierte nunca ha sido independiente: Ganesh, el científico, es un empleado de la corporación de Digger. El vicepresidente, a su vez, da la cara por su jefe y responde con una predecible y demagógica solidaridad. Y, finalmente, el punto de controversia de toda la película: Digger admite ante la asamblea, con esmerado cinismo, todo lo ocurrido y, siendo el sofista que es, construye una gran mentira a base de pequeñas verdades. Su relato se fundamenta en la responsabilidad colectiva, el sistema somos todos y todos deseamos que siga sin freno a pesar de las consecuencias pues la vida individual dentro del capitalismo, tecnológicamente confortable, que nos brinda la ilusión de seguridad y felicidad mediante el consumo ilimitado, tiene costos. Es la falacia de la huella de carbono per cápita, que pretende homologar el hecho de que usted se coma un bistec, con las emisiones de Co2 de una gigante energética como la pérfida Exxon Móbil, por ejemplo. Estamos frente a la privatización de la ganancia y la democratización de la culpa. Por supuesto que el argumento con el que pretende justificarse el sistema es tan fraudulento como sus muestras de preocupación o los planes de mitigación que se exponen en cada cumbre, ante el terrible impacto ecológico y social del extractivismo, usura y explotación de la vida. Lo que no invalida una idea que está subyacente y es que finalmente la solución política reclama una ética activa ante el inminente cataclismo. El capitalismo nos impone por muchas vías el relato según el cual fuera del sistema no hay posibilidad de mundo. Tengamos en cuenta que no es Iñárritu quien habla a través de Digger, ni siquiera lo hace su siniestro personaje a través de su sátira. En esa escena nos está hablando la lógica que nos gobierna en la vida real. Y nos estamos enfadando con quien nos demuestra que alguien se burla de nosotros. En esa situación tan ridícula nos encontramos todos. Pero el ridículo, que es el corazón de una sátira, puede ser la fuerza redentora de todo humor. Así es como Freud lo afirmaba, así es como creo que Iñárritu lo plantea desde el inicio y como lo reafirma en el quinto movimiento: descubrimos que lo que vemos es un espectáculo dentro de otro. El teatro visto por el cine. El subdrama es intrínseco a la historia: los propios actores cuestionan la deriva de la obra porque en ella se juega la memoria de los hechos. En ella se decide la percepción de la realidad y está el peligro de la rebelión. Claramente la crítica a la sociedad del espectáculo, para usar el término de Guy Debord, interpela al arte como alienación y a la fascinación del ser humano por las imágenes, la representación y la mentira que entraña. La función no está al servicio de la verdad sino del aplauso, el viejo vicio de la teatrocracia helénica llega a nosotros intacto con el rostro de la infocracia para llenar los espacios que atañen a la conciencia política. La obra funciona, a la gente le gusta así “ridícula y aterradora”, como dice Kenny Rockwell, sobrino de Digger, financista del espectáculo y, para nosotros, el personaje clave de toda esta historia. Si ya la broma era oscura este giro desconcertante le devuelve un brillo pero de esos que encandilan.

No es fácil contar una crisis de las proporciones que hoy vivimos, en la que se encuentran enmarañados todos los conflictos civilizatorios: la decadencia moral, el vacío espiritual, el desencanto cultural, el fracaso del capitalismo, el nihilismo político, con cada uno de los matices y cada una de sus aporías internas. Y definitivamente no hay una manera correcta de hacerlo, ni mucho menos una que traiga la receta para curar aquellos males que decimos. Con lo cual es insensato esperar de una película lo que no demandamos de una iglesia, o de una corriente filosófica, ni de una ecuación matemática, ni por supuesto de un solo modelo político. De Digger o bien se esperaba esto o algo más. Siendo justos no es poco lo que ofrece: a nuestro juicio logra poner bajo las luces de la escena todos los elementos necesarios para entender qué tipo de yugo nos está llevando, como especie, a la autodestrucción: la tiranía de la irracionalidad. Eso representa Digger: un chiste muy serio y unas carcajadas que aterran.

Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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