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4a

¿Cómo habla, cómo se sienta y cómo camina 

aquel cuya mente es estable?

Bhagavad Gita

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Hay palabras que, por algún extraño destino, tienen dueño y sólo a razón de esa misma particularidad podemos sentirlas nuestras. Tengo la creencia de que esas palabras son especiales y se dan por ello de manera exclusiva a algunos seres capaces de proveerles un verdadero sentido, de prestarles su peso, un lugar y hasta su vida, para presentarlas al mundo tal cual son: una ofrenda, una posibilidad siempre nueva. ¡Una voz! Sucede, por ejemplo, con la palabra atención: esa que hoy titula nuestro monólogo y que se inspira, sin más, en el legado ético de su legítima propietaria: la filósofa francesa Simone Weil.

¿Quién puede negar que tanto la vida como la obra de esta mujer estuvieron al servicio de un solo fin: prestar absoluta atención a la realidad y a la finalidad última de las cosas? Es decir, al alma de lo concebible y de lo inconcebible. A nuestra capacidad de entender, y aún más, de ofrecer, desde las cosas mismas, un conocimiento de la condición humana. Los cuadernos de Simone Weil parecen haber cumplido, por cierto, una misión nada modesta: la de salvaguardar las filigranas de un lenguaje esencial que hoy se despliega, en el vacío del habla, como una constelación de conceptos y metáforas suficientemente bellas y fuertes para enfrentar la desgracia del mundo y reconocer, por igual, el bien más preciado que lo complementa. Todo con la misma rigurosidad y cortesía, y siempre desde la misma curiosidad. El que la haya leído sabe que no se enfrenta a una obra sino a algo más deslumbrante todavía: una escritura, es decir, un pensamiento en gestación. Fiel al interés por los detalles de las cosas, que ella misma aplicó en la cotidianidad de su vida, me permito repasar cómo llegué a Simone Weil. Su libro La gravedad y la gracia fue un obsequio, uno más, de mi primer mentor, a quien también debo el amor a la poesía. Se llamaba Emilio Tesoro, pero se identificaba como un veterano de la Guerra Civil Española que aun siendo muy niño peleó del lado de la República, por supuesto, y conservaba recuerdos de una vida que pudo ser. Está claro que la anécdota de ese encuentro con la voz de Weil solo tiene importancia para mí. Pero quizá sí le interese al lector atento las razones que me dio aquel generoso y viejo ácrata para elegir, entre su amplia biblioteca, precisamente estos fragmentos que Gustave Thibon, amigo de nuestra filósofa, publicó en 1947 tras 4 años de la muerte de Weil.

De la edición me advirtió que abundan reservas pero que no teníamos más remedio que buscar allí el núcleo de sus ideas. Todo su énfasis estaba puesto en ponderarla como una mente excepcional, una filósofa que resultaba virtuosamente incómoda a muchos, a causa de su fidelidad a la verdad. Decía que no era muy conocida todavía, salvo entre cristianos de izquierda, y algunos anarcosindicalistas, pero que iba a serlo muy pronto, al punto de ocupar un lugar privilegiado en la consciencia de un nuevo tiempo y esto, repetía con amargura, muy a pesar de la mezquina intelectualidad contemporánea. Porque en ella, afirmaba como si la hubiera conocido en persona, confluyó todo lo que importa en el ser humano de un modo problemático: un saber del alma sin religiosidad, un compromiso social libre de dogmas partidistas, una densidad intelectual al servicio de la vida práctica, y la compasión acompañada del entendimiento. Y una mirada estética implacable para juzgarlo todo según la belleza. “A ti, sobre todo, te convendrá leerla desde tu afán de ser poeta”. Lo recuerdo porque aquello lo escribió en una carta mecanografiada con la que hizo acompañar ese regalo. Y porque comprendí que aquellas claves de iniciación me estaban preparando para algo mucho más urgente que una simple curiosidad intelectual.

2

Atender es un verbo que proviene del latín y al descomponerlo etimológicamente se nos presenta con la sugerente imagen de un cuerpo que se estira, y se hace más cuerpo, para aproximarse físicamente a algo que no es él pero está a su alcance. La palabra implica por tanto y al mismo tiempo: movimiento y tensión, acción y retracción. Literalmente significa estirarse o tender hacia algo, pero en el lenguaje weiliano es portadora de un concepto del que depende, en buena medida, la verdad de nuestras vidas. ¿De qué hablaba Weil cuando se refería al acto de atender? A una concepción positiva de la pausa y lentitud que nos permite una verdadera relación con el tiempo y con el ritmo de la propia existencia que hace posible el pensar. Relación efectiva que se practica en lo concreto y sus hechos. Hablamos de personas reales que demandan ayuda, causas justas que nos obligan a participar colectivamente, manifestaciones de la belleza que requieren nuestro afecto para ser únicas, desgracias que deben ser comprendidas más allá del sufrimiento. En fin, la atención es el método, el cómo salimos de nosotros hacia la singularidad de aquello que es diferente. Del cosmos, la lucha política, de la solidaridad con el de al lado, a la encarnación de una certeza universal aplicada a las nimiedades domésticas. Para Weil pensar no es un ejercicio pasivo sino el resultado de una acción, de un estar afuera, ante la vida misma, deteniéndose en ella para intervenir. Atender es, por tanto, entenderse a uno mismo frente al mundo. En sus palabras sería “girar toda el alma hacia el bien, para actuar y transformar”. Maurice Blanchot, probablemente el mejor de sus intérpretes, reconoce en Weil a un espíritu más platónico que cristiano y no sólo por lo que respecta a la cuestión de la Idea del Bien; incluye en su criterio todo lo que atañe a sus conceptos de voluntad, deseo y sufrimiento. En efecto Weil no pretendía ser una pensadora original en el sentido equívoco de la palabra, sino aquella que trabaja a favor de mejorar las condiciones espirituales de su época para el reencuentro con la filosofía. Filosofía en singular pues para ella se trata de una sola “nueva y muy antigua” a la vez. Así el conocimiento no se crea, se recuerda y se reinterpreta en la acción a través de los tiempos. Pero hay algo más característico en ella: el modo de asumir la atención como acciones de un deber: prestarse a mirar para hacer ver a otros, a escuchar para que muchos más oigan no sólo las majestades del ser sino también la brutalidad que lo constituye. Es la primacía pedagógica como sustento de ese deber que rige todo pensar. Por ello entiende la atención como actividad, por ello no habla de contemplación. Concebida así, la conjugó con el compromiso en una misma ética abierta a cuanto entrañaba un saber. Aprendió griego antiguo y sánscrito para traducir fragmentos de la Ilíada, de los Diálogos socráticos y de los cantos védicos. No se conformó con las descripciones críticas que hace Marx en El Capital y se fue a trabajar en una fábrica de la Renault donde padeció junto a los obreros la explotación, hasta deteriorarse por completo la salud. Participó en la lucha contra Franco desde las milicias anarquistas de Durruti. Volvió a Francia deseando servir en la resistencia sin fuerzas físicas para el combate y terminó asumiendo la redacción de una constitución para la Francia libre. Trabajó de maestra, en faenas agrarias, extendió su existencia al conocimiento de los misterios antiguos. Asumió los riesgos de darle su atención a todos las cuestiones de su tiempo y de la tradición: el deseo, la voluntad, la violencia, el Estado, la teología, la guerra, el arte, las matemáticas, la ciencia, la cultura egipcia. Escribió al menos 16 mil folios entre libretas, cuadernos, artículos de prensa, hojas sueltas y embriones de libros, sin excluir su correspondencia. Escribió siempre. Hasta el último momento de su corta vida llevó una libreta y un lápiz para transmitir las certezas que le habitaban —ella nunca diría que poseía. En una famosa carta dirigida al poeta Jöe Bousquet, quien se había hecho lector y comentarista de sus manuscritos, le agradece con una frase que ilumina esta parte medular de su filosofía: “la atención es la forma más rara y pura de la generosidad.” La sabiduría, si es algo, tiene todo que ver con el agradecimiento.

3

Lleva razón Weil: tal vez la mejor forma de dar sea recibir. Y la recepción humana sea la experiencia más radical de una soberanía individual que nos da “la gracia” para que podamos existir inclinados al bien. Tendidos hacia la verdad, es decir, conforme a las virtudes de nuestra propia naturaleza. Pareciera ser la vida en su operatividad, tan inteligible, tan conmensurable y tan reflexiva en cada una de sus manifestaciones. La más común es estética: apreciemos, por ejemplo, que ese pájaro que canta lo hace al compás del amanecer. O con aquellas expresiones matemáticas: detengámonos en esos patrones geométricos acuciosamente plasmados en la piel de una piña. Fijémonos en la lógica transparente que rige el crecimiento de una raíz en busca de agua. La vida habla siempre, fuera y dentro de nosotros, dice, se expresa, se presenta, a veces con gravedad, otras con sutileza, pero nunca sin inteligencia. Y tendría que haber alguien para recibir todo aquello. La ciencia en el fondo reconoce que la vida es demasiado perfecta para ser “un accidente” explicable y Simone Weil nos autoriza a añadir que esa perfección guarda relación con lo sagrado. Ese carácter divino se expresa de mejor manera en el amor que nos mantiene humanos. Amor por el conocimiento en primer lugar, amor, en consecuencia, por la verdad, por lo bueno y por lo bello. Y entonces el origen de nuestra desgracia podría radicar en la pérdida de esta condición individual que queremos elogiar: el don de atender y detenerse, de pensar y propagar lo pensado. Dicho de otro modo la desatención con la que nos acostumbramos a vivir es la causa de la ignorancia y la esclavitud.

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Distracción: he allí la palabra “enemiga”. También ella procede del latín distractio y evoca una acción de arrastre en diferentes direcciones a la vez, cuyo efecto no sería otro que el de una dolorosa división. Citando el diccionario significa “tirar de algo hacia lados opuestos hasta romperlo o separarlo”. Tensar el arco de la mente o dejarse arrastrar, parece ser el asunto. Si  pensamos con detenimiento, lo que subyace en la guerra cultural y tecnológica a la que estamos sometidos, probablemente tiene mucho más que ver con el propósito de distraer la percepción humana que con la obstinada pretensión de imponer determinado relato. De ahí que su forma ya no sea el control informativo ni la pura censura sino, por el contrario, la de una saturación mediante la planificación del caos: hiperinformación, exceso de ruido, sobreexposición a imágenes y datos, infinitos estímulos sensoriales que nos predisponen al consumo compulsivo de contenidos fragmentarios, en un volumen capaz de producir a la vez hartazgo. Nos distraen, efectivamente. Nos mellan el asombro con chatarra digital, y poco a poco nos disuelven la memoria. Por esta razón nadie está en condiciones de preguntar ¿por qué se ha vuelto tan voraz nuestra manera de ver, tan efímera nuestra experiencia de escuchar y tan impersonal nuestra relación con el lenguaje? ¿Por qué se imponen sobre nuestras cualidades receptivas, tanto intelectuales como sensibles,  la velocidad y el volumen, la brevedad y la discontinuidad, la emoción intrascendente, la pereza y el desinterés? Efectivamente la atención es un territorio en disputa y el objetivo de esta guerra que decimos no es otro que el de suprimir, hasta vencer por completo, nuestra  autonomía de sentirnos y pensarnos, de atendernos y cuidarnos en lo individual y en lo político. Condiciones indispensables para querer buscar y encontrar, de un modo consciente, a los otros. Si es evidente que el declive de la atención es hoy la forma más común de la mezquindad y el egoísmo, no puede serlo en menor medida el hecho de que bastaría, al menos para empezar, con que pongamos el deseo en emancipar nuestra percepción y, ya dueños de nuestro interés, viremos el alma hacia las cosas esenciales de la vida. La esperanza está en volcar nuestra atención, diría Weil, hacia aquella “atención que hace imposibles”.

Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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