Portada » Tres equívocos sobre el capitalismo
3a

Todas las miradas críticas conectan la revolución digital con la crisis del capitalismo. Es evidente que la mutación tecnológica irrumpe en un marco de múltiples tensiones de ese sistema, con las consiguientes controversias sobre las consecuencias de ese impacto.

Tres enfoques llaman la atención por su evaluación de esos efectos. La tesis tecno-feudal postula que la transformación digital autodestruye al sistema y la visión poscapitalista también considera que ese cambio tiende a anular el régimen vigente. La teoría de la policrisis opta, en cambio, por soslayar la centralidad del capitalismo en el devenir actual. Estas tres visiones comparten errores en la caracterización del período en curso.

PARENTESCOS Y CONTRAPOSICIONES

La reciente tesis tecno-feudal tiene muchas familiaridades con su precedente poscapitalista, que en la década pasada enunció un conocido analista de la revolución digital. Al igual que Varoufakis, Mason postuló que la expansión de la informática corroía al capitalismo hasta forzar su desaparición.

Partiendo de esa percepción postuló la inminencia de una era poscapitalista resultante de la masificación de las computadoras, Internet y las redes. Estimó que el régimen actual no podría absorber ese explosivo incremento, porque a su entender esos artefactos disolvían los mercados y destruían los derechos de propiedad.

A diferencia de sus continuadores tecno-feudales, Mason enarboló la perspectiva inmediata e inexorable de un devenir poscapitalista por el impacto de esa tecnología. Consideró que la informatización reducía la necesidad del trabajo, demolía la fijación mercantil de los precios y suscitaba el espontáneo ascenso de una producción colaborativa[1].

Pero con ese enfoque reavivó el viejo objetivismo de las miradas que atribuyen límites absolutos a la subsistencia del capitalismo, por la expansión de los mecanismos que genera ese sistema. Su versión de esos presagios situó en la informática el gran escollo a la continuidad del capitalismo, retomando las miradas que observan a cierta tecnología como la fuerza principal y determinante de toda la evolución social.

Esa óptica invierte la causalidad de los procesos históricos y olvida que las revoluciones tecnológicas siempre emergieron al compás de las necesidades económicas y los requerimientos de los sistemas político-sociales prevalecientes.

La mirada poscapitalista retoma algunas ideas de los teóricos del Capitalismo Cognitivo, que han sido también revitalizadas por sus herederos del tecno feudalismo. Esas visiones atribuyen un papel preponderante al trabajo intelectual calificado en el nuevo escenario digital y en la consiguiente generación de los lucros que enriquecen a los dueños de las mega empresas informáticas[2].

Esa sintonía se verifica en el común señalamiento del papel protagónico de los asalariados, directamente involucrados en la generación de los conocimientos que motorizan Internet y las redes. Aunque la valoración de esas labores es muy distinta, esa variedad de enfoques converge en subrayar la nueva incidencia cualitativa del trabajo complejo.

Pero los parentescos concluyen ahí, puesto que tanto la mirada tecno-feudal como la poscapitalista divergen con el enfoque cognitivo en la valoración del capitalismo. Mientras que los teóricos de esta última visión sitúan las nuevas modalidades de trabajo en una nueva etapa del mismo sistema social, los partidarios de los otros dos planteos estiman que ese régimen social se autodestruye. Es muy distinto postular que el capitalismo ha cambiado, que dictaminar la desaparición o extinción de ese sistema.

La visión tecno-feudal diverge además del Capitalismo Cognitivo en la interpretación del tipo de trabajo que nutre al sistema, puesto que ubica a los usuarios como la nueva fuente de lucro. Con esa óptica remarca que las principales firmas ya no se apropian de la plusvalía generada por los trabajadores, sino de una renta provista por todos los genéricos participantes del mundo digital.

De ese postulado deduce la transformación de esos actores en “siervos de la nube” por el simple uso de las redes y la consiguiente provisión de la información que nutre la actividad de las empresas. Observa a esos agentes como prisioneros involuntarios de los algoritmos que enriquecen a los dueños de las nubes.

En lugar de profundizar la pista cognitiva de la nueva centralidad del trabajo mental en la generación de plusvalía, se pierde en la búsqueda de rentas sustitutivas de ese excedente. Por eso ese camino disuelve el análisis del sistema capitalista y transforma a la propia revolución digital en un proceso incomprensible.

LOS MONOPOLIOS DE SIEMPRE

Al igual que el enfoque tecno-feudal, la tesis poscapitalista estima que la irrupción de las redes anula los mercados, imposibilita la fijación de los precios e impone el predominio de las reglas discrecionales que establecen las grandes empresas. Supone que todas las cotizaciones imperantes en la economía están sujetas a la arbitrariedad de las cinco o siete corporaciones que dominan el mundo digital[3].

Pero si hubieran desaparecido esas normas objetivas que rigen el desenvolvimiento de la economía, resultaría imposible exponer algún análisis de esa disciplina o desenvolver algún principio, ley o teoría. No habría forma alguna de explicar el capitalismo y menos aún el poscapitalismo, lo que tornaría indescifrable al mundo actual.

En los hechos ocurre lo contrario. Los sucesos económicos pueden ser interpretados porque continúan desenvolviéndose en función de ciertos patrones de competencia, beneficio, explotación o acumulación. Y en torno a esos cimientos se mantienen en pie las viejas y contradictorias relaciones que enlazan a la competencia con los monopolios.

No es cierto que las grandes empresas hacen lo que quieren, fijando precios a su antojo. Están sujetas a reglas de costos, ganancias, ventas e inversión. Rivalizan en la propia economía digital por beneficios que provienen en mayor medida de transferencias de otros sectores, que del propio excedente generado en su sector. Esa plus-ganancia es un pilar central de sus beneficios y opera como un gran determinante de sus precios[4].

Las grandes firmas digitales disputan encarnizadamente la vigencia de sus patentes sabiendo que sus productos serán copiados. Buscan clientes, aseguran nichos y se financian en la Bolsa. Desde cualquier ángulo de su actividad es evidente que se comportan como empresas capitalistas, guiadas por las mismas normas que cualquier otra compañía del mismo sistema.

El desconocimiento poscapitalista de ese entorno ha sido heredado por el enfoque tecno-feudal, que observa a las plataformas digitales como entes manipulados por monopolios. Supone que los dueños de esas configuraciones neutralizan, anulan o canibalizan a los competidores, mediante su control de los datos, en todos los territorios virtuales del mundo digital[5].

Pero esa presentación choca con la realidad de empresas tecnológicas que rivalizan entre sí con gran virulencia. Lejos de operar fuera de los mercados están sometidas a esa confrontación con más intensidad que en cualquier otro sector.

Esa atadura a reglas de la competencia, no guarda ninguna relación con el imaginario neoclásico de infinitos agentes disputando tajadas, al compás de la oferta y la demanda. Ese fantasioso dispositivo nunca rigió bajo el capitalismo. Estuvo ausente en el nacimiento, la madurez y el declive de ese sistema. Siempre prevaleció la competencia en mercados rigurosamente segmentados por el tamaño de los intervinientes.

El capitalismo se asienta en una concurrencia que incluye momentos de mayor y menor predominio de los monopolios. El manejo de los precios por parte de esos grupos dominantes es periódicamente socavado por rivales del mismo porte. Esa permanente dialéctica que enlaza a la competencia con los monopolios, operó en todos los sectores y épocas del capitalismo. La era actual no es una excepción y en el sector tecnológico rige una rivalidad tan descarnada como en cualquier otro campo.

Basta con observar cómo las plataformas compiten cotidianamente a través de los precios y las cotizaciones bursátiles por la atracción de los inversores. Participan de un área de gran nacimiento y mortandad de empresas, signada por la disruptiva expansión de algunas firmas y el ruidoso desplome de otras. Todas batallan descarnadamente por imponer sus normas y conseguir los ansiados contratos de los gobiernos.

LA CENTRALIDAD DE LOS PRECIOS

En el universo de la IA, la confrontación entre OpenAI, Anthropic o Gemini se sucede con la misma contundencia, que las alianzas cruzadas entre esas mismas compañías. Se asocian en ciertos campos y disputan en otros, mediante complementarios acuerdos con los bancos y los fondos de inversión que los financian[6]. Esa variedad de movimientos es ignorada por las tesis tecno-feudal y poscapitalista, que simplemente omiten la continuada omnipresencia del capitalismo como rector de esas conductas.

La negación de esa evidencia, resaltando la fijación monopólica de los precios afrontó una desmentida tras otra desde la década pasada, a medida que la tecnología informática se expandió y consolidó, como el sector dominante del capitalismo digital. Los precios han continuado operando como la variable orientadora de todas las estrategias de las grandes empresas. Esas políticas incluyen mantener cotizaciones artificialmente bajas en ciertas actividades para conquistar mercados y fidelizar clientes, como siempre han hecho las grandes firmas de todas las ramas de la economía.

Los precios definen la inversión, los contratos, los suministros, el nivel de las acciones, el monto de los dividendos y la totalidad de los parámetros que guían el rumbo de las compañías. Sin precios no podrían operar y fijando un techo o un piso en forma arbitraria, tampoco podrían organizar el funcionamiento diario de su actividad.

Toda la cadena de valor de las empresas está construida en torno a cotizaciones, que no emergen de caprichos de la gerencia, ni de manipulaciones de los dueños. Son señales que guían la conducta de los capitalistas, en un sistema de competencia que no ofrece otros indicadores para definir los pasos a seguir. Es el gran barómetro para intervenir en la ciega competencia que rige al capitalismo, es la variable que permite el funcionamiento de ese sistema y opera también como el indicador de las grandes crisis.

Es tan erróneo suponer que la informática ha creado un mágico escenario de poscapitalismo en el siglo XXI, como imaginar que las plataformas de las Big Tech han sustituido las reglas del mercado por un “Gosplan privatizado”, semejante a la planificación soviética[7]. Lo que caracteriza a esas grandes empresas es el orden interno divorciado de la anarquía externa que caracteriza al capitalismo.

Todas las firmas funcionan en su propio circuito como bloques amoldados a reglas preestablecidas por la gerencia, que no se extienden fuera de la empresa. En este segundo ámbito rigen las exigencias del mercado y las normas del desgobierno competitivo. Esa contradicción entre planificación interna y desorden externo acompaña al capitalismo desde su origen y no se ha disipado en la era de las plataformas. Varoufakis y Mason confunden esos dos planos divergentes del sistema porque han olvidado el ABC del capitalismo.

GRATUIDADES Y COPIAS

La expectativa de una gran proximidad del poscapitalismo por mera expansión digital se basó en suponer que el desenvolvimiento de las redes imposibilitaría la continuidad del mercado por la propia naturaleza de la economía de la información. Mason atribuyó ese devenir a la reducción (y casi anulación) del costo de reproducción del conocimiento[8].

Consideró que el mundo de las redes facilitaba la copia infinita y gratuita de ese saber, tornando inoperantes las reglas de capitalismo. Estimó que el mercado ya no fijaba los precios, como consecuencia de esa nueva baratura de bienes informacionales, que no se degradan con su uso y permiten su réplica generando una socialización del conocimiento sin límites, ni restricciones.

Esta visión recreó la antigua moraleja de un invento que escapa a sus creadores y funciona por sí solo. Supuso que las redes gestaron un Frankenstein digital que bloqueaba la continuidad del capitalismo.

Pero todas las evidencias de la última década refutaron ese imaginario. Los precios han mantenido el mismo funcionamiento de siempre, porque los dueños de las empresas son capitalistas y las cotizaciones que no pueden manejar en un terreno, las compensan con transacciones en otra esfera. Las pruebas de esa dinámica están a la vista: todos los bienes del mundo digital están sujetos a la oferta y la demanda, con precios cambiantes fijados por los mercados.

La mayor evidencia de esa realidad es el usufructo de esos precios por parte de los billonarios que manejan Google, Amazon o Facebook. Han gestado sus fortunas con esos pilares, confirmando que no existe el menor indicio de incompatibilidad de las nuevas tecnologías con la subsistencia del capitalismo.

El supuesto que la actividad informática diluye los precios porque se puede copiar libremente su producto, olvida el costo creciente de generación de ese bien. Por cada nuevo software, algoritmo o código de IA que irrumpe en el mercado, hay que desenvolver un gasto mayúsculo en hardware, Centros de Datos y maquinarias de toda índole. Y al igual que otros sectores de economía, las empresas encuentran la forma de trasladar esos costos a sus productos.

El capitalismo no se esfumó en las nubes en la era de las redes. Sigue dependiendo de procesos industriales, comerciales y financieros. Los productos que se abaratan por su copia son sustituidos por otros que cotizan con nuevos precios, anulando cualquier atisbo de tendencia al costo cero.

En la rama digital rige la misma competencia que en cualquier otro terreno y esa rivalidad genera una obsolescencia de infraestructuras, que obliga a consumar nuevas inversiones. Tampoco modifica los mecanismos de fijación de los precios, la presencia de una variedad de trabajo en ese universo que incluye más elementos afectivos o de creatividad que en otras ramas.

La tesis de la gratuidad en la informática por abundancia de productos, copia indiscriminada y desplome de precios no atravesó la prueba de los hechos. Tampoco se corroboró el supuesto que la información se transmite gratuitamente, sin pérdida o destrucción de ninguna naturaleza en el nuevo universo de la abundancia.

Aunque resulte técnicamente factible copiar los bienes digitales, sigue siendo gravosa su producción y manejo y por esa razón los costos son transferidos a los usuarios. Se necesita vigilancia, mantenimiento y renovación de equipos. Hay que ampliar el tratamiento, almacenamiento y difusión de los datos, con enormes gastos de energía para procesar la digestión de la gigantesca masa de insumos electrónicos.

La gratuidad está totalmente ausente en esas secuencias[9] y por esa razón, las mercancías cognitivas están sujetas a los mismos determinantes mercantiles que cualquier otro bien[10]. Aunque el costo marginal de copiar la información pueda aproximarse a cero, esa tendencia no elimina la necesidad de inversión, propiedad intelectual, infraestructura, comercialización o apropiación privada. Esa suma de condicionantes continúa determinando la formación capitalista de precios.

SIN ECONOMÍAS COLABORATIVAS.

La creencia que el capitalismo no puede manejar su propia creación convierte una contradicción en imposibilidad. Parte del acertado reconocimiento que las nuevas tecnologías digitales desequilibran el funcionamiento del sistema, pero omite que lo mismo sucede con otros productos y procesos de distinta índole.

Existe un conflicto entre los bienes que se abaratan y los procesos que se socializan, en un sistema que necesita garantizar la mercantilización y la rentabilidad. Pero en torno a esas tensiones emerge una contradicción y no una obstrucción a la propia existencia del sistema.

Son numerosos los ejemplos de esa discordancia y han dado lugar al movimiento por el software libre, a las iniciativas de código abierto y a valiosos emprendimientos como Wikipedia o Wikileaks[11]. Han sido iniciativas de manejo no mercantil de las redes, que buscaron relegar el propósito de la ganancia para promover el uso descentralizado y comunal de la información[12].

La expectativa que esa economía espontáneamente colaborativa daría lugar a un desarrollo mayormente cooperativo de Internet se ha extinguido. Fue la esperanza que signó los inicios del sistema, cuando se imaginó que la conexión de los usuarios generaría de por sí relaciones de armonía y asistencia. Esa candorosa creencia olvidó que el capitalismo transforma las invenciones en innovaciones y las creaciones en bienes de cambio, para incrementar las ganancias que obtienen las empresas con el desarrollo de esos productos[13].

En lugar de expandir las iniciativas colaborativas, el capitalismo digital se afianzó potenciando la mercantilización. Microsoft no fue destronado por Linux, Gates se impuso a Stallman, el código abierto permaneció como complemento y la acción cooperativa quedó relegada a los márgenes. La ilusión de forjar una especie de Kibutz de las nubes no prosperó y el capitalismo estadounidense convirtió a la digitalización en su principal campo de acumulación.

¿CENTRALIDAD CAPITALISTA O POLICRISIS?

La sustitución del capitalismo por otro sistema como resultado de la revolución digital, en el razonamiento tecno-feudal y en la mirada poscapitalista, sintoniza con otras visiones que diluyen centralidad del régimen social imperante.

Esa disolución está muy presente en los análisis del escenario actual que ignoran la gravitación del capitalismo, evitando indagar los desequilibrios y pesares que genera ese sistema.

Esa inclinación se verifica en las descripciones del contexto global, que remarcan la presencia de múltiples crisis retroalimentadas, pero carentes de un determinante capitalista. Ese cimiento queda particularmente licuado en algunas caracterizaciones centradas en vagas alusiones a la policrisis contemporánea.

Esta última noción es resaltada para remarcar la presencia convergente de una multitud de crisis, que irrumpen en forma simultánea en el escenario actual. Pero con ese mero señalamiento se omite especificar cuál es el motor común de esos procesos. Se resalta la existencia de cursos complejos e irregulares, signados por el cierre de una época y el inicio de otra en interregnos de tiempos dilatados. El ambiguo concepto de policrisis sugiere también la presencia de transiciones indefinidas hacia un futuro incierto.

Hay miradas que utilizan el concepto de policrisis en un sentido apenas descriptivo y otras que lo refieren a la complejidad sistémica del escenario actual. Estos enfoques son claramente insuficientes, al no señalar el sustento capitalista de esos procesos.

Pero la versión más problemática es que la sustituye explícitamente ese fundamento, desechando la centralidad analítica del capitalismo. Despliega un variado número de conceptos (hibridez, sociedad del riesgo, segunda modernidad, modernidad reflexiva), en reemplazo del capitalismo como ordenador de la época actual, suponiendo que esas nociones son más clarificadoras de la realidad contemporánea[14].

Con esa presentación recurre a una premeditada indeterminación, que imposibilita el entendimiento de esa realidad. Pretendiendo evitar la reducción y el empobrecimiento del análisis a cierto postulado básico, opta por la vaguedad, la imprecisión y la vacuidad. Con ese abordaje la policrisis se torna omnipresente, incluye factores de toda índole e incorpora incontables procesos que diluyen la huella capitalista de las convulsiones actuales[15].

Esa visión impide comprender por qué la irrupción de la IA potencia una crisis capitalista global que se corporiza en el declive de Estados Unidos. Obstruye la clarificación de las razones por las que en ese país se localiza un nuevo pico de sobreinversión, con burbujas financieras y desventajas frente a China, en un marco de expansión de desigualdad, desborde del endeudamiento, rebrote de la inflación y agotamiento del reinado del dólar.

Esta variedad de desequilibrios golpea a la primera potencia porque allí se localiza el centro del capitalismo. Todos los trastornos que afronta expresan contradicciones intrínsecas de ese sistema que generan dramáticos efectos.

Es importante explicitar sin eufemismos, ni vaguedades la responsabilidad primordial del capitalismo en esas pesadillas, para recordar que ese sistema continúa operando. No se ha esfumado con regresiones al Medioevo, ni generando economías colaborativas de otro estadio de la evolución humana. El poscapitalismo es una asignatura pendiente que se forjará comprendiendo la realidad actual

RESUMEN

La mirada poscapitalista anticipó el erróneo réquiem del sistema actual que postulan sus sucesores tecno-feudales. Abandonan pistas de explicación en el trabajo mental, repiten desacertadas creencias de predominio absoluto de los monopolios y desconocen la sostenida centralidad de los precios. La continuidad del capitalismo obstruye la esperada gratuidad por abundancia de productos o por copias indiscriminadas e impide la consolidación de una economía de cooperación digital. Se agravan los desequilibrios de ese sistema y no las policrisis ajenas al capitalismo.

 

[1] Mason, Paul (2016). Postcapitalismo Hacia un nuevo futuro, Paidos, (p 9-11)

[2] VVAA (2004). Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. Traficantes de sueños, (p 99-106).

[3] Mason, Paul (2016). Postcapitalismo Hacia un nuevo futuro, Paidos (p 158-163)

[4] Green, Peter (2016). Paul Mason’s PostCapitalism: A response to Joseph Choonara, Issue: 149 Posted on 6th January 2016, http://isj.org.uk/paul-masons-postcapitalism-a-response-to-joseph-choonara/

[5] Varoufakis, Yanis (2024). El auge del tecnofeudalismo, https://jacobinlat.com/2024/07/el-auge-del-tecnofeudalismo/

[6] Morozov, Evgeny (2025) ¿Feudalismo digital o capitalismo salvaje? https://recursoshumanostdf.ar/contenido/43369/feudalismo-digital-o-capitalismo-salvaje

[7] Varoufakis, Yanis (2024) Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo

Madrid, Ediciones Deusto (p 70-85)

[8] Mason, Paul (2016). Postcapitalismo Hacia un nuevo futuro, Paidos (p 11-12)

[9]Krätke, Michael (2018). Marx y el futuro digital del capitalismo, http://www.sinpermiso.info

[10] Mercatante, Esteban (2016). Matrix recargado, Ideas de Izquierda, Número 32, agosto 2016

[11] Corsani, Antonella (2004). Hacia una renovación de la economía política. Antiguas categorías e innovación tecnológica.  Riqueza, propiedad, libertad y renta en el capitalismo cognitivo, en VVAA Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. Traficantes de sueños, (p 89-98)

[12] Katz, Claudio (2000). Mercantilización y socialización de la información y del conocimiento, Política y Sociedad. Revista de la Universidad Complutense. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, n 33, enero-mayo Madrid.

[13] Katz, Claudio (1996). La concepción marxista del cambio tecnológico. Revista Buenos Aires. Pensamiento Económico n 1, otoño 1996, Buenos Aires.

[14] Tooze, Adam (2024). In medias res: entrevista a Adam Tooze https://www.sinpermiso.info/textos/in-medias-res-entrevista-a-adam-tooze

[15] Foster, John Bellamy; Clark, Brett (2025). Frente a la trivialidad de la «policrisis», la consistencia de la crisis estructural global del capital https://sinpermiso.info/textos/frente-a-la-trivialidad-de-la-policrisis-la-consistencia-de-la-crisis-estructural-global-del-capital

Fuente: Claudio Katz

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *