Elecciones de medio término en Estados Unidos. Quién administrará el desgaste.
Este martes, 3 de noviembre de 2026, termina la votación presencial de las elecciones de medio término en Estados Unidos, en las que aproximadamente 250 millones de personas tienen posibilidad de participar. En los días previos, cerca de 55 millones de estadounidenses emitieron su voto, superando ampliamente los niveles de votación anticipada registrados en las intermedias de 2022. Pero el desgaste de la hegemonía imperialista es evidente e internamente, en su epicentro, la política estadounidense también luce agotada.
A primera vista se trata del primer examen nacional del segundo mandato de Donald Trump, que somete a un examen de popularidad al inmenso ego del millonario presidente. Pero en principio, más que los propios resultados, resulta muy interesante entender el proceso de votación de este país, que invade a otros en nombre de la democracia que no posee.
Si ya el sistema de elección presidencial norteamericano no garantiza que la persona más votada sea la elegida, ni mucho menos que se pueda romper el bipartidismo, las elecciones de medio término perfeccionan esa repartición de poder entre las élites que garantiza la democracia liberal.
Algunos datos que hay que conocer para entender estas elecciones.
Estas elecciones de medio término, eligen la Cámara de Representantes, la mayoría de las gobernaciones y un tercio de los puestos del Senado. Esta semana se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 de las 100 senadurías, 36 gobernaciones estatales y se realizan variadas consultas estadales que van desde el derecho al aborto hasta los requisitos para votar.
Lo normal es que el partido del presidente en funciones pierda estas elecciones, la última excepción de un triunfo total fue la de George W. Bush, perder, al menos en la Cámara, es lo habitual. En el Senado, en cambio las elecciones se dan a través de un sistema rotativo y escalonado, diseñado para garantizar la continuidad legislativa y precisamente, evitar que todo cambie drásticamente en un solo proceso electoral.
Los puestos en el Senado tienen una duración de 6 años. Para evitar que los 100 escaños se renueven al mismo tiempo, el Senado está dividido en tres grupos 33 escaños fueron elegidos en 2024 y se renovarán en 2030, otros 33 se eligen en estas elecciones intermedias del 3 de noviembre de 2026 junto a las elecciones especiales para llenar las vacantes dejadas por Marco Rubio y J.D. Vance, que se retiraron del Senado para ocupar cargos de alto gobierno, y 34 escaños que se renovarán en las elecciones presidenciales de 2028. De esta manera, cada dos años se renueva aproximadamente un tercio del Senado y el paraíso de la “democracia” queda protegido contra cambios radicales, al menos en esta área.
Por todo lo aquí explicado, se puede entender también que perder las elecciones de medio término es un revés en la política interna que, no implicaría necesariamente, una derrota electoral en las próximas elecciones presidenciales para el partido Republicano.
Los temores de Trump.
La lectura política habitual insiste en personalizar esta elección, reduciéndola a una evaluación de simpatía o rechazo hacia un presidente, con consecuencias inmediatas para su partido. Pero Donald Trump tiene temores más graves y bien fundados, pues es difícil encontrar en la historia de ese país, un jefe de Estado que haya hecho tantos negocios personales desde la Casa Blanca, atreviéndose a dejar por fuera a otros sectores de poder político económico que tradicionalmente se benefician de las políticas imperialistas ejecutadas por quien sea que ocupe el cargo en el gigante del norte.
Su presidencia llega a este proceso en los límites del récord histórico de impopularidad. Según las encuestas sólo el 37% o menos de quienes votan en estas elecciones, respalda su mandato. El malestar económico está haciendo que incluso algunos de los estados que votaron por Trump en 2024, registren hoy el mayor descontento, y ese puede arrastrar a los candidatos y candidatas de partido Republicano en esas regiones. A eso se suma el rechazo a la guerra con Irán, que la propia prensa señala como factor de desgaste.
El dato curioso entonces, no es que las encuestas den como ganador en la Cámara de Representantes al partido opositor al gobierno de turno, si no que avizoran como probable que este sea el triunfo más amplio de un partido de oposición en casi dos décadas.
Pero es al juicio político o impeachment que podría convocarse desde la Cámara de Representantes, a lo que más teme, ya que es una amenaza declarada por la bancada demócrata, en caso de ganar las elecciones.
Como si fuera poco, por el sistema antes explicado, los republicanos deben defender 22 curules en el Senado mientras los demócratas solamente 13, esto quiere decir que, si los demócratas ganan 17 asientos y los republicanos 18, la oposición también lograría tener el control de la Cámara Alta, lo que sí pondría en un peligro vital el futuro del actual presidente.
Como cereza del pastel, la leve ventaja que tiene el Partido Republicano en las gobernaciones también puede perderse en estas elecciones. Todo eso gracias a la impopularidad de un hombre que hace pocos días dijo a su propio electorado, que estaba seguro de que le aplaudirían cualquier estupidez que a él se le ocurriera decirles.
Así las cosas, Trump se propone comprar votos con dinero del Estado -cosa absurdamente legal en ese sistema que pretende ser ejemplar, siempre que sea masivo y no individual-, ofreciendo un cheque de $5.000 dólares a cada estadounidense mayor de edad si gana estas elecciones, lo que denominó el «Dividendo Trump».
Qué cambia con una derrota electoral de Trump en estas elecciones.
El modelo estadounidense atraviesa grandes crisis internas en ciernes con expresiones de descontento que han comenzado a verse, no sólo en la amplia población de inmigrantes y el movimiento “no kings”, sino incluso en la base electoral nacional de Trump, conocida como MAGA, que le apoyó convencida de que mejoraría su economía doméstica y hoy enfrenta la desilusión.
Pero hay un terreno donde la continuidad es total y por eso mismo no aparece en la campaña: la política exterior estadounidense. El consenso bipartidista sobre robos, sanciones, invasiones, bloqueos y coerción económica para garantizar su poder, no está en discusión, mucho menos cuando se trata de Nuestra América.
Una derrota en estas elecciones implicaría el ascenso de quienes quieren colocar nuevos obstáculos a la guerra contra Irán, pero un Trump ya liberado de preocupaciones por su popularidad, puede terminar de desatar el desastre en Asia Occidental. Lo que sí es fácil de augurar, es que se reavivarían los apoyos a Zelenski para continuar la guerra de la OTAN contra Rusia. En cambio, en nuestro continente, las posiciones militares tomadas por el imperialismo no retrocederán.
Lo que sí podrá comenzar a darse, es un reavivado apoyo a las candidaturas de los demócratas en la región, minando de algún modo la tranquilidad de los gobiernos más abiertamente trumpistas como los de Abelardo de la Espriella, Javier Milei, Nayib Bukele o Daniel Noboa.
En conclusión, estas elecciones de medio término no deciden el rumbo del epicentro imperialista, tan solo quién administrará políticamente su desgaste real y la guerra desatada para su supervivencia.
Por tanto, la pregunta definitiva no es quién ganará estas elecciones de medio término estadounidenses, sino cómo el descontento que se exprese en las urnas podrá encontrar una forma organizada capaz de generar cambios internos reales dentro de los Estados Unidos y más que nada, cómo los pueblos del Sur y de Nuestra América en particular, sabremos resistir y encontrar espacios para acumular fuerzas en cada pequeña fisura generada por las disputas de poder de las élites.

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