Donde la pelota gira, vuelve la vida

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A los veinte años, Asyal Lob’aj fue “invitado” por un grupo de antropólogos europeos a acompañarlos en una investigación sobre las prácticas deportivas prehispánicas. Lo convencieron de irse con promesas de estudio, viajes, apoyo económico, cuando en realidad lo arrancaron de su comunidad y lo convirtieron en objeto de estudio para extraer información sobre el juego de la pelota, ritual lúdico que tiene una fuerte conexión con los astros y la posible predicción de los mismos. Fue exhibido en simposios, filmado en universidades, convertido en símbolo de una autenticidad perdida que ahora se mostraba al mundo occidental como una rareza en vía de extinción. Mientras tanto, él sobrevivía con nostalgia, con culpa, con la lengua a medias, con la espiritualidad amordazada.

Fueron trece años lejos de las montañas, del humo del copal, del olor a tortilla recién salida del comal. Trece años sin oír el murmullo del abuelo ni la fuerza de la palabra comunitaria. Y un día —como ocurre con quienes tienen la raíz bien enterrada—, algo le dolió más que de costumbre. Una incomodidad que no se iba. Era la tierra llamando. Era el tiempo de volver a la raíz.

Por años, la historia de los pueblos mayas ha sido contada por otros. Por quienes llegaron desde el norte con mapas, grabadoras, becas, cámaras y un morbo cargado de exotismo y extractivismo. Vinieron a medir los calendarios, a grabar los rezos, a fotografiar los rituales, a desmenuzar la lengua y embotellar la espiritualidad como si fuera perfume para turistas. Vinieron a estudiar, pero también a arrancar, a exprimir al máximo los saberes antiguos sin devolver nada. Y cuando se iban, quedaban libros en sus países, museos llenos de objetos robados, y comunidades vaciadas de sus propias voces.

‘Asyal Lob’aj’ fue víctima de ese extractivismo antropológico. No por elección. Nació en una comunidad Maya mam k’iche’ del altiplano guatemalteco, donde el maíz aún se cultiva con luna, y donde la palabra aún se respeta como fuego sagrado. Desde pequeño sintió en el cuerpo el llamado del pok ta pok, el juego de pelota ancestral que muchos consideraban ya desaparecido. Sus abuelos le hablaban de cuando los jugadores eran guerreros y sacerdotes, cuando el juego era una ofrenda a los dioses y una manera de mantener el equilibrio entre los mundos. No era un pasatiempo: era una ceremonia cósmica.

Partes del atuendo y de los elementos característicos con los que se practica el pok ta pok.

Partes del atuendo y de los elementos característicos con los que se practica el pok ta pok.

“Empezaron a enojarse mucho con nosotros y nos mandaron a callar. Nos invitaron a jugar a la pelota. No era una simple invitación cualquiera. Íbamos a ir a jugar en otros lados. Era una invitación para que nos sacrificaran, para que nos hicieran daño. Hemos estado por mucho tiempo [lejos], 13 años es mucho, es muy extenso, pero hemos vencido a estos señores de Xibalbá, del inframundo; es metáfora, lo sé. Estamos aquí presentes, seguimos en la lucha cuidando a nuestra madre tierra, nuestra madre naturaleza. Seguiremos uniendo a nuestros pueblos, a todos los pueblos del mundo, de los cuatro confines del universo”, dijo Asyal Lob’aj en el marco del encuentro acuerpando a Lolita Chávez, un llamado a seguir sembrando rebeldías, desarrollado los días 28 y 29 de junio en Santa Cruz de K’iche’.

Cuando Asyal Lob’aj regresó a su comunidad, lo primero que sintió fue miedo. Miedo de no ser aceptado, de haber perdido el hilo, de ser visto como un traidor. Pero no encontró reproches. Encontró silencio, y luego brazos abiertos. Encontró que su ausencia no había borrado su historia, y que aún tenía un lugar si sabía volver con humildad.

En esos mismos días, otra historia de retorno se estaba escribiendo con pasos firmes: Lolita, mujer maya, lideresa comunitaria del Consejo de Pueblos de K’iche’ (CPK), desplazada por la violencia hace siete años, había decidido volver también y se estaba conmemorando un año de su retorno. Su historia era distinta, pero no ajena. Fue perseguida, amenazada, señalada. Quisieron sacarla del camino porque su voz incomodaba. Porque se atrevió a denunciar el saqueo, a nombrar a los responsables, a hablar en las asambleas donde nadie quería levantar la voz. Lo pagó caro. La obligaron a irse del país, sola, sin familia, con lo puesto, dejando atrás el tejido, la parcela, los muertos. Pero la memoria no se exilia. Y un día también volvió.

El reencuentro entre Asyal Lob’ajy Lolita no fue planificado. Fue natural. Se reconocieron en la herida y en la terquedad. Uno regresó con una pelota; la otra volvió con los rituales antiguos, una red de mujeres, semillas nativas y un canto de resistencia. Y fue en ese cruce donde la comunidad comenzó a sanar y volver a alzar su voz en colectividad.

El juego de pelota, practicado hace milenios desde la región maya hasta lo que hoy es la mal llamada Arizona, fue una actividad ritual que trascendía lo deportivo. Con más de 500 canchas de las que se tengan registros, este juego simbolizaba el universo. El terreno, dividido por una línea, representaba el cielo y el inframundo, mientras que la pelota, hecha de hule y golpeada solo con caderas, hombros o antebrazos, representaba al sol. El objetivo era hacerla pasar por el centro de un aro de piedra, en una competencia donde cada movimiento evocaba el equilibrio cósmico.

‘Asyal Lob'aj’ minutos antes de emular el pok ta pok en Tojil.

‘Asyal Lob’aj’ minutos antes de emular el pok ta pok en Tojil.

El pok ta pok volvió al territorio no como espectáculo, sino como práctica viva de su cultura y sus rituales espirituales. Asyal Lob’aj, con el apoyo de los ancianos —los llamados chuch q’ajawib’ en lengua maya— empezó a enseñar a los niños. Les hablaba del Popol Vuh —el libro sagrado más importante de los k’iche’s—, de los gemelos héroes Hunahpú e Ixbalanqué que jugaron en el inframundo contra los señores de la muerte. Contándoles que la pelota era el sol, que el campo de juego era una metáfora del universo, que cada movimiento tenía un significado. No jugando para ganar: jugando para equilibrar el universo.

Al final del acuerpamiento a Lolita Chávez, en el sitio sagrado de Tojil, una vez terminó la ceremonia de cierre, Asyal Lob’aj y uno de sus pupilos emularon el juego de pelota ante la mirada hechizada de la lideresa y los internacionalistas que llegaron hasta allí para acompañarle. En sus rostros, brazos y abdomen tenían pintados símbolos mayas. En el antebrazo una manopla de cuero que protegía esa parte del cuerpo con la que golpeaban la pelota. Una especie de pechera y taparrabos de un rojo intenso, prendas de las que colgaban algunas imágenes talladas en madera. Además de elementos decorativos —en representación de su conexión con los dioses y ancestros— como plumas de águila y una imitación de un casco hecho con el cráneo de un tacuazín.

El pok ta pok lo que busca ahora es reunir a la comunidad alrededor de la lúdica para ofrendar, cantar, ofrecer copal, escuchar a los abuelos. No hay graderías ni trofeos. Pero hay algo más grande: dignidad. Hay vida en movimiento. Y en cada golpe de cadera, en cada salto, en cada palabra, se escucha algo que Occidente nunca podrá entender del todo: el juego no es solo juego, es cosmovisión, es identidad, es resistencia, es vida, es territorio.

Hoy el juego de pelota es mucho más que un deporte rescatado. Es una forma de decir “aquí estamos, no nos han vencido”. Es una afirmación simbólica y política frente a un sistema que quiso volver folclor lo que siempre fue sagrado. También una pedagogía del cuerpo, un lenguaje con el cosmos, una ceremonia abierta donde el pueblo k’iche’ se encuentra a sí mismo en torno a una lúdica que representaba la guerra eterna entre la luz y la oscuridad

En el centro Lolita Chávez . A su izquierda ‘Asyal Lob'aj’ y a su derecha el pupilo de Silverio

En el centro Lolita Chávez . A su izquierda ‘Asyal Lob’aj’ y a su derecha el pupilo.

Lolita y Asyal Lob’aj’ caminan distintos caminos, pero se encuentran en un mismo horizonte. Han demostrado que el regreso no es retroceso. Que volver al territorio es también un acto de justicia. Que ocupar el cuerpo con sabiduría ancestral es una forma de descolonizarse. Y que hay algo que ni las armas, ni las universidades, ni los gobiernos, ni las iglesias han podido borrar: el fuego antiguo y sagrado que sigue encendido.

Donde gira la pelota, vuelve la vida.

Fuente: Presa Periferia/Camilo Gómez

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