Los Límites del Imperio: Irán y el Colapso de la Invencibilidad Estadounidense

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Imperio

Los imperios rara vez colapsan de manera súbita. Edward Gibbon argumentó en su monumental estudio sobre Roma que el declive es generalmente gradual, moldeado por cambios estructurales de largo plazo.

Sin embargo, la historia ocasionalmente registra momentos en los que un error de cálculo estratégico acelera el proceso. La pregunta que merece plantearse es si Estados Unidos puede haber alcanzado uno de esos momentos. La guerra conjunta estadounidense-israelí contra Irán, iniciada en febrero de 2026, no es simplemente otro conflicto en Asia Occidental. Puede representar un punto de inflexión geopolítico comparable a la crisis de Suez de 1956, cuando Gran Bretaña y Francia intentaron apoderarse del canal después de que Egipto lo nacionalizara. Aunque la operación inicialmente tuvo éxito militar, colapsó políticamente después de que Estados Unidos obligara a sus aliados europeos a retirarse. La crisis reveló que Gran Bretaña ya no podía actuar como potencia global independiente y simbolizó el fin de su dominio imperial.

Lo que está en juego aquí trasciende los cálculos militares o las dinámicas regionales inmediatas. Se trata de la arquitectura misma del orden global contemporáneo y de las estructuras raciales de poder que lo sostienen. Durante más de siete décadas, Estados Unidos ha anclado ese orden no solo mediante poder militar sino a través de instituciones, reglas y disposiciones económicas que han estructurado el sistema internacional de posguerra. La legitimidad del liderazgo estadounidense descansaba en la percepción de que el sistema que creó producía estabilidad y beneficios económicos compartidos. Sin embargo, esa legitimidad dependía también de algo más fundamental: la asunción de que ciertos pueblos (blancos, occidentales, liberales) poseían el derecho natural de gobernar el mundo, de decidir qué formas políticas eran legítimas, de determinar qué formas de violencia eran permisibles.

Este supuesto racial ha estructurado la política estadounidense en Asia Occidental desde 1948. La creación de Israel, los conflictos recurrentes entre Israel y los Estados árabes, las rivalidades sectarias, todo ello se ha desarrollado dentro de un marco donde Washington se posicionaba como árbitro neutral, como garante de estabilidad. Sin embargo, esa posición de árbitro neutral siempre descansó sobre una jerarquía racial implícita. Estados Unidos ofrecía garantías de seguridad a las monarquías del Golfo Pésico (Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos) a cambio de que estos estados acordaran fijar el precio y comercializar el petróleo principalmente en dólares estadounidenses. Esta disposición, conocida como el sistema del petrodólar, reforzó el papel central del dólar en las finanzas globales mientras aseguraba suministros energéticos confiables.

La relación funcionaba como un pacto estratégico. Los Estados del Golfo Pésico recibían protección de seguridad en una región marcada por rivalidad geopolítica, mientras Estados Unidos aseguraba tanto estabilidad energética como influencia financiera. Con el tiempo, esta disposición ayudó a sostener el desarrollo económico en el Golfo Pésico y fortaleció la posición de Washington como la potencia externa primaria que moldeaba la seguridad regional. Irán, sin embargo, siempre estuvo fuera de este sistema. Después de la Revolución Islámica de 1979, las relaciones entre Teherán y Washington se deterioraron abruptamente.Irán se posicionó como un actor opuesto a la influencia estadounidense y desarrolló una red de alianzas regionales con grupos como Hezbolá, HAMAS y Ansarolá.

Durante décadas, la estrategia estadounidense en Asia Occidental descansó sobre tres pilares: contener a Irán, mantener el sistema del petrodólar y garantizar la seguridad de los socios del Golfo Pésico. Este marco permitió a Washington moldear las dinámicas regionales mientras sostenía su liderazgo global más amplio. Pero lo que este marco también hacía era reproducir una geografía racial del poder. Los aliados de Estados Unidos (monarquías, estados que aceptaban la integración en el orden liberal) eran tratados como socios legítimos. Irán, que rechazaba esa integración, que articulaba la soberanía a través de vocabularios teológicos, que insistía en organizar lo político de manera diferente, quedaba marcado como irracional, fanático, premoderno.

La Fractura del Orden Regional

Los acontecimientos recientes sugieren que los fundamentos de este sistema se están debilitando. La guerra ha planteado serias dudas tanto sobre la credibilidad como sobre la sostenibilidad del liderazgo estadounidense en la región. Una de las principales preocupaciones tiene que ver con la confianza diplomática.

En este sentido, conviene recordar que las negociaciones entre Estados Unidos e Irán seguían en curso en Omán cuando se produjo el primer ataque. Lanzar una operación militar en pleno proceso diplomático socava la confianza en los mecanismos de negociación. En la diplomacia internacional, la credibilidad continúa siendo un recurso fundamental, incluso entre rivales estratégicos.

La legitimidad de la operación también ha sido objeto de un amplio debate. El ataque puede considerarse claramente ilegal conforme al derecho internacional. Pero hay algo más profundo en juego. La disposición de Estados Unidos a eludir sus propias instituciones y a vulnerar sus propios marcos legales cuando le resulta conveniente revela la estructura racial que históricamente ha sostenido el orden liberal. Ese orden se presenta como universal, basado en normas que supuestamente se aplican por igual a todos los actores. Sin embargo, en la práctica, esas normas se aplican de forma selectiva. Estados Unidos puede violar la soberanía iraní sin afrontar consecuencias, mientras que Irán no puede hacer lo mismo sin ser calificado de Estado terrorista.

Más importante aún, las consecuencias regionales han destacado vulnerabilidades crecientes. Las acciones de represalia de Irán han apuntado a infraestructura y ubicaciones estratégicas asociadas con Estados del Golfo Pésico. Para estos gobiernos, el episodio plantea una pregunta fundamental: si Estados Unidos no puede protegerlos de la escalada regional, ¿puede aún servir como garante de seguridad confiable? Estas preocupaciones se han estado desarrollando gradualmente. En años recientes, los Estados del Golfo Pésico han diversificado cada vez más sus relaciones estratégicas. La presencia económica en expansión de China en la región ha creado asociaciones alternativas que anteriormente estaban limitadas. A través de inversiones a gran escala, proyectos de infraestructura y cooperación energética, Pekín ha fortalecido constantemente su posición como un actor económico importante en Asia Occidental.

China también ha comenzado a desempeñar un papel diplomático. El acuerdo de 2023 que restauró las relaciones entre Arabia Saudí e Irán, facilitado por Pekín, demostró que están surgiendo actores diplomáticos alternativos en una región históricamente dominada por la mediación estadounidense. Este desarrollo señala algo más que un cambio en el equilibrio de poder. Señala el reconocimiento creciente de que el marco estadounidense (el sistema del petrodólar, las garantías de seguridad, la integración en el orden liberal) ya no es el único juego disponible. Estados que durante décadas no tuvieron más opción que alinearse con Washington ahora pueden buscar alternativas.

La Victoria de Irán

La guerra también se gana en el ámbito de la percepción. Y es precisamente en este terreno donde Irán ha logrado su victoria más decisiva. Al confrontar tanto a Estados Unidos como a Israel sin capitular, Irán ha transformado la resistencia y su capacidad de ejercer presión en capital político regional. Esta no es una victoria militar convencional, sino algo quizás más profundo: la consolidación de una imagen de un actor capaz de imponer límites al poder imperial.

Incluso el debate interno dentro de Estados Unidos está comenzando a reconocer esta realidad, revelando una incomodidad creciente con la erosión del mito de la superioridad militar estadounidense, una superioridad que ya no garantiza la victoria estratégica. Destruir objetivos, neutralizar infraestructura o lanzar ofensivas de alta precisión no resuelve el problema central: la incapacidad de traducir la fuerza en control político duradero.

Esto no es históricamente nuevo. Desde Vietnam hasta Afganistán, el poder de fuego estadounidense ha demostrado ser insuficiente para asegurar estabilidad o sumisión. Lo que es diferente ahora es que Irán no está simplemente resistiendo: está reorganizando el campo de batalla, desplazando el conflicto a una lucha asimétrica, prolongada y políticamente agotadora para sus adversarios. Al evitar la confrontación directa, Irán opera a través de una arquitectura más amplia de resistencia que incluye aliados regionales, tecnologías de bajo costo como drones y misiles, y control indirecto sobre puntos estratégicos clave.

Esta estrategia impone costes continuos a sus oponentes y redefine el equilibrio del conflicto. Ya no se trata de quién posee mayor poder militar, sino de quién puede sostener la confrontación sin colapso político. Es en este punto donde emerge la verdadera fragilidad del imperio. La guerra prolongada extrae un precio alto dentro de Estados Unidos mismo, a través del aumento de la inflación, presiones energéticas, fatiga política y creciente oposición interna. La capacidad de sostener conflictos a largo plazo (un pilar histórico de la hegemonía estadounidense) está comenzando a erosionarse.

Sin embargo, la transformación más profunda está teniendo lugar más allá del campo de batalla. Para gran parte de la opinión pública en Asia Occidental (y más ampliamente en el Sur Global), la victoria no se mide únicamente en territorio o destrucción material. Se mide por la capacidad de permanecer en pie frente a la máquina de guerra occidental. Dentro de esta imaginación política, resistir ya es ganar.

Esta es la percepción que Occidente continúa subestimando. Durante décadas, buscó imponer la idea de que la sumisión garantizaría la estabilidad, que la normalización con Israel era inevitable, y que cualquier proyecto soberano fuera de la órbita occidental estaba condenado al fracaso. Lo que estamos presenciando ahora es lo contrario. Cuanto más ha sido presionado Irán, más se ha fortalecido su imagen como potencia resiliente, no sólo regionalmente, sino globalmente.

El llamado “discurso de la resistencia” ha pasado de ser un eslogan marginal a convertirse en un lenguaje político regional. Cruza fronteras, trasciende divisiones sectarias y resuena con una memoria histórica moldeada por el colonialismo, las invasiones y las promesas rotas. Su creciente atractivo, incluso entre las comunidades suníes, revela una fractura estratégica en el proyecto occidental de fragmentar Asia Occidental.

La Geografía Racial del Poder

Lo que hace esta transformación particularmente insoportable para el orden liberal es que desafía la geografía racial que ha estructurado el sistema internacional moderno. Ese orden se construyó sobre la premisa de que ciertos pueblos poseían el derecho de gobernar el mundo, de decidir qué formas políticas eran legítimas, de determinar qué formas de violencia eran permisibles. La guerra contra Irán expone los límites de esta geografía racial.

Irán no debería poder resistir. No debería poder desarrollar tecnología avanzada bajo embargo. No debería poder mantener alianzas regionales complejas. No debería poder imponer costes sobre Estados Unidos. Cada una de estas capacidades contradice las narrativas que justifican la postura occidental hacia Irán. Si Irán es capaz de operar estratégicamente en múltiples teatros, de sostener presión económica extrema, de proyectar poder más allá de sus fronteras, entonces las representaciones de Irán como estado irracional se desmoronan. Y si esas representaciones se desmoronan, entonces la justificación para sanciones, amenazas, sabotaje y cambio de régimen también se desmorona.

La incapacidad de Estados Unidos para traducir su superioridad militar en victoria política revela algo fundamental sobre cómo funciona el poder en el orden internacional contemporáneo. Durante décadas, Washington operó bajo el supuesto de que la capacidad de infligir violencia se traducía directamente en la capacidad de dar forma a los resultados políticos. La guerra con Irán demuestra que este supuesto ya no se sostiene. Irán ha desarrollado mecanismos institucionales para absorber presión, recursos ideológicos para sostener la legitimidad bajo asedio, y doctrinas estratégicas que valoran la resistencia sobre la comodidad.

Estos desarrollos desafían la narrativa de la invencibilidad que siempre ha sido fundamental para el poder imperial estadounidense. Esa narrativa sostenía que cualquier desafío al orden estadounidense eventualmente sería derrotado, que la presión suficiente produciría capitulación, que la resistencia era en última instancia fútil. La capacidad de Irán para permanecer en pie, para imponer costes, para reorganizar el campo de batalla, desmantela esa narrativa. Y cuando la invencibilidad del opresor es cuestionada, se abre espacio para una transformación profunda en la psicología política de los pueblos.

Al mismo tiempo, el conflicto expone un cambio en el equilibrio global. Potencias como China y Rusia están observando de cerca la erosión de la influencia estadounidense, mientras que la incapacidad de Washington para imponer una victoria clara socava su credibilidad internacional. El resultado es una crisis de narrativa. La idea de invencibilidad (el fundamento simbólico del poder imperial estadounidense) está comenzando a colapsar.

El Desmoronamiento del Orden

Todavía sería prematuro anunciar el final del liderazgo global estadounidense. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar del planeta y mantiene una posición decisiva en las finanzas internacionales, las infraestructuras tecnológicas y la arquitectura institucional del sistema global. Sin embargo, los órdenes hegemónicos rara vez desaparecen de manera abrupta. Lo habitual es que entren en una fase de erosión lenta: una pérdida progresiva de autoridad, marcada no tanto por derrotas militares como por el debilitamiento de la confianza en la capacidad del poder dominante para sostener el sistema que creó.

El debate en torno a la guerra con Irán refleja precisamente esa transición. Si la credibilidad de las garantías de seguridad estadounidenses sigue deteriorándose en regiones que durante décadas constituyeron el núcleo de su influencia estratégica, el sistema internacional podría evolucionar hacia una configuración más fragmentada, menos jerárquica y carente de un centro indiscutido. En ese escenario, las potencias emergentes, los actores regionales y las coaliciones económicas flexibles adquirirán un margen de autonomía cada vez mayor en la definición del equilibrio global.

Lo verdaderamente significativo de la guerra con Irán es que ha revelado los límites del proyecto hegemónico estadounidense de una manera que conflictos anteriores no habían conseguido exponer. La cuestión central no reside en el equilibrio militar, sino en algo más profundo: la constatación de que la supremacía tecnológica y militar ya no garantiza automáticamente el control político; que la capacidad de destruir no equivale necesariamente a la capacidad de ordenar; y que la arquitectura geopolítica sobre la que descansó el orden internacional durante décadas ha dejado de parecer irreversible.

La verdadera victoria iraní se sitúa precisamente en ese plano. En haber obligado a reconocer que el monopolio occidental sobre la legitimidad política, la soberanía y la definición misma de modernidad ya no puede asumirse como una evidencia histórica permanente. Irán ha mostrado que otros modelos de organización política pueden resistir, persistir y disputar espacios de influencia dentro del sistema internacional. La resistencia deja así de aparecer como un gesto meramente defensivo para convertirse en un elemento constitutivo de una nueva distribución del poder global.

La ruptura que esta guerra ha puesto en marcha es al mismo tiempo discursiva y material. Discursiva, porque ha alterado el lenguaje mismo con el que se legitimaba el orden internacional y la supuesta universalidad de sus normas. Material, porque ha evidenciado que las jerarquías que sostuvieron el orden liberal ya no pueden reproducirse sin contestación abierta, sin fricción permanente y sin costes crecientes para quienes pretenden preservarlas.
Fuente: Hispantv/Xavier Villar

 

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