Mientras rueda el balón
Millones de personas dirigen su atención hacia la Copa Mundial de la FIFA 2026, al tiempo que la maquinaria mediática global despliega la narrativa conocida: el fútbol como lenguaje universal, espacio de encuentro entre culturas y celebración de la fraternidad entre los pueblos.
Sin embargo, detrás de los estadios repletos, los contratos multimillonarios, las plataformas digitales y la mercantilización de las emociones colectivas, se despliega una realidad mucho más inquietante. El mayor espectáculo deportivo del planeta cursa en medio de una de las coyunturas geopolíticas más peligrosas después de la Segunda Guerra Mundial, genocidio en Palestina, expansión de la guerra contra Irán, confrontación prolongada entre la OTAN y Rusia, militarización acelerada de América Latina, ocupaciones territoriales, desplazamientos masivos y una creciente normalización de la violencia fascista como forma de gobierno.
Entre las selecciones clasificadas aparecen Estados involucrados directa o indirectamente en conflictos armados, operaciones militares, alianzas bélicas, ocupaciones, sanciones económicas o procesos intensivos de militarización. Una parte significativa de los países presentes en el torneo pertenece a la OTAN o mantiene estrechos vínculos con su arquitectura de seguridad, participando en distintas escalas de confrontación global. Los partidos de fútbol se realizan en un escenario internacional atravesado por guerras abiertas, conflictos híbridos y crecientes tensiones geopolíticas; así, la Copa del Mundo se celebra mientras el planeta arde.
Estados Unidos, anfitrión principal del Mundial, mantiene una red planetaria de bases militares, agencias de inteligencia y fuerzas especiales desplegadas en decenas de países. Junto con Israel lideran la escalada contra Irán (aunque hagan escenarios de negociaciones que luego incumplen); respalda política, financiera y militarmente la ofensiva israelí sobre Palestina, participa en la presión permanente sobre el Líbano y sostiene estrategias de contención contra China y Rusia. Al mismo tiempo, continúa aplicando medidas coercitivas unilaterales contra Venezuela, Cuba y sigue la amenaza y agresión en el Caribe, mientras reivindica para sí el papel de garante de la supuesta democracia y el orden internacional.
La contradicción resulta brutal, mientras las cámaras enfocan equipos y goles, celebraciones y ceremonias cuidadosamente diseñadas, Gaza continúa siendo sometida a una destrucción sistemática y a un genocidio continuado que numerosos organismos internacionales, expertos y organizaciones de derechos humanos han denunciado. Mientras se venden camisetas, paquetes turísticos y derechos de transmisión por miles de millones de dólares, el pueblo palestino lucha por sobrevivir en medio de bombardeos, hambre y desplazamiento forzado.
Palestina no es la única herida abierta, mientras el balón rueda entre partido y partido, Haití se hunde en una crisis humanitaria devastadora; la República Democrática del Congo sigue siendo escenario de disputas por minerales estratégicos como el coltán, esenciales para la industria tecnológica global; Ecuador profundiza procesos de militarización y excepcionalidad bajo esquemas que recuerdan las lógicas del “Plan Colombia”; México continúa acumulando decenas de miles de desaparecidos en una guerra interna de baja intensidad; Chile enfrenta fuertes movilizaciones en las calles; Argentina atraviesa un acelerado proceso de empobrecimiento y cierre de oportunidades, lo que aumenta la conflictividad social; Bolivia vive una nueva disputa por su soberanía y su modelo plurinacional en las calles; así Nuestra América sigue siendo escenario de operaciones de desestabilización, presión económica y disputas por recursos estratégicos.
La guerra hoy, se ha convertido en uno de sus principales motores de la economía capitalista occidental. Las industrias militares, energéticas, tecnológicas y financieras encuentran en los conflictos contemporáneos nuevas oportunidades de acumulación. La devastación produce ganancias. La destrucción de territorios genera mercados. El desplazamiento de pueblos enteros facilita la apropiación de recursos estratégicos. En medio de una profunda crisis estructural y de un evidente agotamiento civilizatorio del orden occidental, la guerra vuelve a ocupar un lugar central como mecanismo de reorganización económica y geopolítica.
Por ello, la Copa Mundial no puede verse únicamente como un evento deportivo. Forma parte de una arquitectura global del espectáculo que contribuye a producir consensos, administrar percepciones y desplazar temporalmente del debate público cuestiones fundamentales relacionadas con la guerra, la desigualdad y las nuevas formas de dominación. No porque exista una conspiración centralizada, sino porque el entretenimiento masivo funciona como un poderoso dispositivo cultural capaz de normalizar la excepcionalidad y convertir la crisis permanente en paisaje, completamente normal y aceptable.
George Orwell definió el deporte de alto rendimiento como una forma de “guerra sin disparos”. Hoy la expresión adquiere una dimensión aún más inquietante. No porque los partidos sustituyan los conflictos reales, sino porque conviven con ellos. El espectáculo deportivo se desarrolla simultáneamente a guerras abiertas, sanciones, bloqueos, operaciones híbridas, campañas de guerra cognitiva y disputas por la hegemonía mundial.
La situación de Irán ilustra dramáticamente esta contradicción. Mientras su selección compite en el escenario global, el país está bajo la amenaza de agresiones militares directas, sanciones prolongadas y una compleja confrontación regional impulsada por Estados Unidos, Israel y sus aliados. Lo mismo ocurre con Rusia, cuya selección fue excluida de las competiciones internacionales por decisión de la FIFA y otras organizaciones deportivas occidentales, demostrando que la supuesta neutralidad deportiva desaparece cuando los conflictos involucran determinados intereses geopolíticos. La exclusión rusa evidenció que el deporte global también opera como escenario de disputa política, sanción ramplona y alineamiento estratégico. Demostrando que al deporte también se llevan las sanciones, la exclusión, los estados de excepción, propios de las guerras y del colonialismo.
La FIFA, convertida en una de las corporaciones transnacionales más poderosas del planeta, ha demostrado históricamente una enorme capacidad para adaptarse a cualquier contexto político siempre que el negocio permanezca garantizado. La neutralidad deportiva se muestra como una ficción cuando gran parte de las selecciones participantes representan Estados integrados en alianzas militares, involucrados en confrontaciones regionales o beneficiarios de un orden internacional profundamente desigual. Por otro lado, el espectáculo convive con ocupaciones, bloqueos, misiles disparados contra lanchas de pescadores, desplazamientos masivos y guerras que determinan la vida de millones de personas.
La pregunta, entonces, no es quién ganará la Copa. Sino quienes mueren, a quién se bombardea mientras rueda el balón. Porque detrás de cada estadio iluminado, de cada ceremonia y de cada transmisión global, también se juega una disputa mucho más profunda, la disputa por la memoria, por la verdad y por la capacidad de los pueblos para no olvidar lo que ocurre fuera de la cancha.
El fútbol pertenece a los pueblos. Nació en los barrios, en las calles, en los patios, en las fábricas y en los territorios populares. El problema es su captura corporativa. La pasión colectiva ha sido convertida en mercancía; la identidad popular en activo financiero; la emoción compartida en fuente de rentabilidad para conglomerados mediáticos, plataformas tecnológicas y patrocinadores globales.
Por eso la tarea no consiste en abandonar el fútbol, sino en recuperar su sentido popular. Mirar la Copa del Mundo no debería impedirnos mirar Palestina.
Celebrar un gol no debería hacernos olvidar a los pueblos sometidos a bloqueos, ocupaciones y guerras permanentes. La alegría popular no debe convertirse en anestesia política.
La verdadera disputa no ocurre únicamente entre selecciones nacionales. La confrontación de fondo enfrenta dos proyectos históricos. De un lado, un orden basado en la guerra permanente, la mercantilización de la vida, el saqueo de bienes comunes y la concentración del poder. Del otro, los pueblos que continúan defendiendo la soberanía, la autodeterminación, la justicia social y la dignidad humana.
En tiempos de barbarie global, recuperar el deporte para los pueblos también forma parte de la lucha por otro mundo posible.
Fuente: Antonio García

Huele a azufre es una plataforma digital de análisis geopolítico contrahegemónico, que busca visibilizar las voces y los discursos silenciados por el poder mediático.
