Educar a un hijo
Ser padre tiene un solo verbo, y ese verbo es enseñar. Enseñar es simplemente cumplir con el deber de hacerle la vida posible al que recién llega. Por posible entendemos mejor o, al menos, mucho mejor de lo que sería su vida sin nosotros. Por eso educar no puede ser otra cosa que uno de los nombres que damos a la hospitalidad. Y el encanto de todo esto radica en que dicha paternidad, esa pedagogía y ese buen recibimiento, constituyen el tiempo de preparación para su viaje: el viaje que hará sin nosotros.
Les prestamos una doctrina, una casa y hasta una fe, para que al final aprendan a vivir de sus propias dudas y al descampado. Y nos aseguramos de arreglarle una biblioteca con los libros esenciales. Unos ejemplares de La educación de los hijos al menos (la de Plutarco y la de Montaigne puntualmente) para que sepan que lo intentamos.
Plutarco confiaba la tarea de educar a los hijos a dos elementos: al tiempo y a la cercanía. El hijo aprende virtud —decía— mirando vivir a un maestro sabio, día tras día, hasta que el ejemplo se vuelve carácter. Es una formación que presupone la presencia sostenida, la lentitud, y con ella, la paciencia del acompañamiento. Todo para que nunca lleguen solos a la soledad. Montaigne, en cambio, lee a Plutarco con devoción y lo traiciona con lucidez: desconfía de que la virtud, tal como la propone el viejo filósofo, se transmita por acumulación de horas o de libros. Quiere formar el juicio del hijo, no llenarlo de contenidos ajenos —dice— para que aprenda a pensar por sí mismo cuando ya nadie piense por él. Uno confía en el tiempo compartido; el otro, en la autonomía que debe quedar cuando el tiempo compartido se termine.
Ambos apuestan a lo mismo: darle un alma libre de dogmas pero sobre todo libre de sí, es decir, capaz de perseguir por su cuenta, sin escatimar en dolores y desencantos, sin sucumbir a sus caprichos, y de llegar —esto es lo deseable— a las mismas conclusiones justas a las que nosotros hemos llegado. Entonces sabrá vivir bien, porque sabrá lo que sabe toda la humanidad. Se habrá desmesurado y se habrá moderado tantas veces que, preparado ya para la muerte, jamás colaborará con ella. Esto con o sin el padre delante. Porque ni el ejemplo de Plutarco ni el juicio de Montaigne pueden evitar el momento en que el hijo quede, como Telémaco, frente al silencio de la ausencia —el padre enfermo, el padre derrotado, el padre simplemente mortal. Lo único que la educación puede hacer, en cualquiera de sus dos formas, es asegurarse de que ese silencio, cuando llegue, no encuentre al hijo desarmado: que sepa regresar a casa para facilitar, a su vez, la vida del que acaba de llegar, y que sepa también que la palabra del padre —la que con el tiempo será la verdad del amigo, del amor resistente— puede seguir viajando aunque el padre y el amado mundo ya no viajen con ella. Educar a un hijo, en fin, es haberle prestado también el coraje de no quedarse callado el día en que tenga que dar en herencia a otros su propio nombre.
¿Estamos preparados para esto? Si lo meditamos bien, la respuesta es sí: todos hemos sido antes hijos, alumnos y, por supuesto, lectores agradecidos. Educar a los hijos consiste en recordarlo.
Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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