Un contemporáneo llamado Montaigne

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De los eruditos autoproclamados, así como de los ignorantes ufanos, conviene desconfiar por igual. De los primeros no es necesario alertar demasiado, puesto que ya nos han decepcionado suficiente a lo largo de la historia y, si esto fuera poco, su inconsistencia termina delatándolos demasiado rápido en esta era digital. En cambio, para lidiar con esa última y extraña especie nunca estamos del todo preparados. De hecho, cada vez que alguien se declara ignorante, cada vez que dice de verdad “no saber nada”, tiemblan las certezas de su época e irrumpe, con esa sola confesión, la posibilidad de algo nuevo. Con el ejemplo de Sócrates bastaría: no solo afirmaba su ignorancia, sino que demostraba la de todos al someter a examen cada idea propia o heredada de su tiempo. Y no lo hacía para erigir sus teorías precisamente: recordemos que sus diálogos nos conducían por un camino sin salida. En otro momento escribiremos de las aporías y la fertilidad que hay en esa “falta” doctrinaria. Digamos simplemente que sobre ese laberinto se fundó la filosofía occidental. Fijémonos hoy en el caso de Montaigne: de una confesión muy similar nació un género del que depende toda la actividad intelectual moderna para albergar la polifonía del pensamiento: el ensayo.

En 1576, Miguel de Montaigne —huésped y amo de la mítica Torre de Marfil— portaba una medalla con un lema grabado en griego y en francés que traducía “¿Qué se yo?”: la consabida fórmula pirrónica del escepticismo. Ni retórica ni falsa modestia: esa frase, con su entrañable ironía, constituyó para él la más recta actitud para enfrentarse a los dogmas de su época. Con ella compuso una obra que tuvo el valor de decir todo lo que se podía sobre el mundo: la educación, el duelo, la amistad, la guerra, la conquista, la enfermedad, la vejez, la juventud, el deseo, el amor y su declive.

Devoto de la duda casi tanto como de la poesía. De esta última bebía probablemente todo el consuelo y la intuición necesaria para sostener la vigilia del pensamiento y el examen infinito de la realidad. Montaigne lo sabía: el poema es afirmación y deleite y solo en él, y por él, las cosas más lejanas en el tiempo permanecen vivas y guardan el don de la novedad infinita. Para Montaigne la poesía era el pasado y el futuro de lo esencial. Por eso recitaba poemas mientras ostentaba su mala memoria. Esta incompetencia la usaba como pretexto para invitarnos a desconfiar de sus certezas. Se declaraba incapaz de sentenciar verdades duraderas. Decía, no sin humor, haberse olvidado de sus estudios y conocimientos. “Si tuve acaso alguna instrucción, ya no lo recuerdo”.  Por eso “Hoy digo esto, mañana no sé”, manera muy suya de matizar sus cavilaciones, y de asumir el olvido como método de desaprendizaje y liberación intelectual.

Su renuencia a la erudición cerrada no fue estéril, de ella proviene una obra que fue capaz de albergar las ideas más brillantes del renacimiento tardío y también las más valientes, pues tuvieron que enfrentarse por igual a la violencia del protestantismo, a la no menos sangrienta conquista europea sobre lo que hoy llamamos América y finalmente a los albores del cientificismo. Todo con una honestidad deslumbrante porque lejos de pontificar sobre estos y otros asuntos de la vida común, Montaigne se permitía el tono personal, la contradicción teórica y la enmienda pública. Después de todo, él mismo era la materia de su libro, como solía confesar en forma de advertencia. Con toda razón un espíritu como Virginia Woolf tomaría Los ensayos como un modelo existencial abierto. Para ella las páginas de Montaigne eran espejos en los que podían retratarse generaciones y generaciones de escritores sin descifrar, ni agotar, su transparencia.  Lo deja anotado en su diario: “lo que importa es la vida misma”, “por eso cada vez más me repito mi propia versión de Montaigne”.

Tengamos claro algo: el escepticismo en Montaigne — ni hablar del original Sócrates— no fue pariente o tributario de ninguna forma de misología: ese síntoma de cansancio y ese horror contra el pensamiento fuerte, que asecha las virtudes humanas desde que estas existen. En ambos casos dudar era la expresión más alta de la responsabilidad de pensar y el más exigente de los caminos posibles para hallar sentido a la vida.

Montaigne es, como lo interpretó Wolf: un contemporáneo. Su hazaña se repite en espíritus muy disimiles de nuestro tiempo. Su presencia abarca desde las mentes más rigurosas y ordenadas como la de Descartes hasta las trágicas y abismales intuiciones de un Pascal. Dejó su huella en moralistas sosegados como Emerson, y en los más demoledores como Nietzsche. Absolutamente todos coinciden en que leer a Montaigne es encontrarse con sus propios pensamientos. Si lo analizamos con justicia todo el que ha escrito sobre sí mismo, es decir: con su ser —sea o no este su propósito— lo estará haciendo por toda la humanidad. No debía extrañarnos entonces que, cuatro siglos después, desde la solitaria y apartada Torre de Marfil, Montaigne siga componiendo un retrato artístico, social, político, humano, en suma, de un tiempo que, contra toda lógica, es también el nuestro.

Fuente: Últimas Noticias/Freddy Ñáñez

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