La hegemonía cultural que nos cambia la vida
Hay que entender, para transformar, ese poder simbólico que influye y hace que algunos que nacieron en estos pueblos y ciudades, asuman posiciones coloniales y de entrega.
A cierta comunicación política, atrabiliaria y con etiqueta de derecha, se le convierte en tautología. Vale por sí misma. Lo importante no es el mensaje, o lo que quiere decir, sino el hecho de que alguien aparezca diciendo algo.
Se trivializa el contenido. Lo importante es estar en las redes y aplicaciones, exhibirse, exaltarse del modo selfie. Lo que verdaderamente se dice ocupa un lugar secundario.
Es la banalización del mal, como nos contó Hannah Arendt(1), o mejor, la frivolización del mal. Duque, expresidente de Colombia, se jactó de celebrar que se le ampliara el bloqueo a Venezuela; Bolsonaro le dijo a una diputada que no merecía ni ser violada, y una parte de la población lo aplaudió. Milei, en Argentina, dijo que hay que aplastar “a los zurdos de mierda” y eliminar los programas sociales, y fue votado por la mayoría.
Algo extraordinario sucede, porque estas son formas perversas de comunicación que en lugar de democracia, ciudadanía y convivencia asoman los abismos, miserias y distopías de las que terminamos siendo víctimas.
El francés Philip Breton, en el libro La Utopía de la comunicación(2), advirtió que se está produciendo un fenómeno extraño, el desplazamiento de lo esencial de la actividad humana hacia el interior de los medios (redes). “Cualquier actividad requiere de la representación mediática para su validación y difusión”. Las consecuencias quedan a la vista, la comunicación no se coloca en beneficio de la convivencia sino al revés, al servicio de intereses mesiánicos y de posiciones que quieren hacernos creer que es natural la guerra, el discurso de odio y la desigualdad social.
La realidad virtual como hegemonía
Hay una potencia sociotécnica de las redes que se convierten en presencia permanente, que nos envuelve e influye. Ocupan nuestras manos, bolsillos, mentes y corazones.
De un artículo de Nora Merlín(3), psicoanalista argentina, resalto estas líneas: hay “una mutación antropológica, imponiéndose la realidad virtual como nueva hegemonía cultural. En poco más de tres décadas, los ordenadores personales, smartphones y otros dispositivos digitales se han vuelto imprescindibles (…) Los individuos encuentran en la web un nuevo territorio donde navegar, un lugar en el cual ‘estar’ y a la vez ‘ser’, porque el mundo cibernético aporta y refuerza identificaciones”.
De modo que influyen más de la cuenta. Desde esa hegemonía moldean gustos y preferencias. Le dan forma al sentido común, aquello que percibimos y sentimos. Son fábricas de mundos inexistentes. Se comportan como jueces en los asuntos públicos, censuran y señalan a todo aquel que no adore al mercado y que se atreva a decir que hay otro mundo posible, y no solo el “modelo democrático” gringo, anglosajón pues.
“Cómo se van perfilando esas opciones de derecha que crecen a pesar de prometer privatizar la salud y la educación pública, demoler las políticas sociales del Estado, acabar con la Constitución y las leyes, y avanzar con la mercantilización de la vida.”
La mercantilización de lo que se mueve
Cualquier explicación que se intente del comportamiento sociocultural actual tiene allí, en ese espacio de las redes, uno de los ejes centrales. Hay otras variables, pero esta es clave.
Solo aproximándonos a esa realidad de hegemonía cultural, podemos entender, quizás, por qué muchos que nacieron en estos pueblos y ciudades, luego defienden otras banderas y reniegan de su pasado reciente; son víctimas de políticas migratorias que amenazan con deportarlos en cualquier momento, las que enarbola Trump, verbigracia, sin embargo pareciera que sienten vergüenza étnica.
Quizás podamos entender cómo se ha ido conformando todo ese movimiento humano que se mueve de un lugar a otro, en condiciones precarias, y se ofrece como mano de obra barata, neo-esclava, que trabaja 12 y hasta 14 horas diarias, solo para sobrevivir. Se trabaja a toda hora.
Cómo se han ido borrando del mapa de los derechos, la conquista de vacaciones, la jornada laboral de 8 horas; el derecho de condiciones ambientales y ecológicas sanas, naturales.
Cómo se van perfilando esas opciones de derecha que crecen a pesar de prometer privatizar la salud y la educación pública, demoler las políticas sociales del Estado, acabar con la Constitución y las leyes, y avanzar con la mercantilización de la vida.
Cómo se ha ido conformando esa trama de globalización indolente, depredadora y con poder discrecional que busca conseguir todo el poder para las corporaciones, llevándose por delante las nociones de democracia, ciudadanía y convivencia.
Por las buenas o por las malas
El término hegemonía pasó por el tamiz de Gramsci, quien lo consideró indispensable para construir la dominación social. Ocurre cuando un grupo social prevalece e impone sus condiciones. Eso se hace por vía del consenso o por las malas, haciendo uso de la fuerza.
Es una relación compleja de doble naturaleza, “de fuerza y consenso, de autoridad y hegemonía, de violencia y civilización”, dice Gramsci(4).
Sobre la imposición por la fuerza, Estados Unidos sabe algo, tanto que la guerra es uno de sus grandes negocios. Por tanto, interviene de manera directa o apoya militarmente a Ucrania o Israel, sin reparar en límites. Cada vez más moviliza su entramado militar-industrial de acuerdo con sus cálculos.
Sin embargo, su verdadera fuerza está en ese despliegue comunicacional-cultural que le permite ofrecer su American way of life, que presenta como único mundo posible.
Una poderosa industria cultural hace el resto. El cine de entretenimiento de Hollywood, las series televisivas, la radio, antes, y el ecosistema digital, ahora, de modo creciente van irradiando una forma de vida que se impone como modelo. Quizás esta sea en buena parte la explicación de esa tendencia latinoamericana a cruzar la frontera, de manera improvisada y de cualquier manera, para buscar refugio en “el mundo americano”.
Antes el cine y la televisión y ahora las redes, muestran el lado próspero de Estados Unidos, y ocultan los millones que viven en pobreza extrema, la discriminación contra los afrodescendientes y los latinos; esconden que la idea de que se puede salir adelante con trabajo y más trabajo ya está hakeada, y que la igualdad de oportunidades que se pregona es en la práctica un mito.
Según un informe de Naciones Unidas, de marzo de 2022, hubo un incremento del 28% de sobredosis fatales. Añade que ese país padece una epidemia de opiáceos. Según el New York Times, el fentanilo se ha convertido en una de las principales causas de muerte en Estados Unidos.
Anyway, el sueño americano es en realidad una pesadilla.
Crear contrahegemonía
No es negar las redes y su impacto, esa presencia apabullante del ecosistema digital. Es atreverse a ser crítico, asumiendo off course que hay pensamiento crítico. Solo así puede irse generando la contrahegemonía indispensable, que no es solo llevar la contra sino levantar y cosechar otro mundo posible, como aquel eslogan.
Para eso hace falta tejer redes desde donde estamos y nos movemos para sobrevivir, porque a veces es así; para vivir, trabajar, apoyar a los amigos y familiares, y yendo más allá, ser ciudadanos y sembrar convivencia… en todo.
Dice Leticia Soberón: “El tejedor de redes es aquél que, sin dejar de ser él mismo, es capaz de mirar a su alrededor, comprender también los estilos y metas de los demás y dialogar con ellos para mancomunar esfuerzos en lo posible. La reflexión conjunta ayuda a establecer vínculos más duraderos y permite ofrecer servicios más amplios a los destinatarios de ambos”.
Es redes versus redes, comunitarias y virtuales. Así irá surgiendo la comunicación contrahegemónica.
Autor: Orlando Villalobos Finol
IG: @orlandovillalobos26/ X: @pasionporeldiscurso
Referencias
(1) Hannah Arendt (2006). Eichman en Jerusalem. Un estudio sobre la banalidad del mal. Editorial De Bolsillo.
(2) Philippe Breton (2008). La utopía de la comunicación. Argentina, Ediciones Nueva Visión.
(3) Nora Merlin (2024). La realidad virtual, nueva hegemonía cultural. Disponible en https://www.pagina12.com.ar/711038-la-realidad-virtual-nueva-hegemonia-cultural (Consulta: 2024, febrero, 8).
(4) Antonio Gramsci (1981). Cuadernos de la cárcel, México, Era.

Huele a azufre es una plataforma digital de análisis geopolítico contrahegemónico, que busca visibilizar las voces y los discursos silenciados por el poder mediático.
