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Los conceptos políticos que introdujo Lenin son muy utilizados, pero con escasa indagación de su contenido. Para reconsiderar su legado hay que evitar la canonización, el academicismo y el dogmatismo. Su actitud decidida ilustra un camino para derrotar a la ultraderecha, su valoración crítica de los aliados se aplica al progresismo y su defensa de lo conquistado rige para los procesos radicales.

El neoliberalismo, el constitucionalismo y la regresión de la conciencia socialista modifican el escenario leninista, pero las rebeliones incentivan otros aprendizajes. El líder bolchevique cuestionó la imitación del modelo soviético y evaluó la relevancia de los contextos parlamentarios. 

Su mensaje es muy pertinente para la estrategia latinoamericana de llegar al gobierno y disputar el poder. Los golpes institucionales del lawfare confirman las diferencias que separan a esas dos instancias. Lenin inauguró el registro de sujetos protagónicos diversos de la lucha popular y concibió diferentes formas de partido, para gestar el instrumento de una transformación socialista.

Lenin fue el artífice de la primera revolución socialista y del audaz intento de gestar un sistema poscapitalista. Por esa razón fue diabolizado durante décadas por las clases dominantes con descalificaciones de todo tipo. Luego del colapso de la Unión Soviética (URSS) sustituyeron esa denigración por el olvido. Imaginaron que la globalización neoliberal perpetuaba el capitalismo y, el gran villano del siglo XX, quedó transformado en una simple curiosidad del pasado. 

Pero en el centenario de su fallecimiento, la oleada ultraderechista ha resucitado la impugnación del líder bolchevique. Los fanáticos defensores del mercado observan rebrotes de comunismo en todas partes y detectan la sombra de Lenin en cualquier protesta.

Esa paranoia recrea el interés por un crítico frontal de la atroz matanza perpetrada por el capitalismo durante la Primera Guerra Mundial. Al cabo de cien años, Lenin reaparece junto a los nuevos focos de militarización que convulsionan a Europa Oriental y Medio Oriente. 

Esa devastación es complementada por una catástrofe climática, que nadie percibía en la época del dirigente soviético. El dramático impacto actual del calentamiento global induce a retomar los cuestionamientos al capitalismo. La competencia por mayores beneficios amenaza el entorno natural que sostiene al planeta y el “leninismo ecológico” que sugieren varios autores, emerge como respuesta al nuevo peligro que afecta a la humanidad (Dejean; 2024). 

Lenin resurge para luchar contra ese infortunio y aporta un enorme cúmulo de enseñanzas en numerosos terrenos.

“En esa preocupación por definir rumbos consideró la disposición de lucha, la conciencia, las expectativas y los prejuicios de los trabajadores. Maduró con esta mirada conceptos más inscriptos en el sinuoso arte de la política, que en el estricto universo de las leyes sociales”

Categorías para la acción 

El revolucionario ruso renovó la ciencia política, con varios conceptos que se han tornado muy corrientes. Esas categorías son utilizadas por muchos movimientos populares para desenvolver su intervención cotidiana. Pero hay pocas indagaciones del origen de esas nociones y de su creador.

Lenin popularizó un lenguaje forjado en la lucha contra el zarismo, perfeccionado en los debates internacionales de la socialdemocracia y revisado en las discusiones del movimiento comunista. Con su atención en la acción política modificó las miradas previas del marxismo, que concebían un devenir inexorable hacia el socialismo, motorizado por el desarrollo de las fuerzas productivas. 

La confianza en ese rumbo reducía el papel de los sujetos, a un simple papel de acompañantes del proceso de extinción del capitalismo. Ese viraje debía verificarse primero en las economías más avanzadas (Europa Occidental), para extenderse luego a las regiones menos desarrolladas (Rusia), hasta abarcar a todo el planeta. 

El líder soviético objetó ese determinismo fatalista, introduciendo otra conexión entre la dinámica de desarrollo, las crisis del sistema y las intervenciones de la clase trabajadora. Cuestionó la existencia de una relación automática entre esas dimensiones, destacando la variedad de eslabones débiles del capitalismo y subrayando la primacía de la lucha de los oprimidos para apuntalar el proyecto socialista. Por esa centralidad que asignó a la praxis, concentró su esfuerzo en esclarecer los pasos que debían seguir las fuerzas políticas de izquierda.

En esa preocupación por definir rumbos consideró la disposición de lucha, la conciencia, las expectativas y los prejuicios de los trabajadores. Maduró con esta mirada conceptos más inscriptos en el sinuoso arte de la política, que en el estricto universo de las leyes sociales (Ortega Reyna, 2017).

En el plano inmediato esas nociones evalúan las relaciones de fuerzas en cada coyuntura, observando la tensión entre las clases dominantes y dominadas. Ese abordaje ya es un punto de partida habitual en las caracterizaciones de la izquierda, que registran la primacía de ofensivas de los capitalistas o de los trabajadores. 

De ese retrato inicial se deducen las políticas que refuerzan el perfil beligerante o defensivo de la acción socialista. Con esta indagación centrada en el diagnóstico de la confrontación clasista, Lenin preparó la estrategia que le permitiría conquistar el poder del Estado.      

Su principal fórmula para subrayar la especificidad de cada escenario (“el análisis concreto de la situación concreta”), quedó asimilado por la militancia como un ordenador de la actividad. Ese enunciado indujo a proponer consignas amoldadas a cada circunstancia, con un patrón alejado de las abstractas vaguedades del socialismo del siglo XIX. 

El líder bolchevique distinguió cursos inmediatos y mediatos, renovando la diferencia entre táctica y estrategia, que la ciencia política absorbió del lenguaje militar. Pero utilizó ese bagaje para ubicar al enemigo principal y para evaluar las conductas de las capas intermedias, a fin de establecer las alianzas requeridas para el triunfo de la revolución. Logró gestar una forma de dirección política asentada en esas variables. 

Lenin incluyó la dinámica de lo imprevisible en la intervención socialista. Preparó formas de acción amoladas a la aparición de hechos inesperados. Entendió que, en los súbitos cambios de escenario, irrumpen virajes políticos generadores de grandes oportunidades para la lucha socialista. Con ese abordaje enriqueció la vertiente historicista del marxismo, que objeta el amoldamiento pasivo de los sujetos a un curso predeterminado de la historia. Todos sus escritos proponen incidir mediante la acción popular en un devenir abierto.

El grueso de la izquierda desenvuelve en la actualidad esa forma de actuar con pocas referencias al mentor de esas prácticas. Ese desconocimiento empobrece la comprensión de un instrumental, que debería ser investigado revisando los 55 tomos de las obras completas de su autor (Lenin, ed 1960). Esa indagación permitiría reemplazar el leninismo espontáneo por una intervención más fundada en el acervo desarrollado por el conceptualizador de los soviets.

Para leer una nota biográfica sobre Lenin, hecha por Trotsky

Tres deformaciones

Una revisión provechosa de Lenin exige lidiar con tres obstáculos que dificultan la asimilación de sus enseñanzas. El primero son los resabios de canonización que imponía la burocracia de la ex URSS para legitimar su régimen político (Boron, 2024). Esa capa gobernante transformó al leninismo, en una ideología asentada en referencias a los textos del líder bolchevique. Cada cita seleccionada apuntaba a justificar el rumbo que esa dirección delineaba para cada coyuntura.

Esa deformación no desapareció con la implosión de la URSS. La manipulación de los escritos de Lenin para ponderar cierto curso (o desmerecer el opuesto), persiste como costumbre en varias formaciones de la izquierda. El leninismo no ha sido el único afectado por esa distorsión. La misma deformación se extendió a otros referentes del marxismo (Trotsky, Luxemburgo, Mao, Fidel, Gramsci), que inspiraron corrientes inspiradas en su nombre (“ismos”).

Una segunda desventura afecta a Lenin, cuando su legado es transformado en un objeto de estudio meramente académico. Esa conversión vacía la interpretación de una obra centrada en el compromiso político. El entusiasmo que suscita el líder bolchevique entre muchos doctorandos, contribuye a descubrir aspectos desconocidos de su vida y permite retomar algunas elaboraciones inconclusas. 

Pero el estudio de su trayectoria con los códigos de la investigación universitaria, erosiona la característica central del enfoque de Lenin, que es la transformación de toda reflexión intelectual en acción política.

La mirada académica no utiliza tampoco los conceptos del teórico soviético para actualizar el proyecto socialista. Se concentra en una meticulosa indagación de sus escritos, evaluando en qué medida fue distorsionada por las ediciones recortadas o por los manuales simplificadores que difundieron los funcionarios de la ex URSS (Piemonte, 2023: 36-42). 

Es probable que esa distorsión haya afectado en el pasado a la militancia comunista, pero la preocupación por esa anomalía no tiene gran relevancia actual. Desde la restauración del capitalismo, el líder bolchevique ha quedado totalmente relegado en Rusia y su figura es silenciada en el ámbito oficial.

Una relectura de Lenin divorciada de su espíritu militante es improductiva. Sus grandes temas —el socialismo, la revolución, el proletariado, la guerra— sólo tienen relevancia en estrecha conexión con los dilemas políticos actuales (Martínez, 2023). Eludir este abordaje conduce a situarse en las antípodas de Lenin y en frontal contraposición con el análisis concreto que promovía. Varios analistas han subrayado que ese divorcio afecta mucho más los estudios del dirigente soviético que las investigaciones sobre Marx o Engels (Budgen, 2010). Una lectura puramente académica de Lenin imposibilita su comprensión.

Existe finalmente una mirada dogmática que imagina un Lenin invariable, fuera de todo tiempo y lugar y aplica sus categorías a cualquier escenario. Olvida que el líder bolchevique vivió y actuó en un período revolucionario y desenvolvió conceptos acordes a ese escenario. 

El análisis meticuloso de sus categorías es fructífero si se reconoce ese contexto. Cuando se olvida esa conexión, Lenin pierde vigencia como referente efectivo de la tradición marxista y queda petrificado como un prócer elogiado. Esa veneración obstruye la utilización de su legado para evaluar un escenario radicalmente distinto al imperante hace 100 años.

Lecciones frente a la ultraderecha

La reconsideración de Lenin permite precisar las posturas de la izquierda, frente a los problemas políticos más perentorios de América Latina. Contener y doblegar a la ultraderecha es la prioridad del momento.

La oleada marrón impacta en todos los países y expresa la canalización reaccionaria de gran parte del descontento generado por la globalización neoliberal. El capitalismo expandió la desigualdad, amplió el desempleo y potenció la exclusión. El malestar generado por esas penurias es aprovechado por los derechistas, para incentivar la irritación de los empobrecidos contra los desamparados. 

Con mensajes de odio hacia los más afectados por esas desventuras se descargan las tensiones hacia abajo, perpetuando los privilegios de los dominadores. Con esa andanada de agresiones y resentimientos, la ultraderecha digiere a la derecha convencional y afianza su perfil autoritario.

En América Latina pretende doblegar las protestas populares, con el brutal modelo que introdujo el golpe cívico-militar de Perú. Busca también frustrar con campañas vengativas el despunte de un nuevo ciclo progresista. Enarbola estandartes conservadores tan amoldados al neoliberalismo, como distantes del nacionalismo industrial-desarrollista de los viejos derechistas de la región. 

América latina fue con Pinochet y Videla, el laboratorio mundial del neoliberalismo y despunta ahora con Milei, como un ámbito de experimentación de la ultraderecha. El libertario argentino ya no sigue el guion convencional de sus predecesores inmediatos (Trump, Bolsonaro, Meloni, Orban). Junto a Netanyahu implementa en la práctica los mensajes más incendiarios. 

Para leer la declaración de Netanyahu sobre la Corte Penal Internacional

El genocidio de palestinos sintoniza con la inédita brutalidad de la motosierra en Argentina. Frenar esa andanada es la principal tarea del momento y Lenin aporta varias indicaciones para desenvolver esa resistencia.

El líder bolchevique maduró una respuesta a la ultraderecha, cuando enfrentó el golpe militar de Kornilov contra el gobierno provisional de Kerensky. Lenin confrontaba con esta última administración por su negativa a satisfacer las tres demandas de la revolución de febrero (fin de la guerra interimperialista, mejoras sociales inmediatas, entrega de la tierra a los campesinos). Pero frente al peligro de restauración del viejo orden monárquico, promovió una acción defensiva común con todos los sectores antizaristas. 

Esa postura permitió doblegar la asonada reaccionaria, mediante la unidad de acción contra el enemigo principal. Esa respuesta fue asimilada durante toda la centuria pasada por el grueso de la izquierda, como una norma orientadora contra el golpismo derechista. Frente a una amenaza de fascismo, invasión imperialista, intervención militar o represión en gran escala, la prioridad es neutralizar ese peligro con un bloque defensivo. Las divergencias con los aliados no deben obstruir la concreción de ese dique. 

En el escenario latinoamericano actual, la aplicación de esa política implica gestar un amplio frente de movilización contra la ultraderecha en la calle y en las urnas. En este último plano, la batalla incluye el voto contra los candidatos reaccionarios en las instancias decisivas del balotaje. Ese dilema se ha planteado en la numerosa secuencia de segundas vueltas, que presentaron los comicios de los últimos años (Katz, 2024: 220-229). 

Esa postura electoral es coherente con el mensaje leninista centrado en la lucha. Las urnas tan solo complementan lo que se impulsa en la calle. La audacia, la valentía y la decisión eran para el líder bolchevique las principales claves para doblegar a una ultraderecha, que captura adhesiones con exhibiciones de fuerza. Una izquierda timorata no puede disputar primacía, frente a rivales que no disimulan su voluntad de poder. Todos los desenlaces políticos de los últimos años corroboran ese principio.

La ultraderecha fracasó en los tres casos que enfrentó una respuesta decidida. En Venezuela falló con su escalada de complots y ahora vuelve a las urnas con la cabeza gacha. En Bolivia naufragó la asonada secesionista de Santa Cruz, cuando su principal instigador fue detenido. En Brasil, no pudo consumar el desconocimiento de las elecciones frente a la firme reacción que enfrentó Bolsonaro. En las tres situaciones prevaleció una respuesta afín al planteo leninista.

Para leer sobre el fallido golpe de estado contra el presidente Nicolás Maduro

La actitud opuesta que asumieron Lugo en Paraguay, Dilma en Brasil, Castillo en Perú y Fernández en Argentina condujo a un amargo resultado. Las posturas conciliatorias de esos mandatarios explican el éxito de sus enemigos. Los derechistas combinaron la movilización callejera, con el desprecio de las instituciones republicanas y el ultraje del orden legal. El realismo de Lenin permite registrar ese desparpajo, para alentar respuestas efectivas contra Milei, Bolsonaro, Kast y Uribe.

Posturas frente al progresismo

La relectura de Lenin aporta muchos elementos para esclarecer la nueva oleada de gobiernos progresistas. Ese ciclo es más extendido y fragmentado que la onda anterior e incluye a un país centroamericano de peso (México), otro de gran influencia política (Honduras) y un tercero que revierte la larga pesadilla de autoritarismo (Guatemala). Esa misma novedad se extiende al Sur, con la victoria conseguida en una nación tradicionalmente controlada por una oligarquía despótica (Colombia).

El ciclo en curso carece de la proyección regional que tuvo el proceso anterior y está condicionado por un significativo acortamiento temporal. Los nuevos progresistas confrontan con una ultraderecha inexistente en la década pasada. La presencia de esa fuerza acota los márgenes de acción de las administraciones centroizquierdistas y provoca una vertiginosa oscilación política. 

En el 2008 prevalecían los gobiernos progresistas y en el 2019 esa primacía quedó invertida por la restauración conservadora. A comienzos de 2023 volvió a predominar la primera opción y en la actualidad se registra una generalizada contraofensiva para alterar ese patrón. En esta dinámica pendular, algunas experiencias progresistas se agotan con inusitada velocidad. En ciertos países la izquierda participa en esos gobiernos y en otros los cuestiona con la misma vehemencia que la oposición derechista. ¿Qué sugerencias inspira la mirada de Lenin frente a esas disyuntivas?   

El líder bolchevique confrontó en Rusia con dos formaciones del mismo tipo. Por un lado, los liberales representaban a la ascendente burguesía rusa y vacilaban en los cuestionamientos al zarismo. Negociaban con la monarquía y apostaban a su gradual transformación en un régimen constitucional.

Por otra parte, el sector moderado de la socialdemocracia (mencheviques) auspiciaba estrategias más comparables con el progresismo actual. Proponía gestar formas de capitalismo regulado, para apuntalar procesos favorables a las mayorías populares. Concebía al socialismo como un proyecto lejano y precedido por modalidades aún ausentes de capitalismo desarrollado. El progresismo actual descree por completo del socialismo, pero comparte con el menchevismo el rechazo a cualquier aceleración de los ritmos históricos que amenace la continuidad del capitalismo. 

Lenin disputó con sus dos rivales enarbolando el programa de demandas populares, que los liberales objetaban y los mencheviques rehuían. Se apoyaba en la fuerte influencia de los bolcheviques entre los trabajadores y promovía alianzas con los campesinos, contra el protagonismo de la burguesía que exigían los liberales y aceptaban los mencheviques.

En oposición a la conciliación con el zarismo Lenin promovía la movilización popular, exponiendo sin titubeos sus postulados revolucionarios. Una actitud semejante en el escenario latinoamericano actual, induce a resistir con firmeza las capitulaciones del progresismo, señalando el incumplimiento de sus promesas electorales. 

Lenin siempre subrayó las diferencias que separaban a sus adversarios liberales y mencheviques del enemigo zarista. Pero también destacó la necesidad de confrontar con ambos sectores, para impedir que su rendición desembocara en una derrota popular. Para implementar esa estrategia introdujo numerosas tácticas durante la corta gestión progresista de Kerensky. Evitaba confundir a esa administración con el tirano zarista, pero sin aceptar las frustraciones que generaba ese gobierno. Con esa doble acción preparó el camino para el triunfo socialista.

El dirigente ruso siempre priorizó la intervención directa de las masas. Su confianza en esa participación es un rasgo destacado por todos los estudiosos de su obra. Ese ingrediente de optimismo es visto como el aspecto romántico de un dirigente, que estuvo muy pendiente de la irrupción de contextos revolucionarios. Con ese horizonte apostó a conductas heroicas y estableció una relación emocional de sus reflexiones con esos escenarios (Lih, 2024). Pero esa pasión nunca cegó su evaluación realista de cada coyuntura. 

El líder bolchevique observó en la acción popular, el componente más auspicioso para revertir situaciones adversas y radicalizar contextos favorables. Ese enaltecimiento de la lucha es un mensaje muy oportuno para el marco latinoamericano actualmente signado por gobiernos progresistas, que desconfían de sus pueblos y evitan sostener sus gestiones con la movilización callejera. 

Varias administraciones de ese signo conservan la expectativa de sus votantes y en la durísima disputa con la derecha no rehúyen las manifestaciones de ese apoyo (Petro, López Obrador). Pero en otros casos, el incumplimiento de las promesas electorales ya generó un desengaño que frustró la batalla contra el golpismo (Castillo), quebrantó la esperanza de cambios constitucionales (Boric) y abrió el camino para el reemplazo ultraderechista (Fernández).

Lenin pregonó la acción popular como una estrategia desde abajo contrapuesta al manejo estatal de los poderosos. La izquierda latinoamericana debe retomar ese contrapunto para apuntalar sus metas socialistas, frente a los objetivos pro capitalistas del progresismo. 

Defensa de los procesos radicales

Lenin esperaba una rápida extensión mundial de la revolución rusa con el consiguiente despegue del socialismo. No llegó a conocer la frustración de esa expectativa, pero pudo notar que Alemania y Francia no seguían la pauta de los éxitos bolcheviques

Esa adversidad generó el aislamiento internacional de la URSS y fuertes presiones contrarrevolucionarias, que forzaron el endurecimiento defensivo del régimen soviético. Con su habitual realismo, Lenin mantuvo la defensa de la revolución, resaltando logros, asumiendo problemas y aceptando fallas. 

Esta postura legó un tipo de conducta en la izquierda frente a situaciones semejantes. Cualquiera sea la penuria, el obstáculo o los desaciertos que afronte un proceso transformador, corresponde defenderlo ante el acoso de la derecha y el imperialismo. Lo que padeció la Unión Soviética se repitió posteriormente en los cursos socialistas de China, Vietnam o Cuba y en los ensayos radicales de África, Asia o América Latina. 

El mismo hostigamiento reaccionario asume actualmente formas muy virulentas contra Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua y la defensa de esos países no debería generar cuestionamientos en la izquierda. Una relectura de Lenin indica que ninguna objeción a las políticas seguidas por los gobiernos de esos países (con sus significativas diferencias entre sí), justifica restringir el sostén internacional que necesitan para defenderse del imperialismo.

Para revisar un gráfico con la aplicación de las medidas coercitivas unilaterales en el mundo

Esos cuatro países participan de un eje diferenciado del progresismo por la magnitud de la agresión estadounidense. El Departamento de Estado auspició un récord de atentados, complots y guarimbas para doblegar al chavismo y retomó la escalada golpista en Bolivia luego del fallido experimento de Añez. En Nicaragua combinó la presión diplomática con una furibunda agresión mediática y en Cuba reforzó el bloqueo para incentivar el descontento.

Estas campañas impactan sobre los complejos escenarios internos imperantes en los cuatro países. La recuperación económica en Venezuela se consuma con mayor desigualdad y creciente enriquecimiento de la boliburguesía. Los logros de crecimiento, redistribución del ingreso y uso productivo de la renta de Bolivia han quedado frenados por una disputa interna del MAS. La inadmisible respuesta represiva del orteguismo frente a las protestas se ha extendido a varios héroes de la revolución sandinista. La epopeya cubana continúa con reconocimiento y admiración regional, pero las soluciones al estancamiento económico se demoran sin respuestas a la vista. 

Un abordaje de estos problemas afín a la tradición de Lenin exige reconocer las adversidades y debatir su resolución. El líder bolchevique inauguró una forma de exponer disyuntivas con inédita franqueza y ausencia de cortesía. Esa frontalidad contribuye a caracterizar las causas del actual congelamiento de los procesos radicales en la región. No han sido doblegados, pero están muy lejos de los avances prometidos y esperados por la población.

El mensaje leninista frente a esos dilemas transita por buscar los remedios en la radicalización de esos procesos. Ese curso puede desenvolverse evitando la expectativa en soluciones mágicas y rehuyendo la resignación frente al status quo.

Autor: Claudio Katz

 

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