La presencia de la armada rusa en el Caribe

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Rusia

El 12 de junio una flotilla rusa de 4 buques, dos militares y dos de apoyo logístico visitaron Cuba durante 5 días, después de realizar maniobras en el Atlántico Norte. Esta visita, que no es la primera de la era post soviética, pero sí es la más grande y en un momento de tensión internacional, ha llamado la atención y al análisis sobre sus implicancias. 

Veremos a continuación las características de los buques rusos para poder calificar la característica militar de la amenaza, y después analizaremos algunas ideas sobre su implicancia geopolítica.

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La flotilla rusa, una fuerza en sí misma

Como ya mencionamos la fuerza que arribó a La Habana no es una unidad aislada, que no dejaría de tener su significado, sino que es una flotilla, una pequeña fuerza. O sea, un conjunto de naves con múltiples capacidades que se pueden desplegar un largo tiempo en una misión de cierta envergadura. Está constituida por 4 buques, dos de combate y dos de apoyo logístico. Una Fragata, la Almirante Gorshkov; un submarino, el Kazan; un petrolero de apoyo logístico, el Pashkin; y un remolcador, el Nikolai Chiker.

La fragata es de muy reciente diseño y cuenta con los más modernos sistemas, está —según los occidentales— a un buen nivel. Desplaza 5200 toneladas a plena carga, con una eslora de 135 m. Puede alcanzar los 29,5 nudos y 4500 millas de autonomía. Su dotación la constituyen unas 200 personas. Posee un cañón de 130 mm; 16 misiles antibuque Onix; misiles antiaéreos de alcance medio Stihl I; 4 tubos lanzatorpedos de 400 mm; cohetes antisubmarinos; un sistema antiaéreo; un moderno sistema de guerra electrónica y misiles hipersónicos Zircón. O sea, dispone de amplias capacidades antibuque, antisubmarino, antiaérea, electrónicas, y de las más modernas capacidades de ataque, etc. Es una de las tres unidades botadas hasta ahora, de las 12 programadas. 

Lo más importante son los lanzadores de misiles crucero de los que la fragata está dotada, lo que la hace una importante plataforma de ataque a tierra. Inclusive, con la capacidad de que esos misiles sean de tipo hipersónicos de muy difícil intercepción por ahora. Además, si bien no despliega en esta ocasión cabezas nucleares, la cuestión es que esos misiles sí podrían hacerlo. Si bien tiene la categoría de fragata es casi un destructor.

La otra unidad de ataque es el submarino Kazan. Es una unidad clase Yasen SSGN, de propulsión nuclear. Entró en servicio en el 2018. Desplaza 13,800 toneladas pudiendo llevar hasta 106 hombres a bordo entre tripulación (90) y comandos u otros especialistas, es capaz de descender hasta 600 m de profundidad y desplazarse a 35 nudos de velocidad. Su armamento consiste en misiles antiaéreos; 24 misiles (3M-54 Club y P-800 Ónix); 8 tubos lanzatorpedos de 650 mm; y 2 tubos lanzatorpedos de 533 mm. También es capaz de lanzar misiles hipersónicos Zircón.

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La fuerza de submarinos rusa dispone de unidades capaces de disparar misiles balísticos (SSBN) o misiles crucero (SSGN), en el primer caso son la clave de la disuasión estratégica nuclear rusa. No operan en actividades, ni ejercicios militares con terceros, ni salen de visita en diplomacia “armada”, sino que se encuentran en las “fortalezas” del mar de Barents o de Ojotsk, en espera de otro nivel de acciones. 

Los SSGN, en cambio, son submarinos que disparan misiles crucero, capaces de realizar ataques a tierra de tipo táctico, apoyar a unidades en tierra, bombardear instalaciones en una zona de combate determinada o destruir objetivos diversos en el interior del país enemigo. Como en el caso de la fragata, lo más destacado del submarino es que dispone de la capacidad de desplegar misiles hipersónicos con un amplio alcance —de unos 500 a 1000 km— y una cabeza nuclear o convencional de 500 kg. 

A estas unidades las acompañan un remolcador, desplaza 98 m de eslora y 5000 tns. Es una nave de cierta envergadura para su tipo. Lo que está relacionado en que su función, en este caso, es ser el apoyo de dos importantes unidades de combate que, como se encuentran en un largo viaje a través del océano donde no cuentan con puertos seguros y deben realizar largo trayectos sin recalar, lo conveniente es que ante cualquier desperfecto —más aún estando en el Caribe, cerca de los EE. UU.— puedan disponer de medios propios que los trasladen a un puerto amigo. Y, por último, el petrolero Pashin, que lleva el abastecimiento necesario cumpliendo la misión de aprovisionar a los demás buques de lo necesario. Ambos buques no son de los más avanzados en la actualidad.

“Al ser un arma de desarrollo tan reciente se considera que no existen, por ahora, contramedidas efectivas en su contra. Eso quiere decir, que la defensa antimisiles más moderna sólo podría neutralizar un misil hipersónico si el blanco de ataque se encuentra muy cerca”

Si bien las naves rusas son de las más modernas de su escuadra y de reciente fabricación, la clave de su poder son los misiles Zircón, y conviene destacarlo. En el 2020 se desarrollaron pruebas de lanzamiento de los hipersónicos desde buques de la marina rusa. En un tiempo tan cercano como diciembre de 2022, Rusia anunció que el sistema sería desplegado, a partir de enero de 2023, en el Gorshkov. Se anticipaba que los Zircón serían desplegados en las otras fragatas hermanas del Gorshkov. Los misiles embarcados Zircón tienen entre 500 y 1000 km mach 9; con una velocidad y capacidad de una trayectoria incierta son muy efectivos. 

Al ser un arma de desarrollo tan reciente se considera que no existen, por ahora, contramedidas efectivas en su contra. Eso quiere decir, que la defensa antimisiles más moderna sólo podría neutralizar un misil hipersónico si el blanco de ataque se encuentra muy cerca; pero siendo disparados en forma de salva serían, probablemente, indetenibles en este momento. Y los buques rusos tienen la capacidad de disparar, en forma de batería, una salva de varios a la vez. 

Rusos y norteamericanos miden poderíos

Indudablemente son unidades de importancia, sin embargo, es claro que la potencia del norte dispone de capacidad para vigilarlas y neutralizarlas si las considerara una amenaza inminente. Aunque no está demás destacar que la cantidad de lanzadores de misiles pueden representar una amenaza real —estando tan cerca de la costa norteamericana— con posibilidades de superar todas las defensas, en un ataque por sorpresa.

Pero es claro que EE. UU. no supone que los rusos vayan a atacarlos desde Cuba, ya que en estas condiciones para Cuba sería suicidio. Además hay que tener en cuenta que, probablemente, la fuerza rusa sería destruida, al menos la fragata y sus apoyos de superficie. En el caso del submarino es más difícil. 

En realidad esta demostración es parte de una jugada, de un movimiento de piezas en este tablero geopolítico mundial. Debemos señalar que el submarino fue anunciado por los rusos como parte de la flotilla que visitaría el país insular, y un buque de este tipo es un verdadero peligro sumergido, cuando se desconoce si está o no en la región, no cuando se sabe de su presencia.

Aún así, apenas la flotilla rusa se aproximó a aguas de interés de EE. UU. una fuerza salió a seguirla a prudente distancia, como es lógico. Por su parte los rusos realizaron maniobras y lanzamiento de misiles, entre otras prácticas; lo que sin dudas es un alarde de poder ante los que quisieran observar.

Entre los buques de la Armada Estadounidense que siguieron a los rusos estaban los destructores USS Truxtun y USS Donald Cook, ambos de mayor envergadura que la fragata rusa —aunque no podemos afirmar que más modernos. Construidos a fines de los 90 y principios de los 2000, disponen de importantes capacidades antisubmarino, electrónicas, antibuque y antiaéreas; además de plataformas para los misiles Tomahawk. Estos dos buques han operado juntos y fueron enviados, en el 2014, al inicio de la guerra del Donabas, al Mar Negro como señal de respaldo a los países ex soviéticos de la zona. 

También fue desplegado el buque guardacostas USCGC Stone, un moderno buque de 127 mst de eslora que ya estuvo por Argentina, patrullando nuestros mares, en varias ocasiones. Además, medios aéreos patrullaban la zona, incluido un avión de reconocimiento P-8 Poseidón (con avanzadas capacidades antisubmarino, reconocimiento e inteligencia). Y, al día siguiente del arribo de la flotilla rusa, un submarino de ataque de los EE. UU. emergió en Guantánamo. 

Con el mismo lenguaje de “visita cordial”, el Comando Sur comunicó que “El submarino de ataque rápido USS Helena se encuentra en la Bahía de Guantánamo, Cuba, como parte de una visita portuaria de rutina mientras transita por el área geográfica de responsabilidad del Comando Sur de los EE.UU. y lleva a cabo su misión global de seguridad marítima y defensa nacional”. Es un buque de importantes capacidades.

Un mensaje claro y fuerte

Sin embargo, como en un juego de guerra, no es cuestión de medir la suma de poder de cada ficha para saber quién gana. Es claro que, frente a sus costas, los EE. UU. pueden sumar más fuerzas —dispone de más fuerzas navales sin dudas—, y también es claro que las unidades rusas son destacadas. En este sentido vemos que los EE. UU. movió fuerzas proporcionales, lo que es un indicio de que el mensaje ruso fue recibido. 

Justamente el objetivo —uno de ellos— fue señalar que la potencia euroasiática puede movilizar una fuerza importante en el Caribe, a pocas millas de las costas norteamericanas y, además, que hay puertos amigos dispuestos a recibirlos; agregando así un nuevo foco de atención a los ya múltiples que la potencia del norte se ve obligada a atender en todo el mundo. También se enmarca en dar cierta credibilidad a la indicación de Putin de que, ante la decisión occidental de que Ucrania pueda usar los misiles que se le proveen sobre territorio internacionalmente reconocido como soberano, “habría respuestas asimétricas”. 

Es de señalar también, desde el plano estrictamente militar, que si bien las unidades de superficie son visibles, el submarino es mucho más difícil de detectar sumergido. No dudamos que los EE. UU. habrán desplegado sus medidas para tener identificada a la unidad en futuras ocasiones; lo que habrá obligado a los rusos, a su vez, a desplazar su submarino en una forma distinta o con contramedidas que “ensucien” en sonar, etc. 

O sea, que el “juego” —entre las fuerzas rusas y de los occidentales— habrá tenido elementos variados, lo que de por sí (como el hecho de que todo el mundo esté hablando de esto) es un punto para Rusia en el plano de las RRII cuando se mueven fichas militares.

Pero eso no es lo clave. La flotilla rusa no pretendía atacar los EE. UU. ni enfrentarse a unidades de ningún tipo, sino hacer “diplomacia naval”. Algo muy antiguo, tanto como las marinas. La amenaza rusa no es especialmente militar y convencional en las aguas del Caribe. Es de otro tipo. 

Los funcionarios del Pentágono y del Departamento de Estado han enfatizado que “la actividad rusa es rutinaria y no representa ninguna amenaza para los EE. UU” y han señalado que Cuba ha acogido buques rusos todos los años entre 2013 y 2020, intentado bajar el perfil.

Pero lo que destaca la visita —y que podría ser “rutinario” pero no lo es—; es que la vocera María Sarajova señaló, recientemente, que se podría “atacar objetivos británicos alrededor del mundo”. Muchos sobre interpretaron esto señalando Malvinas o Gibraltar porque, quizás, sean los enclaves coloniales más importantes. Claro que España no va a recuperar Gibraltar contra Inglaterra, que es parte de la misma alianza, y menos apoyada por Rusia. Y Argentina se encuentra más lejos que nunca en todos los aspectos de poder recuperar Malvinas. 

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Pero Sarajova nunca hablo de lugares específicos. Lo que indica la diplomacia rusa es que hay países que se están implicando directamente en el ataque a su territorio, que especialmente Inglaterra tiene colonias y “podrían ser atacadas”. Aunque nunca lo sean, lo cierto es que una serie de naves rusas con capacidades de inteligencia muy avanzadas viajando por el mundo —y especialmente por el Caribe donde hay colonias de Inglaterra y Francia— debe levantar las alarmas en sus enemigos. 

Las posesiones directas británicas en la zona son Islas Turcas y Caicos, Anguila, Montserrat, Islas Caimán y las Islas Vírgenes Británicas. Mientras que las que reconocen al monarca inglés como su soberano son Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las islas Granadinas. Por su parte, Francia posee en la región a las islas de Guadalupe, Martinica, San Bartolomé, San Martín, y el territorio de Guayana. Siempre es bueno recordar la cantidad de enclaves coloniales, sin no dejar de mencionar a Puerto Rico. 

Es decir, el Caribe es un mar con una presencia de potencias no latinoamericanas muy numerosa, donde además circula una parte importante del comercio mundial (se encuentra el canal de Panamá), y aún más el de los EE. UU.

Por otra parte, como de hecho se está viendo en África, existen una gran cantidad de conflictos en el mundo —en occidente o en espacios de interés occidental— sobre los cuales le sería muy fácil para Rusia apoyar y, de esa manera, desequilibrar los intereses occidentales. En cuanto a América latina, en especial el Caribe —el “mediterráneo americano” como lo denominó el almirante Mahan—, es un espacio geopolítico donde el desorden o la disputa es extremadamente molesta y sensible para los EE. UU. 

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Sobre todo en un momento histórico donde diversos funcionarios de la potencia del norte insisten, en forma permanente desde todos los organismos que tienen destinados a atender nuestro continente —en lo militar, lo económico o cualquier otro—; que “nuestros recursos” y “nuestros valores” —los que ellos consideren válidos— deben ser definidos claramente junto con su hegemón y, por supuesto, separados de la influencia de otros países, en primera instancia China y luego Rusia.

En nuestra opinión la flotilla rusa, más que una amenaza militar debe plantearnos razonar si constituye parte, más bien, de una amenaza política. O sea, parte de la voluntad rusa de tener mayor injerencia en el patio trasero de los EE. UU., en respuesta a la injerencia de ellos en su propia esfera. 

Hacia dónde vamos

Muchos han señalado que esta visita “rima” con la crisis de los misiles de la década de 1960, cuando Nikita Krushev decidió instalar, en Cuba, un sistema de misiles balísticos en el marco de una serie de acuerdos más amplios que incluían al país insular en la esfera soviética. 

Es de destacar que el acercamiento de la Cuba revolucionaria de Fidel Castro hacia la URSS estuvo enmarcado en una dialéctica de enfrentamiento, cuya clave era la negativa de la potencia del norte a aceptar las reformas internas cubanas que afectaban intereses de grandes propietarios y el capital extranjero. Como estas medidas nacionales básicas se implementaron en los momentos en que la guerra fría estaba en auge, llevó al encasillamiento de la revolución nacional cubana dentro del conflicto comunismo-capitalismo, la declaración de Cuba como país socialista; así como a una crisis entre la URSS y los EE. UU. —que acercó a ambas potencias a la guerra nuclear—, sin embargo, ambas negociaron y realizaron concesiones mutuas desescalando el conflicto. 

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La situación hoy es distinta. Si bien la capacidad de Rusia como potencia nuclear es una clave que oficia de disuasión para cualquier intervención directa occidental; también es cierto que la presencia rusa en América latina, aun cuando es rechazada por los EE. UU. no desborda las capacidades defensivas de Norteamérica, como sí lo hacían los misiles balísticos de Krushev. 

Además, actualmente se despliega un mundo que avanza aceleradamente hacia el multipolarismo donde muchos países se desenvuelven sobre márgenes de acción independientes —aunque, justamente, EE. UU. pretenda evitar esto en América latina. El mundo bipolar tenía un clivaje ideológico, el multipolarismo busca la diversidad de sistemas; lo que aleja la configuración del orden actual respecto a la contradicción comunismo-capitalismo, volviendo más “realista” el esquema de las relaciones internacionales. Aunque es evidente que el “mundo regido por normas” y “los valores occidentales”, que los globalistas pretenden imponer como único legítimo, son una ideología fuerte y agresiva.

La flotilla rusa debe ser vista como parte del sostén de los lazos que ya tiene Rusia en la región, especialmente con Venezuela y Nicaragua, además de Cuba. Muestra que “también” es un actor en este hemisferio y que además sabe aprovechar oportunidades frente a la potencia que se plantea como el enemigo —sostén principal de Ucrania— que no está dispuesto a negociar.

Además es válido recordar que desde la asunción de Vladimir Putin como presidente de Rusia las relaciones con Cuba están en aumento, aunque sin llegar nunca a los niveles de la era soviética. Rusia es el acreedor máximo de la isla, unos 35 mil millones de dólares. 

En el 2000 visitó Cuba. Ha proporcionado ayuda en catástrofes, donando materiales de construcción e instrumental médico; realizó convenios para búsqueda de petróleo y minería, en el 2008. En 2009 otorgó créditos para ayuda humanitaria y de adquisición de cereales por 25000 tns.; además de 150 millones para comprar maquinaria agrícola. 

Luego, en el 2013, ambas naciones realizaron acuerdos en materia de educación, salud, aeronáutica así como en tecnología espacial; en ese sentido se especula sobre la reapertura de alguna instalación rusa que sirva para redes de comunicación, inteligencia o temas del aeroespacio; todas ellas necesarias en este hemisferio para la autonomía estratégica en esa esfera.

Pero el volumen de intercambio entre Rusia y Cuba es muy bajo, en términos económicos. De hecho, tiene poco intercambio con América latina salvo con Brasil. Pero políticamente es significativo y en ascenso. 

Rusia apoyó a Cuba con petróleo, casi 90 mil toneladas, para paliar su grave crisis este año. Y esta visita refuerza la relación en un momento de graves dificultades económicas de la isla. Cuba implica para Rusia poco gasto o riesgo y mucho rédito. 

Cuba casi no tiene FF AA capaces para la guerra moderna. Sin embargo, tiene personal humano con cierta experiencia y disposición (como los médicos etc. los profesionales son buenos, pero carecen de todo).  La última adquisición militar fue un Mig 29 para desguazar y tener como repuestos ¡en el 2000! Los cubanos tienen buena inteligencia, muchas relaciones en el continente y saben cómo gestionar los problemas latinoamericanos de los distintos países. O al menos pueden proporcionar a Rusia una línea de acción en situaciones de crisis en los distintos países de la región, en miras a apoyar fuerzas gubernamentales o partidos que se orienten hacia una buena relación con la potencia euroasiática.

Qué puede ofrecer Rusia a América latina. En primera instancia cierto respaldo geopolítico para fuerzas o gobiernos que desean mayores niveles de autonomía estratégica frente a la ponencia del norte. La inclusión en los nuevos espacios alternativos que están surgiendo en el mundo, redes de financiamiento y relaciones win win que parecen emerger. 

Además, sí, Rusia dispone de ciertas capacidades para la inversión y desarrollo en algunas industrias, como la de energía, la industria militar, industria minera y el agro. En esos rubros son competitivos. Y es de destacar que en energía son excedentarios, lo que para países como Cuba, ampliamente deficitarios, es una ayuda fundamental como ya se ha demostrado. 

Para cerrar

La flotilla rusa no es una amenaza militar directa, y no pretende serlo. Sí es una intromisión en el “patio trasero” de los EE, UU., y tiene la intención de mostrar al mundo que Rusia, con su ”brazo duro” de las FFAA, se mueve por el mundo con libertad. Y no es para desestimar la alarma que los EE. UU. debe sentir frente a unidades con armas que pueden ser de gran eficacia.

Lo que Rusia logra, o podría lograr, es mandar una señal a la región de que está en la zona, que puede actuar en ella y potenciar sus relaciones con actores regionales disconformes. Por ello los EEUU también dan una señal moviendo sus unidades militares. 

Sin embargo, es Rusia la que puede ganar algo; para EE. UU. sólo se trata de sostener lo “suyo”. Los norteamericanos se encuentran en un momento de intensos debates internos sobre cómo encarar su rumbo en política internacional y cualquier muestra de debilidad, o apuesta que demuestre ser costosa o equivocada, perjudicará a quien la lleve adelante. 

Cuba se encuentra en una situación interna problemática, con tensiones en su estructura económica que se han agudizado en los últimos tiempos. La ayuda rusa es muy bienvenida por las autoridades, mucho más la económica que la militar. Sin embargo, el efecto simbólico y político de las unidades militares en el puerto de La Habana es fuerte y, claramente, respalda al gobierno. Solo pensemos esa misma situación en Puerto Madryn o Lima.

En definitiva, la presencia de unidades en el Caribe es una movida más en el ajedrez de la política mundial, en esta partida por la configuración de un nuevo orden.

Autor: Guillermo Caviasca

Guillermo Caviasca es docente e investigador en la UBA/UNLP y miembro del equipo de PIA global

helicopterox@yahoo.com.ar 

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