Abiy Ahmed y el desafío de gobernar una Etiopía que sigue en disputa
La victoria electoral del Partido de la Prosperidad ratificó el liderazgo del primer ministro etíope, pero no resolvió las profundas tensiones que atraviesan al país. Entre las heridas abiertas de Tigray, los conflictos en Amhara y Oromia, la disputa por el acceso al mar, la Gran Presa del Renacimiento y la creciente competencia geopolítica en el Cuerno de África, Etiopía enfrenta el desafío de consolidarse como potencia regional mientras aún busca definir su propio proyecto nacional.
Cuando los etíopes acudieron a las urnas el pasado 1 de junio, pocos observadores dudaban del resultado. El Partido de la Prosperidad de Abiy Ahmed llegaba a la elección con una ventaja prácticamente incontestable, respaldado por el aparato estatal, una oposición fragmentada y una estructura política que continúa dominando gran parte del escenario nacional. La incógnita no residía en quién ganaría los comicios, sino en qué significado tendría esa victoria para un país que, apenas unos años después de haber atravesado una de las guerras más devastadoras de la historia africana reciente, continúa debatiéndose entre la estabilidad y la fragmentación.
La elección aparece así como una nueva legitimación de un liderazgo que ha marcado profundamente la historia contemporánea de Etiopía. Desde su llegada al poder en 2018, Abiy Ahmed ha transitado un recorrido tan vertiginoso como contradictorio. Fue celebrado internacionalmente como el reformista que ponía fin a décadas de tensión con Eritrea y recibió por ello el Premio Nobel de la Paz en 2019. Apenas un año más tarde, su gobierno quedaría asociado al estallido de la guerra en Tigray, un conflicto que provocó cientos de miles de muertos, millones de desplazados y una crisis humanitaria de dimensiones históricas.
Sin embargo, reducir la figura de Abiy a esa contradicción sería insuficiente. Su propia trayectoria ayuda a comprender muchas de las tensiones que atraviesan actualmente al país. Nacido en 1976 en Beshasha, en la región de Oromia, creció en una familia donde convivían tradiciones religiosas y culturales distintas: su padre era musulmán y su madre pertenecía a la Iglesia Ortodoxa Etíope. Su juventud estuvo marcada por los años finales del régimen del Derg y por las profundas transformaciones que acompañaron el ascenso al poder de la coalición encabezada por el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF). Muy joven ingresó a las fuerzas armadas y posteriormente desarrolló una carrera vinculada a los servicios de inteligencia y comunicaciones militares, participando incluso en la guerra entre Etiopía y Eritrea entre 1998 y 2000.
A diferencia de buena parte de las élites políticas que habían dominado Addis Abeba desde la caída de Mengistu, Abiy emergió de la nueva generación de dirigentes oromo que comenzaron a cuestionar el predominio político ejercido por el TPLF dentro de la coalición gobernante. Las protestas que sacudieron Etiopía entre 2015 y 2018, impulsadas principalmente por sectores juveniles de Oromia y Amhara, terminaron erosionando la legitimidad del gobierno y abrieron el camino para su llegada al poder. Cuando asumió como primer ministro en abril de 2018 fue presentado tanto dentro como fuera del país como el rostro de una nueva etapa política. Liberó presos políticos, permitió el regreso de grupos opositores exiliados, impulsó reformas económicas y sorprendió al mundo al restablecer relaciones diplomáticas con Eritrea después de dos décadas de hostilidad.
Aquellas decisiones le otorgaron una enorme legitimidad interna e internacional. Para muchos africanos representaba la posibilidad de construir una nueva generación de liderazgos capaz de combinar estabilidad política, crecimiento económico y autonomía estratégica. Para las potencias occidentales aparecía como un reformista dispuesto a abrir la economía etíope y modernizar las instituciones del Estado. El Premio Nobel de la Paz recibido en 2019 pareció consolidar definitivamente esa imagen. Sin embargo, la guerra de Tigray demostraría poco después que las fracturas históricas acumuladas durante décadas eran mucho más profundas de lo que sugería el entusiasmo inicial.
La paradoja de Abiy Ahmed comienza precisamente allí. El dirigente que llegó al poder prometiendo reconciliar a Etiopía terminó enfrentado con la organización política que había gobernado el país durante casi treinta años. El líder que fue celebrado internacionalmente como un constructor de paz condujo posteriormente una guerra que alteró por completo la estabilidad del Cuerno de África. Y el político que se propuso fortalecer la unidad nacional continúa gobernando un Estado donde persisten profundas disputas sobre la distribución del poder, la identidad y el futuro de la federación etíope.
Durante los últimos ocho años el primer ministro ha intentado construir un nuevo proyecto nacional para Etiopía, buscando superar el sistema de federalismo étnico heredado del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF) y reemplazarlo por una estructura política más centralizada bajo el liderazgo del Partido de la Prosperidad. Ese proceso, lejos de cerrar las tensiones históricas del país, abrió nuevos frentes de disputa que hoy atraviesan prácticamente todas las regiones de la federación.
Porque detrás de la aparente normalidad electoral persiste una realidad mucho más compleja. Las heridas de Tigray siguen abiertas; en Amhara continúan operando grupos armados que desafían a Addis Abeba; en Oromia, la región más poblada del país y cuna política del propio Abiy, la insurgencia del Ejército de Liberación Oromo mantiene focos activos de confrontación. Al mismo tiempo, las tensiones con Eritrea vuelven a emerger después del acercamiento que dio origen al Nobel de la Paz; la disputa por el acceso al mar coloca nuevamente a Somalilandia y Somalia en el centro del tablero regional; y la guerra que consume a Sudán convierte a Etiopía en una pieza clave de las dinámicas de seguridad del noreste africano.
Todo ello ocurre mientras el país intenta consolidar uno de los proyectos económicos más ambiciosos del continente, apoyado en la expansión de infraestructura financiada por China, la incorporación al bloque BRICS y la finalización de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD), una obra que transformó a Etiopía en una potencia hidroeléctrica emergente pero que continúa alimentando tensiones estratégicas con Egipto. La paradoja es evidente: cuanto más crece la importancia regional de Etiopía, mayores parecen ser los desafíos internos que enfrenta para sostener su cohesión.
Las múltiples Etiopías que Abiy Ahmed intenta gobernar
La dificultad para Abiy Ahmed es que ninguna de esas disputas puede analizarse de manera aislada. Las fracturas que atraviesan a Etiopía son simultáneamente históricas, étnicas, territoriales, económicas y geopolíticas. La guerra de Tigray terminó oficialmente con los Acuerdos de Pretoria de 2022, pero el fin de los combates no resolvió las causas profundas que llevaron al enfrentamiento. El Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF), que durante casi tres décadas dominó la política etíope desde Addis Abeba, perdió el control del Estado pero conservó influencia en una región donde las heridas de la guerra siguen abiertas. La reconstrucción avanza lentamente, miles de desplazados aún no han regresado a sus hogares y las disputas sobre la implementación de los acuerdos de paz continúan alimentando tensiones entre los actores locales y el gobierno federal.
Sin embargo, el problema para Abiy no es únicamente Tigray. Paradójicamente, mientras lograba contener la rebelión tigrayana, nuevos focos de inestabilidad comenzaron a expandirse en otras regiones del país. En Amhara, uno de los pilares históricos del Estado etíope moderno, el surgimiento y fortalecimiento de las milicias Fano reflejó el creciente malestar de sectores que inicialmente habían apoyado la ofensiva contra el TPLF pero que posteriormente percibieron las políticas de Addis Abeba como una amenaza a sus propios intereses políticos y territoriales. Lo que comenzó como una alianza táctica durante la guerra terminó convirtiéndose en una nueva fuente de confrontación para el gobierno central.
La situación en Oromia resulta incluso más delicada. Allí se encuentra la base social de la que emergió el propio Abiy Ahmed cuando llegó al poder en 2018 impulsado por las movilizaciones populares que pusieron fin al predominio político tigrayano. Los oromo constituyen el grupo nacional más numeroso del país y durante décadas denunciaron formas de exclusión política y económica dentro del sistema federal. Sin embargo, una parte significativa de ese movimiento considera que las promesas iniciales del gobierno quedaron incumplidas. El Ejército de Liberación Oromo (OLA) mantiene presencia en distintas zonas rurales y continúa protagonizando enfrentamientos con las fuerzas federales. La paradoja vuelve a ser evidente: el líder que llegó al poder como expresión de una transformación política impulsada desde Oromia enfrenta hoy cuestionamientos precisamente en el territorio que hizo posible su ascenso.
Estas tensiones revelan una cuestión más profunda que atraviesa toda la historia contemporánea de Etiopía. Desde la caída del régimen de Mengistu Haile Mariam en 1991, el país intentó resolver su diversidad nacional mediante un sistema de federalismo étnico que otorgaba amplias competencias a las distintas regiones. Abiy Ahmed llegó al gobierno convencido de que ese modelo había terminado fortaleciendo las divisiones internas y obstaculizando la construcción de una identidad nacional común. Su apuesta consistió en recentralizar gradualmente el poder político y fortalecer las instituciones federales. Pero en un país compuesto por más de ochenta grupos nacionales, donde las identidades regionales tienen profundas raíces históricas, cualquier intento de fortalecer el centro inevitablemente genera resistencias en las periferias.
Es precisamente esa tensión entre centralización y autonomía la que explica buena parte de los desafíos actuales. Porque la disputa no gira únicamente en torno al control del gobierno. Lo que está en discusión es la propia naturaleza del Estado etíope. En otras palabras, la pregunta que subyace detrás de cada conflicto regional es la misma: ¿qué tipo de Etiopía emergerá después de las guerras, las reformas y las transformaciones de los últimos años?
La respuesta a esa pregunta trasciende las fronteras nacionales. Etiopía no es un país cualquiera dentro del continente africano. Con una población que supera los 130 millones de habitantes, una ubicación estratégica en el Cuerno de África y una historia estatal que se remonta siglos antes de la colonización europea, cualquier transformación política en Addis Abeba tiene repercusiones inmediatas sobre todo su entorno regional.
Por eso resulta imposible comprender los desafíos internos del gobierno sin observar simultáneamente el escenario geopolítico que rodea al país. La reconciliación entre Etiopía y Eritrea que llevó a Abiy Ahmed a recibir el Premio Nobel de la Paz fue presentada en su momento como el inicio de una nueva etapa para el Cuerno de África. El acuerdo puso fin formalmente a dos décadas de hostilidad entre ambos Estados y abrió expectativas de integración económica y cooperación regional. Sin embargo, con el paso del tiempo aquellas expectativas comenzaron a erosionarse. Las divergencias sobre el futuro de Tigray, las sospechas mutuas acumuladas durante años y, sobre todo, el creciente debate etíope sobre la necesidad de recuperar una salida soberana al mar volvieron a introducir elementos de tensión en la relación bilateral.
Detrás de esta cuestión aparece uno de los dilemas estratégicos más importantes para la dirigencia etíope contemporánea. Desde la independencia de Eritrea en 1993, Etiopía perdió su acceso directo al Mar Rojo y quedó convertida en el país sin litoral más poblado del planeta. Durante décadas logró sostener su crecimiento económico utilizando principalmente los puertos de Yibuti. Sin embargo, el extraordinario crecimiento demográfico y económico experimentado durante los últimos años ha llevado a sectores de la élite política y militar a considerar que esa dependencia constituye una vulnerabilidad estratégica de largo plazo.
Es en ese contexto donde debe entenderse el acuerdo firmado con Somalilandia a comienzos de 2024. A cambio de reconocimiento político y cooperación económica, Addis Abeba buscó obtener acceso a instalaciones portuarias sobre el Golfo de Adén. La iniciativa provocó una inmediata reacción de Somalia, que la consideró una violación de su soberanía territorial, y reabrió uno de los debates geopolíticos más sensibles del Cuerno de África. Lo que para Etiopía aparece como una necesidad estratégica vinculada a su desarrollo futuro, para Mogadiscio representa una amenaza directa a la integridad territorial del Estado somalí.
De manera silenciosa, esta disputa también atrajo la atención de actores externos. Turquía reforzó su papel como mediador entre Etiopía y Somalia. Los Emiratos Árabes Unidos continuaron ampliando su presencia económica y portuaria en la región. Israel siguió observando con atención la evolución de un corredor estratégico fundamental para la seguridad del Mar Rojo. Mientras tanto, Estados Unidos, China y las monarquías del Golfo profundizaron una competencia cada vez más visible por la influencia política, militar y económica en uno de los espacios geográficos más sensibles del sistema internacional contemporáneo.
El Cuerno de África y la nueva ambición etíope
Si las tensiones con Eritrea y Somalia reflejan las dificultades de Etiopía para proyectar poder en su entorno inmediato, la disputa con Egipto revela una dimensión todavía más profunda: la transformación del equilibrio estratégico en el noreste africano.
Durante gran parte del siglo XX, El Cairo ejerció una influencia decisiva sobre la cuenca del Nilo apoyándose en acuerdos heredados de la época colonial británica que le otorgaban ventajas sobre el uso de las aguas del río. Etiopía, pese a aportar aproximadamente el 85 % del caudal que llega al Nilo a través del Nilo Azul, permaneció durante décadas en una posición secundaria dentro de ese esquema. La construcción de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD) modificó radicalmente esa ecuación.
Más que una obra de infraestructura, la presa se convirtió en el símbolo material de una nueva ambición nacional. Financiada en gran medida mediante recursos internos y presentada por el gobierno como una expresión de soberanía y desarrollo, la GERD representa la posibilidad de transformar a Etiopía en el principal productor de energía hidroeléctrica del continente. Para millones de etíopes, la presa simboliza la capacidad del país para definir su propio destino sin depender de las imposiciones externas que históricamente condicionaron el desarrollo africano.
Pero precisamente por esa razón la obra se transformó también en uno de los principales focos de tensión regional. Egipto considera que cualquier modificación significativa en el flujo del Nilo puede afectar su seguridad hídrica y alimentaria. Durante años, las negociaciones entre Addis Abeba, El Cairo y Jartum avanzaron con dificultad, alternando momentos de acercamiento con períodos de fuerte confrontación diplomática. Aunque la posibilidad de un conflicto abierto parece hoy lejana, la cuestión sigue ocupando un lugar central en la agenda estratégica de ambos países.
La guerra que estalló en Sudán en abril de 2023 agregó un nuevo elemento de incertidumbre. Mientras el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido desangra al país vecino, Etiopía observa con preocupación la inestabilidad que se expande sobre una frontera compartida de más de 700 kilómetros. La región sudanesa de Al-Fashaga, objeto de disputas territoriales entre ambos Estados desde hace décadas, constituye un recordatorio permanente de que la crisis sudanesa y la seguridad etíope están mucho más conectadas de lo que suele reconocerse.
Además, Sudán se ha convertido en una pieza clave dentro de la competencia regional por las rutas comerciales, los corredores energéticos y la influencia política en el Mar Rojo. La fragmentación del Estado sudanés altera los equilibrios estratégicos de todo el Cuerno de África y obliga a Addis Abeba a recalcular permanentemente sus prioridades. Un Sudán estable podría actuar como socio y puente hacia el mundo árabe; un Sudán sumido en una guerra prolongada incrementa los riesgos para toda la región.
Mientras enfrenta estos desafíos de seguridad, Etiopía intenta consolidar simultáneamente una transformación económica de largo alcance. Y aquí aparece otro de los aspectos más significativos del legado de Abiy Ahmed. A diferencia de las décadas anteriores, cuando la relación con Occidente monopolizaba buena parte de las estrategias de desarrollo africanas, Addis Abeba ha profundizado una política de diversificación de alianzas internacionales que encuentra en China uno de sus pilares fundamentales.
La presencia china en Etiopía no comenzó con Abiy Ahmed, pero adquirió una nueva dimensión durante los últimos años. Ferrocarriles, parques industriales, redes eléctricas, carreteras y proyectos de telecomunicaciones forman parte de una infraestructura que ha convertido al país en uno de los principales receptores de inversión china en África. La línea ferroviaria Addis Abeba-Yibuti, construida con apoyo chino, constituye probablemente el ejemplo más visible de esa estrategia: un corredor vital para una economía que depende del comercio exterior y que carece de acceso directo al mar.
La incorporación de Etiopía a los BRICS en 2024 reforzó todavía más esta orientación. Más allá de sus efectos económicos inmediatos, el ingreso al bloque tuvo una enorme carga simbólica. Significó el reconocimiento de Etiopía como un actor relevante dentro de las transformaciones que atraviesan el sistema internacional y consolidó la apuesta de Addis Abeba por un orden global más multipolar. Para un país que durante décadas fue percibido principalmente a través de las narrativas occidentales sobre hambrunas, conflictos y ayuda humanitaria, la incorporación a los BRICS representó también una afirmación de protagonismo político.
Sin embargo, la política exterior etíope no puede entenderse únicamente a través de sus vínculos con China, Rusia o los BRICS. Una de las características más llamativas de la gestión de Abiy Ahmed ha sido precisamente su capacidad para desarrollar relaciones simultáneas con actores frecuentemente enfrentados entre sí. Mientras profundiza su cooperación económica con China, mantiene vínculos de seguridad con Estados Unidos; mientras fortalece su presencia dentro de los BRICS, conserva una relación cada vez más significativa con Israel.
Las relaciones entre Etiopía e Israel poseen raíces históricas profundas que anteceden ampliamente al gobierno actual. Sin embargo, durante los últimos años la cooperación en materia tecnológica, agrícola, de inteligencia y seguridad adquirió una relevancia creciente. Para Israel, Etiopía constituye un socio estratégico en una región que conecta el Mar Rojo con África Oriental. Para Addis Abeba, la relación ofrece acceso a capacidades tecnológicas y de seguridad que considera útiles en un contexto regional particularmente complejo.
Esta combinación de alianzas aparentemente contradictorias refleja una lógica que se observa cada vez con más frecuencia en distintos países africanos. Lejos de reproducir las alineaciones rígidas propias de la Guerra Fría, muchos gobiernos buscan maximizar márgenes de maniobra estableciendo vínculos simultáneos con múltiples centros de poder. Etiopía se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esa tendencia.
Y es precisamente allí donde emerge la figura de Abiy Ahmed en toda su complejidad. Admirado por algunos como el dirigente que modernizó el Estado etíope y amplió su influencia internacional, cuestionado por otros debido a la guerra de Tigray y las crecientes tensiones internas, el primer ministro encarna muchas de las contradicciones que atraviesan a la África contemporánea. Es el líder que recibió un Premio Nobel de la Paz y que posteriormente condujo a su país durante una de las guerras más devastadoras del siglo XXI en el continente. Es el dirigente que impulsó la integración regional con Eritrea y que hoy observa cómo resurgen las desconfianzas entre ambos Estados. Es el gobernante que apuesta por los BRICS y la multipolaridad mientras mantiene relaciones estratégicas con Israel y otras potencias extrarregionales.
Las elecciones de junio no resolvieron ninguna de esas contradicciones. Tampoco podían hacerlo. Lo que hicieron fue otorgarle un nuevo mandato para administrarlas. Porque el verdadero desafío de Abiy Ahmed no consiste en ganar elecciones ni en consolidar su liderazgo político. El desafío es mucho más ambicioso y mucho más incierto: construir un proyecto nacional capaz de mantener unida a una de las sociedades más diversas de África mientras intenta convertir a Etiopía en la principal potencia política, económica y estratégica del Cuerno de África.
La historia reciente demuestra que ambas tareas rara vez avanzan al mismo ritmo. Cuanto mayor es la proyección regional de Etiopía, más visibles se vuelven las tensiones que atraviesan su estructura interna. Y cuanto más intenta resolver esas fracturas domésticas, más difícil resulta sostener las ambiciones geopolíticas que la han convertido en una pieza central de las disputas contemporáneas por el control del Mar Rojo, el Nilo y las nuevas rutas de integración afroasiáticas.
En ese delicado equilibrio se juega buena parte del futuro etíope. Pero también, en gran medida, el futuro político de todo el Cuerno de África. Porque lo que ocurra en Addis Abeba durante los próximos años no determinará únicamente el destino de más de 130 millones de etíopes. También ayudará a definir si esta región estratégica avanza hacia una etapa de integración y estabilidad relativa o si continúa siendo uno de los principales escenarios de competencia geopolítica del siglo XXI.

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