Emiratos Árabes Unidos: ¿Otro Israel en Asia Occidental?
En el discurso político contemporáneo, Israel no es simplemente un Estado o un aliado estratégico de Estados Unidos. Representa una relación particular entre el poder imperial y un actor regional: un Estado cuya importancia trasciende su tamaño demográfico y geográfico, ya que funciona como un componente clave en el mantenimiento de un orden hegemónico más amplio. Desde esta perspectiva, la cuestión central hoy no es si los Emiratos Árabes Unidos se asemejan a Israel en términos históricos, sino si están asumiendo un papel estructural comparable dentro de la economía política contemporánea de Asia Occidental.
Esta cuestión cobra especial relevancia al considerar las transformaciones de las últimas dos décadas. Los Emiratos Árabes Unidos han evolucionado de un pequeño emirato productor de petróleo a un importante centro de finanzas globales, logística, tecnología e influencia regional. A pesar de su reducida población, desempeña un papel cada vez más relevante en ámbitos estratégicos que abarcan desde el Mar Rojo y el Cuerno de África hasta el Golfo Pérsico y el Mediterráneo oriental. Su influencia suele superar las previsiones de las medidas tradicionales de poder estatal.
Esta transformación no es casual. En la era posterior a la Guerra Fría, Estados Unidos ha pasado gradualmente de la ocupación militar directa a un modelo de gestión imperial indirecta. Las experiencias de Irak y Afganistán demostraron los costos políticos y económicos de la intervención militar a gran escala. En consecuencia, Washington ha dependido cada vez más de aliados regionales capaces de imponer un orden político y de seguridad favorable a la acumulación de capital global y a los intereses estratégicos occidentales.
Durante décadas, Israel desempeñó esta función. No solo fue un aliado militar, sino también un centro de inteligencia, innovación tecnológica, vigilancia regional e influencia política. Hoy, los Emiratos Árabes Unidos parecen estar emergiendo como otro pilar de esta estructura. Si bien carecen de los orígenes históricos y los fundamentos ideológicos de Israel, desempeñan cada vez más funciones sistémicas similares mediante instrumentos más adecuados a las condiciones del capitalismo del siglo XXI.
Si el papel regional de Israel se ha basado históricamente en la superioridad militar, la influencia de los Emiratos Árabes Unidos se sustenta en tres pilares interconectados: capital financiero, tecnología y seguridad.
Dubái y Abu Dabi se han convertido en nodos clave para la circulación de capital global. Corporaciones multinacionales, instituciones financieras y fondos de inversión utilizan los EAU como plataforma regional para sus operaciones en Asia Occidental, África y Asia Meridional. En una era donde los flujos financieros influyen cada vez más en el poder político, esta posición otorga a los EAU una importancia estratégica que trasciende con creces su extensión territorial.
Sin embargo, el poder financiero es solo una dimensión de la historia. Los Emiratos Árabes Unidos se han posicionado simultáneamente como un centro tecnológico dentro del mundo árabe. Inversiones masivas en inteligencia artificial, infraestructura digital, sistemas de vigilancia e industrias avanzadas han transformado al país en un actor clave en la emergente economía política del control tecnológico. En este contexto, la cooperación entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel tras los Acuerdos de Abraham adquiere una importancia particular. Lo que parece una normalización diplomática es, en realidad, una convergencia cada vez mayor de intereses en ciberseguridad, operaciones de inteligencia, tecnologías de vigilancia y gestión de la seguridad regional.
Por lo tanto, los Acuerdos de Abraham deben entenderse como algo más que un acuerdo diplomático. Representan la consolidación institucional de un bloque regional alineado con la hegemonía estadounidense, la superioridad militar israelí y el capital transnacional. Su importancia radica menos en el lenguaje de la paz que en la creación de un entorno político y de seguridad estable que favorece la acumulación neoliberal y el control geopolítico.
Junto con las finanzas y la tecnología, la dimensión de seguridad sigue siendo fundamental. La participación de los Emiratos Árabes Unidos en Yemen, sus intervenciones en Libia, su creciente presencia en el Cuerno de África y el desarrollo de instalaciones militares y logísticas en ubicaciones estratégicas demuestran que ya no son simplemente un actor económico. Se han convertido, en cambio, en un Estado cada vez más dispuesto y capaz de proyectar poder militar, de inteligencia y de seguridad más allá de sus fronteras.
Estas intervenciones no son decisiones aisladas de política exterior. Forman parte de una estrategia regional más amplia en la que los aliados locales asumen responsabilidades que antes ejercían de forma más directa las propias potencias imperiales. En este sentido, los EAU no funcionan simplemente como un actor regional independiente, sino como participantes en una arquitectura más amplia diseñada para regular las rutas comerciales, garantizar los flujos energéticos, contener los desafíos políticos y preservar condiciones favorables para el capital global.
Es aquí donde las similitudes estructurales con Israel se hacen más evidentes. Ambos estados poseen poblaciones relativamente pequeñas, pero ejercen una influencia que trasciende con creces su peso demográfico. Ambos mantienen profundas relaciones estratégicas con Washington. Ambos funcionan como nodos cruciales en un orden regional centrado en la cooperación en materia de seguridad, la integración tecnológica y la protección de acuerdos geopolíticos favorables al poder occidental.
Por supuesto, persisten diferencias importantes. Israel surgió de un proyecto colonial de asentamiento con una historia que se remonta a más de un siglo. Los Emiratos Árabes Unidos no tienen una base histórica equivalente. Israel sigue dependiendo en gran medida de la disuasión militar y la capacidad coercitiva directa, mientras que los Emiratos Árabes Unidos expanden su influencia principalmente a través de las finanzas, el comercio, la tecnología, la diplomacia y la proyección militar selectiva.
Sin embargo, a pesar de estas diferencias, los resultados prácticos suelen converger. Ambos Estados contribuyen a la reproducción de un orden regional en el que la circulación ininterrumpida de capital, energía y recursos estratégicos sigue siendo primordial. Ambos se oponen a las fuerzas políticas que desafían este orden. Y ambos se benefician de un amplio apoyo político, militar y económico de las potencias occidentales.
La imagen predominante de los Emiratos Árabes Unidos enfatiza la modernización, la eficiencia, la innovación y el éxito económico. Sin embargo, esta narrativa oculta realidades importantes. Gran parte de la prosperidad del país se basa en el trabajo de millones de trabajadores migrantes que poseen derechos políticos limitados y reciben solo una pequeña parte de la riqueza que generan. La extrema concentración de riqueza, la dependencia de la mano de obra migrante y las restricciones a la participación política revelan otra faceta del modelo de desarrollo emiratí, una que en gran medida no se muestra en las representaciones oficiales.
Por lo tanto, los Emiratos Árabes Unidos no deben entenderse simplemente como un ejemplo exitoso de desarrollo económico. Más bien, representan un nuevo tipo de Estado dentro de la globalización contemporánea: un Estado cuya legitimidad deriva menos de la participación democrática que de su capacidad para atraer capital, garantizar la seguridad, gestionar la mano de obra y facilitar la acumulación.
Desde una perspectiva antiimperialista, la importancia de los Emiratos Árabes Unidos no reside únicamente en sus logros económicos o su activismo diplomático, sino en su creciente papel como instrumento regional en la reproducción de un orden global desigual. Al igual que Israel —aunque a través de mecanismos históricos y políticos diferentes—, sirve cada vez más como un nodo a través del cual se coordinan el poder militar, el capital financiero, las tecnologías de vigilancia y la influencia geopolítica en apoyo de un sistema imperial más amplio.
La cuestión, por lo tanto, no es si los Emiratos Árabes Unidos se están volviendo idénticos a Israel, sino si está surgiendo un nuevo modelo de poder regional: uno en el que los Estados locales asuman la responsabilidad de gestionar la inestabilidad, reprimir la disidencia y salvaguardar las condiciones necesarias para la acumulación de capital global. En este sentido, la comparación con Israel no es principalmente histórica, sino estructural.
Aún no se sabe con certeza si este modelo será sostenible. Sin embargo, lo que sí resulta evidente es el surgimiento de una nueva generación de estados regionales cuyo papel trasciende la gobernación de sus propios territorios. Su función está cada vez más ligada a la gestión y reproducción de un orden imperial más amplio. Los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en uno de los ejemplos más importantes de esta transformación en el Asia occidental contemporánea.
Referencias
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