Nada hará que se retrotraiga la economía y sus contrapesos, así como la caída de la confiabilidad de las divisas en dólar. En materia geopolítica son patadas de ahogado para reafirmar un capricho, una ficción que está en su mente y que desea perpetuar como sea.
Quien hoy analice hacia dónde va la geopolítica de los Estados Unidos tiene que tener en cuenta la correlación de poder interna hacia la partidocracia y las tendencias tanto ideológicas como corporativas que se reparten la influencia en las decisiones. De hecho, las acciones militares tanto en Irán como Venezuela se entienden a partir de cómo la República necesita proyectarse como Imperio hacia el exterior y así ganar una determinada base en los votantes que le permita movilizar, funcionar y legitimar.
En este espacio de análisis hemos visto cómo las elecciones de este año pueden estar mediando en lo que hemos visto en política internacional. Una intervención terrestre en Irán probablemente sea algo de lo cual el Pentágono no salga nunca y que comprometa aún más la permanencia de la actual administración. Una acción de contrapeso geopolítico en la región contra alguno de los países caribeños no alineados puede ser tenida, no obstante, como un gesto de fuerza para ser capitalizado en noviembre. Por eso este instante es tan peligroso.
No hablamos aquí, por cierto de la guerra en su acepción necesariamente convencional, sino en su multidimensión cultural, ideológica, de inteligencia. Lo que importa es la narrativa en materia de votos y eso puede definir lo que suceda en el teatro de operaciones bélico. Irán ha hecho algo en los últimos tiempos, convertir el estrecho de Ormuz en un arma de destrucción masiva para la economía de Occidente. Esa falencia, que llevó a Trump a levantar sanciones contra el petróleo ruso y contradecir de esa manera su filosofía proteccionista de la economía norteamericana; es tan evidente que los analistas la ven como una grieta a llenar. Y en política un ruido se tapa con otro, una narrativa con otra narrativa, muchas veces sin que importen los costos, sin que interese qué se pierde en el camino.
Noviembre es la fecha límite, la que define muchas cosas. No el poder ejecutivo, pero si la dimensión legal de lo que se haga en los Estados Unidos. Antes de eso, estamos sujetos casi a cualquier cosa. El mundo ha visto cómo el contrato social de las Naciones Unidas se ha echado por tierra y ahora lo que queda es apenas el poder de veto de las potencias permanentes del Consejo de Seguridad. Un veto que, no obstante, es teórico, porque las acciones armadas primero se hacen y luego se preguntan.
Por ende, hay que tener en cuenta la doble dimensión de los Estados Unidos. Por una parte la República hacia lo interno, lo cual no quiere decir que se trate de un sistema de transparencia, sino de un entramado de instituciones y de reglas con contrapesos. Por otra, el Imperio, limitado ahora mismo solo por su voluntad y por el peligro de contención de una guerra nuclear con otras potencias. Ese precario equilibrio es lo que sostiene la paz mundial. En el medio, las narrativas que en tiempos de redes sociales polarizan a los votantes, niegan la verdad y trabajan con sesgos de confirmación a partir de los medios corporativos. El peligro es real, inmenso, inevitable. Lo hemos visto cuando se trata de justificar cualquier acción, sin que interese el derecho internacional.
La geopolítica, en cambio, no opera por caprichos ni por intereses a corto plazo de índole electoral. Se aspira a metas a largo plazo y en ese juego de tablero la paciencia china le está ganando la pelea a la impulsividad norteamericana. Mientras más aumenta el gasto militar, mientras más hay que reponer en un país que no produce y que todo lo importa de Asia; mayor dependencia y más se amplía la balanza comercial en beneficio de Beijing. Estados Unidos está buscando en una expansión física un golpe de efecto para mantener a una administración momentánea en un tiempo de crisis electoral; pero las potencias emergentes cambian de representante ejecutivo solo cuando es totalmente indispensable y trazan políticas a largo plazo que por lo general se cumplen.
La alternancia, los intereses, los lobbies y la fragmentación de la clase política occidental, son factores que ahora mismo están erosionando desde adentro. La República es inestable y ello incide en el Imperio. Quizás haya que analizar esto en clave de cómo fue la caída de Roma. Aparentemente Estados Unidos mostró fuerza en Venezuela. También en Irán. Pero en materia de desgaste, de proyección de fuerza real y de capacidad de reproducción de esa fuerza, China está en una posición mucho más ventajosa. Sobre todo porque Beijing puede recapitalizar el derecho internacional a su favor, ya que mientras la ONU es negada diariamente por la élite occidental, los chinos se apoyan en sus estructuras para influir. Y lo primero que ocurre cuando ya se consolida una nueva potencia hegemónica es un cambio en la estructura y en la práctica del derecho internacional.
¿Qué podemos esperar para los próximos meses en estas variables de poder? Aquí hay dos escenarios posibles.
El primero, Estados Unidos se empantana en Irán, los asesores militares priorizan una salida razonable para ese conflicto sin abrir otros frentes en otra geografía (lo cual pareciera lo más realista y cuerdo).
El segundo, Estados Unidos se empantana en Irán y, para favorecer la reelección de la clase política, usan un tercer conflicto con un segundo frente en activo para buscar una victoria fácil, rápida, en apariencia fulminante. Luego de noviembre, la realidad será otra, porque nadie en su sano juicio cree que, con los efectos de la política de aranceles de Trump va a ocurrir una reelección de los republicanos. Ni mucho menos con sus medidas en materia migratoria que han generado pérdidas millonarias, además de los episodios lamentables que dieron combustible a las manifestaciones de repudio de carácter masivo. Pero para llegar hasta ahí el mundo tiene que sobrevivir y, en las actuales condiciones, el peligro existencial para todos es el mayor. Es en ese plano donde se explica la prisa de los republicanos y el belicismo de la administración. No es fuerza, es desespero.
Cualquiera que sea el resultado que busque Trump con estas acciones a corto plazo, compromete a largo plazo la permanencia de los Estados Unidos como primera potencia mundial. Nada hará que se retrotraiga la economía y sus contrapesos, así como la caída de la confiabilidad de las divisas en dólar. En materia geopolítica son patadas de ahogado para reafirmar un capricho, una ficción que está en su mente y que desea perpetuar como sea.

Huele a azufre es una plataforma digital de análisis geopolítico contrahegemónico, que busca visibilizar las voces y los discursos silenciados por el poder mediático.
