El trumpismo como signo de la crisis ideológica en curso

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La activación del descarado genocidio sobre la población de Gaza y la consecuente extensión de la guerra a toda la región de Medio Oriente dan cuenta sobre cómo se está desmoronando el discurso ideológico tendiente a justificar el capitalismo, y en particular la hegemonía de los EEUU. Su profundidad se podría resumir en la paradoja de que se quiere salvar a Occidente aun a costa de hundir a Occidente. Esto porque las políticas, acciones e intervenciones del gobierno Trump no sólo achican lo que se entendía por civilización occidental, sino que además se aleja cada vez más de lo que se supone son sus valores fundamentales.

Ese proceso de desmoronamiento del ideario occidental da lugar a incoherencias crecientes y genera importantes fisuras, sin todavía agrietar del todo el ordenamiento político. Un ejemplo relevante es que Trump haya transmigrado de rey del planeta a encarnación de Jesús en la tierra. Una transformación que incluso ha descolocado a parte de los sectores ultraconservadores del mundo, y da pie para que oponentes y aliados duden de su salud mental.

Tal desmoronamiento ideológico hace parte de la crisis del capitalismo mundial, de aquí que sea necesario contextualizarlo, comprender su contenido, y desde allí identificar sus potenciales consecuencias para las luchas sociales en el mundo.

Ubicación y significado de la crisis ideológica

Los procesos de transición histórica, o cuando menos las grandes crisis recientes, han estado asociadas a periodos de profundas fracturas ideológicas. Gramsci por ejemplo identifica la crisis del liberalismo a fines del siglo XIX, la que desemboca en el fascismo, como intento de rearticulación del orden capitalista. Tal situación, como sabemos, pasó por dos guerras mundiales, el gran triunfo del proletariado en Rusia (1917), la derrota del proletariado en el llamado “Occidente”, y la emergencia de la hegemonía de los EEUU como centro del capitalismo mundial, en reemplazo de la inglesa. Así que, al revisar las tendencias fundamentales del actual periodo, es factible identificar un periodo con algunas características similares; consideremos algunas:

El capitalismo mundial enfrenta serias dificultades desde inicios de los años setenta. Tal condición es fácil de ver cuando se consideran sus tasas de crecimiento en el PIB, la inversión, la productividad, y por sobre todo la tasa de ganancia, al presentar tendencias a descender en el largo plazo . Las políticas ortodoxas en favor de los beneficios y contra las condiciones de ingresos del proletariado, durante el periodo neoliberal, sólo pudieron oxigenar la rentabilidad de manera temporal, especialmente en la pasada década de los noventa, pero no produjeron la solución esperada para el capital. 

Además, las recientes revoluciones tecnológicas no han contado con la fuerza suficiente para relanzar al capitalismo a periodos de alto crecimiento, como fue característico en la“edad de oro” entre 1945 y 1974. Se agrega que sobre la revolución en curso se mantiene la duda sobre el efecto social que podría tener la combinación de robótica e IA, en especial por su fuerte impacto para desplazar trabajo vivo. En cambio, las políticas de libre cambio y las transformaciones tecnológicas de las tres últimas décadas sí que han intensificado de la competencia mundial, siendo su resultado más evidente que el capital chino haya sostenido el crecimiento mundial en las dos últimas décadas, pero a su vez sea ahora un serio competidor de los EEUU. Tal cambio se ha traducido en una dura pugna geopolítica, en medio de la cual la burguesía de los EEUU está desesperada, y en consecuencia hace gala de las prácticas imperialistas, que descansan cada vez más en la opresión, el saqueo, la violencia y la guerra, actos que resultan cada vez más difíciles de encubrir o legitimar con su manido discurso ideológico.

En este contexto la crisis ideológica cobra su lugar, su forma específica y su propia relevancia, por cuanto significa que las contradicciones sociales han creado fuerzas reales que trastocan el todo social y a su vez abren oportunidades en la disputa por el ejercicio de dirección política y moral de la sociedad.

En términos generales la ideología es la forma concreta como se presenta la hegemonía en un periodo determinado. Ella es la síntesis del ideario que propaga e impulsa la clase que ejerce el papel de dirección sobre el conjunto de la sociedad, que necesariamente debe expresar un “proyecto” que se auto-presenta como universal o progresista, es decir beneficioso para todas las clases y sectores. Esto implica contar con la capacidad para sobreponerse a las necesidades e intereses de las capas sociales que le compiten por ese poder, haciéndolas lucir como meras ilusiones o intereses egoístas (ideologías parciales), pero logrando a su vez reconocerlas e incluirlas, para lo cual crea mecanismos institucionales de regulación y “convivencia”, que le permiten ejercer la dirección de toda la sociedad por medios diferentes y complementarios a los de la violencia directa. En tal sentido, la violencia directa siempre está presente como parte del ejercicio de la hegemonía, reservándose su uso de fondo para cuando los recursos ideológicos y políticos ya no son lo suficientemente efectivos en el propósito de sostener el ejercicio de dirección sobre toda la sociedad[1].

Desde lo anterior es fácil identificar que una crisis social se está transformando en una crisis de hegemonía cuando el uso de la violencia directa es creciente, o pesa más que el resto de los mecanismos políticos. Y también que la crisis ideológica puede derivar en una crisis de dirección social, es decir hegemonía, siendo un indicador clave de tal situación el desarrollo de una brecha entre el discurso ideológico y los actos concretos de la clase que ejerce el poder. Tal distanciamiento o brecha abre espacio a la crítica, facilita que se evidencie la “falsedad” que contiene el ideario dominante, (en la medida que se muestra que sólo justifica el beneficio de unos pocos a costa de golpear a la mayoría) y ayuda a crear una fuerza que, de ser bien diligenciada, podría ser decisoria en medio de las salidas a la crisis. Tales condiciones se tornan necesarias para que el descontento que cunde entre las masas se convierta en fuerza transformadora, permitiendo que las clases y sectores sociales que pujan por cambios estructurales puedan avanzar y hasta ascender a la dirección de toda la sociedad. 

Emergencia y reducción del concepto “civilización occidental”

El concepto de “civilización occidental” hunde sus raíces en la emergencia del capitalismo, se consolida entre fines del XIX e inicios del siglo XX, fundamentalmente para delimitar el capitalismo de lo que se consideraba el área comunista del Este, y ese límite viene siendo cada vez más recortado por los EEUU.

El pensamiento liberal clásico se asocia al movimiento ilustrado de Europa, durante el surgimiento del capitalismo. Se trató de una corriente que cuestionó y derrumbó la ideología del antiguo régimen, donde la idea creacionista del mundo se cristalizaba en la relación: Dios→ Mundo → Hombre, y desde la cual se legitimaba el poder del rey como emanación de Dios para gobernar los rebaños de almas en la tierra. Aquella ideología frenaba el empuje burgués e impedía su acceso a la dirección política de la sociedad, de allí que el pensamiento ilustrado revolucionó la manera común de pensar  al colocar en el centro la razón del hombre ( Dios ↔ Razón (hombre) ↔ Mundo), base sobre la cual legitimó una nueva organización social a partir de la razón de cada individuo (soberanía), dando lugar a la estructura conceptual clave del liberalismo, entre ellos libertad individual, igualdad y democracia, implicando a su vez un proceso de laicización, pero que sostuvo al cristianismo como parte complementaria de su ideología.

Así, el movimiento ilustrado, que caracteriza lo que ahora se denomina como modernidad, conjuga elementos provenientes de: las tradiciones de la Antigua Grecia y Roma (Filosofía y Derecho), de la vieja ideología anexa al cristianismo (moral), y las vincula con las ideas novedosas del liberalismo (economía y la política), bases sobre las que se configuró el posterior contenido de todas las llamadas ciencias, esto es, discursos sistematizados que dan cuenta del orden capitalista existente.

Ese proceso contiene cierta acotación geográfica y cultural[2] respecto del capitalismo europeo, desde la cual el resto de sociedades del mundo fueron reducidas a territorios habitados por salvajes que debían ser civilizados, incluso por medio de la espada y la cruz. Sobre esas bases el mundo moderno, civilizado por la Razón y la fe en Cristo, legitimó la violenta expansión del capitalismo, con sus imperios, sobre el resto del planeta. Fue así que la invasión, el saqueo y el genocidio, en cuanto medios fundamentales para sostener la acumulación y expansión capitalista, resultaron justificados como medidas razonables para llevar el progreso, la razón, la libertad y el cristianismo a los corazones de los salvajes de América, África, la India o Asia, durante los siglos XVI al XIX.

No obstante, el concepto de “civilización occidental” tendió a consolidarse entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, en el marco de la crisis que se desplazó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aquí resultó muy importante el triunfo de la Revolución Bolchevique en 1917, y la posterior expansión de países que intentaban avanzar hacia el socialismo tras el fin de la Segunda Guerra, en cuanto el sello de “civilización occidental” pasó a utilizarse como sinónimo de “mundo libre”, connotando un área donde reinaba el cristianismo, la democracia burguesa y el poder del capital. Ese rótulo de identidad ideológica se irradió con fuerza en el periodo de la Guerra Fría (1946-1991), demarcando el área de EEUU, Europa Occidental (luego extendida a la Unión Europea-UE) y curiosamente a Japón. En consecuencia, los países ubicados al Este eran reducidos a enemigos comunistas, mientras sobre el resto del mundo permaneció la reducción a territorios abiertos al sistema de coloniaje para el beneficio de la civilización occidental, de aquí también las crecientes luchas de liberación nacional durante ese mismo periodo.

Lo interesante de la situación actual es que ese concepto de “civilización occidental” (EEUU + UE + Japón[3]) ahora es modificado por el gobierno de los EEUU. Tal giro es evidente en sus últimos documentos sobre Seguridad Nacional, donde sólo incluye a los EEUU, aunque suma las vecindades fronterizas de “Las Américas”, entendidas como áreas destinadas por Dios para el beneficio de la burguesía estadounidense (Destino manifiesto + Doctrina Monroe). Es así que las fronteras de seguridad nacional de ese país ahora incluyen Groenlandia, se extienden por Centro América y llegan hasta Venezuela y Colombia[4].

Esta nueva redefinición aplicada por los EEUU excluye a Europa, área que es denostada como una civilización en decadencia que abandonó los valores occidentales, razón por la cual sobre ella deberán recaer las políticas redentoras para su salvación y modernización. Ese cambio discursivo se vincula a la propia sumisión política de la UE, a su docilidad para incrementar dócilmente el presupuesto militar de acuerdo a la orden dada por Trump, a su arrodillamiento ante la unilateral imposición de aranceles, y ante su cobarde proceder frente a la permanente amenaza de los EEUU de romper con la OTAN, fuerza que ha sido el brazo principal para someter países y regiones que se juzgan disidentes en todo el mundo y para amenazar el avance de organización proletaria.

En resumen, con el cambio conceptual la Unión Europea es tratada abiertamente como lo que realmente ha sido para la burguesía de los EEUU, una colonia de tipo especial, que se instauró tras el fin de la Segunda Guerra Mundial mediante las inversiones del Plan Marshall y el establecimiento de grandes bases militares a su interior, pero al servicio de las necesidades estratégicas de los EEUU. 

El deterioro de los llamados valores occidentales

La división ideológica del mundo entre Occidente capitalista y bueno vs Este comunista y malo, descansaba en la supuesta superioridad moral de los valores occidentales: libertad individual, democracia y cristianismo, sobre los cuales se erigían otros principios, en particular el de un mundo articulado por países soberanos y regidos por normas. Todo este andamiaje está siendo erosionado por la propia actuación del centro capitalista mundial y su acción imperialista cada vez más incisiva, descarada, cínica y violenta.

El bache principal se ubica en la propia negación práctica de la democracia liberal, siendo un índice el cambio en las justificaciones para sus intervenciones militares en el extranjero. Durante la segunda mitad del siglo XX esos ataques los solía justificar ideológicamente con la excusa de la lucha contra el autoritarismo y por la democracia. Hoy, ese falaz discurso ha sido abandonado en forma explícita, siendo el ejemplo más relevante la reciente agresión contra Venezuela, en la que el acceso a recursos minerales –entre ellos el petróleo- ha sido argumentado de manera directa y explícita, objetivo garantizado mediante la continuidad del régimen político precedente. Sin embargo, es necesario ir más allá de las meras formas y por eso hay que tener presente cuál es el significado mismo del sistema democrático bajo el capitalismo.

Recordemos que el sistema democrático en sus inicios se mantuvo reservado para una élite compuesta por oligarcas y grandes burgueses (S. XVIII y primera mitad del XIX), ampliándose sólo en forma tardía desde la segunda mitad del siglo XIX. Las luchas de los partidos obreros, de movimientos de mujeres y campesinos, fueron fundamentales para su extensión tanto al interior de las sociedades como a nivel mundial. En ese proceso jugaron un papel importante las luchas reivindicativas por acceder al voto, por la legalización de partidos obreros u opositores, y desde allí por nuevos derechos sociales cristalizados en leyes sobre contrato laboral, educación, pensiones, y muchas otras.
Por esa vía, el sistema de la democracia se convirtió en el producto principal de la ideología liberal, aspecto que Gramsci ve con claridad. Por eso su función primordial es proteger las relaciones capitalistas de su cuestionamiento por parte de los trabajadores proletarios, permitiendo que las problemáticas de la sociedad tendieran a reducirse a meros asuntos del Derecho, del proceso político, o de las instituciones representativas y su funcionamiento. Incluso ante la persistencia y profundización de los problemas sociales por el capitalismo, se desarrolló el discurso de la crisis de la democracia, dirigido a idear formas para su reparación institucional y legal, siempre en el objetivo de evitar que las causas de las crisis sociales fueran relacionadas con el movimiento irracional del capital[5].
Por eso, lo interesante de la situación actual es que es la misma burguesía del centro imperialista la que se siente incómoda con la democracia capitalista y procura deslastrarse de ella. Es así que entre las fuerzas que componen el movimiento ultraconservador que encabeza Trump, sintetizado como MAGA, coexisten corrientes que en su conjunto han desplegado una fuerte campaña para deshacerse de la democracia, a la que entienden como un sistema fallido que impediría el progreso social y tecnológico, contándose entre ellas a los neoreaccionarios, asociados a las tesis de Ilustración Oscura (Curtis Yarbin + Nick Land), la élite tech (Peter Thiel + Elon Musk), Alt-right, o el posliberalismo. De allí que las acciones políticas en contra de los derechos y de la democracia no se correspondan a errores o impulsos incontrolados, pudiéndose mencionar entre otros el ataque armado contra el Congreso de los EEUU, o el sistemático desconocimiento de acudir a esa instancia al momento de entrar en guerra contra Irán o para apoyar abiertamente el genocidio en Gaza.

Por tanto, lo que pone en evidencia este contexto es que la burguesía está dispuesta a deshacerse de la costosa democracia, en tanto implica programas de gasto e impuestos para la inclusión social. Así la democracia se le presenta como un serio obstáculo en la urgencia de acceder a recursos que le permitan reimpulsar su economía a fin de retomar la ventaja frente a la insidiosa China. En tal objetivo, el desconocimiento de la soberanía estatal de terceros países es sólo un corolario, de allí que el derecho internacional y el subsecuente mundo regido por reglas comunes haya sido deshilachado para dar lugar al ejercicio cotidiano del poder derivado de la fuerza militar. En ese marco, las invasiones y guerras son justificadas como una necesidad de seguridad nacional, es decir existencial, vía por la cual los derechos humanos, civiles y políticos están en aún más franco retroceso; tendencia apenas contenida dentro de los EEUU por la victoria del movimiento de masas en Minneapolis.

El mismo contexto, en especial por la intensificación y extensión de las guerras, deja en claro que la libertad sólo se reserva en lo fundamental para el capital, y en consecuencia el sistema de bienestar se limita para el goce de la élite capitalista, punto en que la realidad se confunde con las distopias pintadas por películas como los Juegos de Hambre. Así por ejemplo, durante el periodo de guerra contra Irán las ganancias de las empresas estadounidenses de petróleo y gas se estiman en 63 mil millones de dólares; las del sector de armas en 18 mil millones, sobándose las manos con el incremento de 200 mil millones adicionales para el actual presupuesto militar; y las del sector financiero se multiplicaban en el primer trimestre, donde por ejemplo el JP Morgan Chase obtuvo 16.500 millones de dólares como beneficio[6]. Por contraste los trabajadores del mundo están sufriendo la reducción en sus ingresos a causa de la inflación, empujada por el alza de combustibles y de los fertilizantes. En resumen, la guerra imperialista acentúa las ganancias capitalistas mientras deprime los ingresos del proletariado del mundo, de allí, por ejemplo, las duras protestas en la India, o incluso dentro de los EEUU, mediante la quema sistemática de locales.
Así mismo parte de esa erosión ideológica, esparcida desde el centro del capitalismo mundial, se asocia con el envejecimiento de su dirigencia política. Tanto Biden como Trump son octogenarios que parecen mostrar serios signos de desgaste mental, evidenciando ausencia de vitalidad y dificultades en la renovación de cuadros en el ejercicio de dirección. En particular las alarmas saltaron tras la desmedida afirmación de Trump sobre que borraría una civilización, en amenaza directa contra Irán. Este comentario llevó a algunos dirigentes del mismo Partido Republicano a plantearse la destitución del Presidente (enmienda 25) por asuntos mentales[7]; o a figuras tan relevantes dentro Alt-right, como Alex Jones, a describir ese comportamiento como el de un «supervillano desquiciado”, voces que en realidad se unen a la de Susie Wiles, Jefa de Gabinete de la Casa Blanca, quien, en diciembre de 2025, en Vanity Fair, afirmó que Trump tenía “una personalidad de un alcohólico”.

En relación a los erráticos vaivenes de Trump, las empresas capitalistas de comunicación han procurado reducirlo a una forma de presionar y negociar. Sin embargo, difícilmente han podido lidiar con las ofensas en contra del Papa León XIV, de quien Trump afirmó que “le gusta el crimen, supongo”, agregando que era terrible para la política exterior de los EEUU. Fue éste el contexto en que Trump –o su equipo de comunicación- editaron su imagen como un Jesús en la tierra curando enfermos, pero en medio de una iconografía que resalta el nacionalismo, el militarismo y el imperialismo, bases con las cuales apoya el genocidio israelí sobre los palestinos. De esta manera Trump se burla y pisotea los fundamentos morales más íntimos de su propio discurso ideológico resumido en la fórmula de “civilización occidental”, pues la supuesta reserva moral de Occidente residiría en los valores cristianos, donde el amor hacia los demás debería ser el sustento de la solidaridad y acogimiento de los otros, principio negado sistemáticamente por todas las prácticas inherentes al capitalismo, y a su forma más desarrollada, el imperialismo.

La negación práctica de los llamados valores fundamentales de “Occidente” parece ser la contraseña necesaria para ser parte de la red mundial de la élite burguesa en el mundo, tal como lo viene develando el llamado caso Epstein. Así que ser pedófilo y alentar, usar y encubrir el tráfico sexual, incluso de carácter violento y de talente esclavista, se revela como una seña de su identidad colectiva, base sobre la cual se fortalece la red de confianza y compadrazgo económico y político, consolidada con mecanismos de control, chantaje y represión interna entre sus propios miembros; tal como en parte lo describe la serie de televisión española “Los preferidos de Midas”. Por todo esto no resulta extraño que esa misma red, con sus potentes mecanismos de comunicación, procure ocultar o naturalizar las invasiones, el genocidio y el bombardeo sistemático contra viviendas, hospitales, centros de refugiados o escuelas de niñas, tal como viene sucediendo con total descaro ante los ojos del mundo.

Crisis ideológica y posibilidades del proyecto alternativo

La crisis del capitalismo, considerada en forma amplia, suma las dificultades económicas, el deterioro de la democracia capitalista y una crisis ideológica en camino. Como antes se argumentó, la crisis del ideológica desnuda las contradicciones inmanentes del poder dominante y crea potencialidades en las que puede prosperar el proyecto alternativo proletario. Sin embargo, aquí brota una diferencia importante con el periodo y situación que Gramsci consideró en sus análisis sobre hegemonía, en cuanto a fines del XIX e inicios del XX el movimiento proletario contaba con una fuerza organizada que le permitió incidir en la definición de las sendas políticas posteriores, fuese en la victoria de lo que fue la URSS, o empujando la ampliación de la democracia en “Occidente”, tal como brevemente se señaló.

En tal sentido, aquí se ubica uno de los mayores faltantes, y por supuesto el reto del momento en que nos encontramos. Como lo afirman los estudiosos de la hegemonía, la mera crisis económica, política o ideológica no revientan como crisis de hegemonía a menos que exista un proyecto y fuerza que se muestre como alternativa, y en consecuencia se den pasos decisivos en esa dirección a fin de orientar en la práctica a las masas. Porque cuando tal faltante ocurre, tiende a ocurrir que el descontento generalizado de las masas se traduce en mera escepticismo y desmoralización, y esa falta de fuerza ideológica alternativa facilita su subordinación a las fuerzas que se muestren más fundamentalistas y beligerantes, papel que típicamente asume la ultraderecha de talante fascista, de aquí la tendencia política en esa dirección.

Aun con todo esto, es importante tener bien presente que el escenario mundial evidencia eso que Marx y Engels preludiaban frente a las grandes crisis por ocurrir, al afirmar que con ellas las masas asimilarían la dialéctica, en alusión a que las mismas fuerzas contradictorias del capital sistemáticamente producen en su propia interioridad fuerzas potenciales para su superación ; de aquí que el mismo capital se torna en el principal motor de la lucha de clases, a la vez que se presenta como el límite para su propia superación.

Bibliografía

[1] En estos párrafos nos soportamos en los planteos de Peter Thomas sobre Gramsci, en particular “The Gramsciam Moment”, y en Fabio Frosini, en particular su artículo “Qué es la crisis de hegemonía: apuntes sobre historia, revolución y visibilidad en Gramsci”.

[2] Asociada a la herencia del pensamiento de la antigua Grecia; a la división del imperio romano en el siglo III; al Cisma de Oriente (1054) que marca la división entre cristianos (católicos y protestantes) occidentales y ortodoxos orientales.

[3] Área que algunos autores denotaron como el Occidente colectivo, o el imperialismo colectivo.

[4] Nueva estrategia de Seguridad Nacional (nov/25) y Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos (01-26)

[5] Sobre este aspecto consultar: “Evolución del concepto de la democracia bajo el capitalismo”, en Revista Proletaria:  https://www.centropraxis.co/_files/ugd/ce68dd_dc9d4e01d43c41deb3dbb4f4a61121ac.pdf

[6] El Bank of América 8.600, el City Group 5.800. todos ellos con incrementos que fácilmente superan el 20%.

[7] exrepresentante Marjorie Taylor Greene, o Candase Owens en X.  ver el artículo de El País de España del 08-04-26, titulado ¿es posible destituir a Trump por razones mentales?

[8] En estos párrafos nos soportamos en los planteos de Peter Thomas sobre Gramsci, en particular “The Gramsciam Moment”, y en Fabio Frosini, en particular su artículo “Qué es la crisis de hegemonía: apuntes sobre historia, revolución y visibilidad en Gramsci”.
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